Opinión > EDITORIAL

La inestabilidad

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13 de noviembre de 2019 a las 05:00

España es el ejemplo vivo de esta semana de la inestabilidad de la política, que golpea particularmente a la gobernabilidad y amenaza la concreción de reformas impostergables para los países, todas señales dañinas para la democracia.

Estamos ante un cambio de época signada por la fragmentación política y las dificultades para que los jefes de Estado o de gobierno encarnen la expresión mayoritaria de los electores, todo lo cual alimenta el descreimiento en las instituciones democráticas.

Pero la atomización es una expresión popular que no debería representar un problema en sí mismo. La tragedia es la falta de entendimiento que los políticos terminan transformando en una polarización muy dañina para la gestión eficaz del congreso y del Poder Ejecutivo.

Las urnas reclaman un gobierno de entendimiento al que los políticos carecen de la suficiente pericia o rehúsan, contradiciendo la retórica políticamente correcta de la importancia de los acuerdos partidarios.

El domingo pasado, España fue a las urnas por cuarta vez en cuatro años, en las que el voto popular profundizó la polarización del país: un congreso dividido en dos variopintas mitades, aunque más favorable a partidos de derecha, con el ascenso importante del ultranacionalista Vox.

El Partido Socialista (PSOE) de Pedro Sánchez, el presidente en ejercicio, volvió a ser la fuerza más votada, pero reteniendo 120 diputados, tres menos con respecto a las legislativas de abril.

Su victoria amarga y el salto de la extrema derecha fueron los incentivos negativos para que ayer Sánchez lograra un acuerdo con la izquierda populista de Podemos, que también perdió fuelle en el congreso, una opción frustrada en el período previo a las elecciones.

Pero ambos partidos suman 155 diputados, muy lejos de la mayoría absoluta de 176 en 350 escaños, lo que obliga a buscar otros apoyos para renovar la presidencia de España.

Sánchez y el jefe de Podemos, Pablo Iglesias, están muy lejos de asegurar un gobierno estable, apropiado para encarar reformas postergadas y hacer un frente común atractivo ante el creciente nacionalismo radical (catalán, vasco, etcétera) que está aguijoneando la identidad de un país conformado por una pluralidad de culturas territoriales muy marcadas. 

La España de Sánchez pasó a engrosar la fila de países europeos que sufren de la inestabilidad y la polarización, males que llegaron para quedarse y que no solo son un problema europeo como muestra la actual crisis política en Chile o en Ecuador. 

Es un reflejo de algo mucho más profundo: es una crisis de la institucionalidad que el mundo se dio después de la segunda guerra mundial y que obliga a los líderes a proyectar alternativas más en sintonía con la sociedad.

“Estamos experimentando una crisis sin precedentes en nuestro sistema internacional” que está agotado, dijo ayer el presidente francés Emmanuel Macron, en un foro en París.

La falta de entendimiento político parece ser un síntoma de la crisis más general a la que se refiere el presidente Macron. 

El desacuerdo en asuntos claves, la polarización política y el creciente malestar social son un veneno para la democracia. Los gobernantes tienen que actuar antes de que sea demasiado tarde: cuando los partidos extremistas que se aprovechan del juego democrático dejen de ser fuerzas en ascenso porque ya están en el poder.

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