24 de septiembre 2015 - 5:00hs

Uno esperaría golpes. Disparos. Sangre por doquier. Habitaciones claustrofóbicas, sucias, en las que sus habitantes, cautivos contra su voluntad, rasguñan las paredes gritando socorro. Aunque esos elementos se hacen presentes a lo largo de la película argentina El Clan, a estrenarse hoy en Uruguay, la violencia que el thriller opta por retratar es otra. Una menos cruenta, menos física, pero igual de dolorosa.

Con la mirada de un mero testigo que no juzga ni escudriña demasiado, el director Pablo Trapero posa su cámara sobre la familia Puccio, aquella que, en la Argentina de 1980, decidió suavizar la transición de la dictadura a la democracia organizando secuestros a conocidos adinerados que luego ejecutaban sin piedad.

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Contando con la experiencia del pater familias, Arquímedes Puccio (Guillermo Francella), ex miembro de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), la primera víctima fue el deportista Ricardo Manoukian, de 23 años, quien fue asesinado luego de que su familia pagara un rescate de US$ 250 mil. A aquel crimen incipiente luego se le sumaron otros, que, desde 1982 a 1985, convirtieron esa estrategia en un modus operandi natural.

A pesar de estar atravesada por lo criminal, El Clan no responde a las actividades delictivas, no les da un rol protagónico a aquellos cómplices de Arquímedes que, sin compartir su apellido, participaban de cada secuestro y cada ejecución. El foco, en cambio, prefiere iluminar la tensa relación de la familia, y, en ese afán, recorta a la perfección las figuras de Arquímedes y Alejandro (Peter Lanzani), uno de los cinco vástagos Puccio y uno de los dos que formó parte del "negocio familiar".

A través de esa perspectiva, ceñida a la intimidad, a las cenas en casa en las que nadie se atreve a contradecir a Arquímedes, el morbo por la sangre se ve suplantado por un impulso por adivinar qué sucede en las mentes de quienes perpetúan el crimen y qué tipo de temor detiene a los otros miembros de la familia, quienes, sin rol "activo", igual callan ante los gritos provenientes del sótano.

Apelando a lo humano, la película logra adquirir un cariz internacional, ofreciéndoles elementos nuevos a quienes ya conozcan la historia y una autonomía íntegra para los espectadores que no saben siquiera cuáles son los grandes nombres de la historia reciente de Argentina. Esa independencia de su contexto, además, se ve ayudada por sobreimpresos que explicitan fechas y por planos en los que la radio y la televisión nutren de información. Aunque esos datos puedan pecar de excesivos y hasta cierto punto antiestéticos, demuestran una gran utilidad para relatar una historia que no quiere que el público se pierda en la ficción, sino que recuerde que eso fue real. Que eso sí sucedió. Y no hace tanto.

El nuevo mundo de Trapero

Como primer filme de época de Trapero, El Clan le dedica un cuidado extremo a la ambientación, que nunca se torna agobiante, sino que entrega dosis precisas y sutiles del típico estilo de 1980.

Además de la dirección de arte, el cinemascope y la paleta levemente sepia, la banda sonora recurre a éxitos de la época y de años anteriores, como Sunny Afternoon, de The Kinks. De esta forma, la película logra situar históricamente y, en algunos momentos claves de los secuestros, restarle dureza y tensión a la crueldad del clan.

No obstante, más allá de sus exploraciones en torno a la época, Trapero no olvida aquellas señas de identidad que gritan su nombre, como las escenas dentro de automóviles, desde el asiento trasero, y los planos secuencia que, en este caso, se reducen a su mínimo indispensable para generar el mayor impacto posible.

Aunque no se trata de la película más sombría del director, acostumbrado al costado trágico del crimen (con películas como Carancho y Elefante blanco), El Clan despierta ansiedades e inquietudes que crecen con cada segundo, con cada paso que la cámara da tras las espaldas de los personajes.

Esas sensaciones son reforzadas por el personaje de Arquímedes, que no solo supone la mejor interpretación dramática de Francella, sino que también se erige como el personaje más despiadado y atemorizante en la filmografía de Trapero.

El patriarca de los Puccio, como un verdadero villano del thriller psicológico de Hollywood, casi nunca utiliza sus puños, casi nunca levanta la voz, sino que mantiene una templanza tan gélida como su pelo y sus iris azules. Calculador y despótico, el Arquímedes de Francella se ve reflejado en la disciplina de sus hijos y su esposa, y en las caras ensangrentadas de sus víctimas, a quienes nunca golpea frente a la cámara.

El temor que inspira reluce aún más en el vínculo con Alejandro, una joven promesa del rugby que ve sus planes frustrados por las intenciones de su padre. Con actitudes y objetivos distintos, la contraposición entre ambos se construye en sus escenas juntos y a través de un montaje que intercala las sonrisas de Alejandro con la impavidez de Arquímedes.

Aunque Francella entrega la mejor actuación del clan, Lanzani lo complementa y lo robustece, haciéndolo aún más terrorífico de lo que ya es. Si bien el lazo padre-hijo es lo que atrae, Lanzani también captura al público por su propia cuenta, despertando una empatía que confunde a más de un espectador, que hace cuestionarse. Aquel muchacho tenía alguna que otra pizca de maldad en su cuerpo. ¿O no? Aquel joven, partícipe de secuestros y asesinatos, podía haber seguido otro camino, el del rugby, la fama, la felicidad... ¿O no?

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