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La historia de la referente barrial de la Cruz de Carrasco

Ángela Barboza contó cómo llegó a Montevideo y las peripecias que vivió. Hoy en día es una persona guía en el asentamiento Casitas Blancas

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03 de marzo de 2019 a las 05:04

Intentó apagar la hornalla, pero no pudo. Intentó girar la canilla, pero tampoco tuvo éxito.  Mientras tanto su cuerpo era consumido por las llamas y sus manos parecían dos globos negros que estaban a punto de reventar. 

Ángela Barboza había llegado a Montevideo a los 13 años de Baltasar Brum, en Artigas. El día que marcó su vida le faltaban 24 horas para cumplir la mayoría de edad. Y hoy, 44 años después, y convertida en una líder barrial de experiencia y con un rol crucial para sus vecinos, lo sigue recordando y admite que marcó su vida.

Barboza llegó a la capital y comenzó a trabajar como niñera en la casa de una familia en Pocitos. Allí se encontró con muchos electrodomésticos que debió aprender a usar. “Imaginate que Baltasar Brum no teníamos ni luz, y en la casa ya había lavadora automática”, contó a El Observador entre risas. 

Un día calentaba la cera para pasar en los pisos del apartamento, pero el recipiente que estaba sobre la hornalla explotó causando un incendio en la cocina. Lo primero que hizo fue sacar al niño de la habitación, para evitar que las llamas lo alcanzaran. 

“Cuando lo saqué me di cuenta de que había varias garrafas de 13 kilos”, por lo que volvió a entrar para cerrar el pase de gas. Pero el intento fue solo eso, un intento, porque las llamas ya la quemaban el cuerpo. “No me daba cuenta por qué no podía usar la manos”. Aquel infierno seguía, el fuego no dejaba de quemarla pero aún estaba consciente como para salir por la puerta principal y golpearle a una vecina. 

“Justo en aquel momento no me pude sostener más y caí sentada en el suelo”. Una vecina le tiró por encima una frazada. La textura de la manta hizo que su piel se pegara a la tela y Ángela comenzó a gritar. 

Pasó dos años en el hospital del Banco de Seguros. Recordó que un día, charlando con su hermana, le preguntó qué significaba el término “amputar”. Su hermana, que era enfermera, le dijo que era cuando se cortaba alguna parte del cuerpo como ser una pierna. Al oír esto,

Barboza respondió: “Ah, mirá vos, te pregunto porque mañana me van a amputar los dedos de la mano”. Su hermana la miró y sacudió la cabeza. 

Barboza siempre tiene una sonrisa en el rostro y afirmó que su frase de cabecera “es que a cada problema, siempre le llega una solución”. Y es que ella buscó soluciones durante toda su vida. Luego de salir del sanatorio, debió aprender a hacer todo de nuevo pero eso no le impidió volver a trabajar. 

De concejala a líder

Luego de dejar atrás esta peripecia, tuvo un nuevo desafío por delante. En 1985 llegó al barrio Casitas Blancas, ubicado en el corazón de la Cruz de Carrasco, junto a su marido y su hijo de un año. La casa se la dio su hermana al mudarse a otro barrio. El nombre del barrio obedece a que las casas se construyeron durante la dictadura y en esa época no se podía pintar las casas de colores.  

Tras instalarse en el barrio, comenzó a participar de las charlas de las vecinas, y pronto se convirtió en referente de aquel grupo. Los más allegados del barrio le recomendaron que se postulara para concejala del lugar. 

Cuando le dijeron, la primera pregunta que se le vino a la cabeza fue quién la iba a votar, pero para su sorpresa fue la persona que tuvo más votos. Ese fue solo el comienzo. Luego se convirtió en edila de la zona 8. Su paso como edila del lugar se terminó a partir de la creación de los municipios. 

Para Barboza hubo un antes y un después a partir de que fue concejala porque comenzó a tener mucho contacto con los vecinos y le llegaba mucha información. “Allí me di cuenta de que la información bien manejada es poder”, reflexionó. 

Desde el 2004 es parte del programa Servicio de Orientación, Consulta y Articulación Territorial (Socat) que pertenece al Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y que no funcionó entre julio de 2017 y julio de 2018. Ella se encargó de reactivarlo. Consiguió que la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro le diera un espacio para desarrollar el programa.

Allí se ayuda a las familias del barrio a realizar trámites que no saben como hacer y que van desde  sacar la cédula de identidad a un niño o pedir el servicio a OSE o UTE. En la página web del Mides se explica que el programa “es un servicio que apunta a impulsar el desarrollo comunitario y la activación de redes de protección local a través de la participación de vecinos e instituciones públicas y privadas, que tienen en común el hecho de trabajar o vivir en el mismo territorio”. Funciona en 78 puntos del país, implementado por organizaciones civiles que mantienen convenio con el Mides.

Además, integra de manera voluntaria el Centro de Escucha, donde se atiende a los usuarios de sustancias ilegales. Para llegar ahí, estuvo nueve años capacitándose: aprendió a hacer un expediente médico, tratar con un adicto a la drogas y entenderlo para poder ayudar a que su vida se encamine. 

“Fueron años donde pude desarrollar al máximo mi nivel de empatía con el otro”, contó. En dichas capacitaciones había técnicos y médicos con experiencia en el tratamiento de adictos. 

En ese centro se la puede encontrar todas las mañanas. Además de atender los imprevistos y los nuevos usuarios que llegan, Barboza le hace un seguimiento personalizado a cada uno de los adictos. Más allá de que el Centro de Escucha queda a pocas cuadras de su casa, muchas veces recorre los hogares de los consumidores para ver cómo están. “Cuando hay alguien que no está yendo al centro, voy hasta la casa a ver si pasó algo”, cuenta. 

A su casa también van muchas personas que asisten al centro para pedirle un consejo o simplemente para ser escuchados. “Hay veces que le sacás un peso a de arriba a alguien sin decir nada”, reflexionó. 

También se involucra en las actividades que realiza el centro para colaborar con el barrio. “Ahora mismo estamos haciendo una biblioteca, el que quiera va y le prestamos un libro”, afirmó.  

Pero más allá de las actividades que ella lleva adelante en su día a día, los vecinos acuden a Barboza para trasladarle todo tipo de inquietudes. Las consultas que recibe van desde saber qué ómnibus tomarse para llegar al centro de Montevideo hasta cómo cuidar a un recién nacido pasando por cómo organizar una recolección de firmas para reclamar el arreglo de una calle. “Nunca me aburro, me levanto a las seis de la mañana y a veces llega la noche y aún no he llegado a mi casa”, dice orgullosa de su vida ajetreada. 

 

Las carencias de Casitas Blancas
Uno de los mayores reclamos que tienen los vecinos es la falta de regularización de los servicios de agua y luz. Se estima que en el barrio viven unas 2.000 personas, pero no hay agua potable por lo que los vecinos dependen de su situación económica para comprar agua embotellada. Algunos contaron a El Observador que, cuando hace demasiado calor, no pueden ducharse durante el día porque no sale agua así que tienen que bañarse en la madrugada. Los habitantes de Casitas Blancas pusieron un caño desde donde era el antiguo excusado de cada una de las casas, hasta el interior de la propiedad. El problema es que cuando la temperatura es alta, el agua escasea.  
 

 

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