The Sótano > OPINIÓN

La idolatría política y el sentido común

El sentido de impunidad se impone de no tan soterrada manera en sociedades democráticas como uno de los signos de nuestra época

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10 de abril de 2019 a las 05:00

Según encuesta reciente, casi el 80 por ciento de los estadounidenses con planes de votar en las próximas elecciones presidenciales, no cambiará su actual intención de voto, aunque el informe realizado por Robert Mueller III termine revelando acciones poco éticas o al borde de la ilegalidad, por parte del presidente Donald Trump. La población, ni tampoco el congreso, ha tenido acceso todavía al informe completo realizado por el abogado, ex director del FBI. Por consiguiente, de acuerdo a lo que puede concluir por anticipado el sentido común, tanta investigación y entrevistas puedenterminar siendo una gran pérdida de tiempo y de dinero. Tanto invertido en la prolongadísima investigación, para que al final esta carezca de efectos reales en la vida pública.

En Brasil, mientras tanto, son legión quienes manifiestan en las calles pidiendo la liberación del ex presidente Lula y seguramente, de quedar libre, serían millones de ciudadanos los que lo votarían, sin que su decisión vaya a ser influida por el dictado de la justicia, por todo el agua que ha corrido bajo el puente de la honestidad y de la presunción de inocencia. En Argentina está pasando algo parecido con Cristina Fernández de Kirchner, figura polarizantey convocante de odios y amores, la cual de manera casi blindada –por ahora- se encamina a ser candidata a la presidencia –falta confirmarlo-, sabiendo que millones de argentinos responderán a su llamado, como si fuera el de Tarzán en la selva. Tal vez la vida política en el mundo actual sea eso, una selva en la cual cualquiera puede ser el cazador, y cualquiera el cazado.

Vivimos en tiempos extraños, realmente rarísimos. ¿Cuándo comenzaron? Son incluso más extraños que los anteriores, a los que hace referencia Bob Dylan en su canción. Tal pareciera, es lo que dice la realidad, que ningún estigma resulta lo suficientemente poderoso como para arruinar la popularidad de aquellos políticos con carisma, a quienes les rinden pleitesía mansos ejércitos ideologizados, capaces de tolerarles todo tipo de asunto, aunque estuviera este relacionado con eso que el diccionario define como “Situación o circunstancia en que los funcionarios públicos u otras autoridades públicas están corrompidos” (Corrupción, nombre femenino).

Tan peculiares, inciertos y volátiles son estos tiempos, que las preguntas superan en número a las respuestas. ¿Cómo explicarles a quienes vengan al mundo a partir de ahora, los que habitarán un planeta en crisis ecológica, ética y estética, etc. etc., que la impunidad y el visto bueno a las apuradas eran antes mucho menos comunes y que en el pasado había más rigor y menor tolerancia a la hora de juzgar los intersticios de duda que pudieran existir alrededor del comportamiento ético de un individuo?

Ante la falta definitiva de respuestas, desafío que ahora debería estar en manos de los sociólogos, cabe agregar otra pregunta, quizá no la del billón, pero al menos la del millón sí, otra más: ¿A dónde se encaminan las democracias en semejante contexto de generalizada permisibilidad y desinterés por todo aquello que trascienda la esfera de lo ideológico y de lo político estrictamente partidario?

 

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