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La llegada a la luna y el viaje más inútil

Cincuenta años después persisten las dudas sobre los efectos del viaje más impresionante de la historia

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01 de julio de 2019 a las 05:00

Por Martín Caparrós

The New York Times Service

Hubo tiempos en que la Luna servía para algo. Tiempos en que los amorosos la miraban, los locos la sufrían, los peores poetas la cantaban, los astrónomos trataban de escrutarla con cristales pulidos: esos tiempos, esa forma de la melancolía. Después, hace ya medio siglo, cambió de rol y se volvió bandera del progreso: el hombre todopoderoso había podido lo imposible. Ya pasó tanto tiempo y poco más: otra forma de la melancolía.

Hablaremos de ella hasta la saciedad, hasta el cansancio. No sé si sabremos de qué hablamos, ahora, cuando hablamos de la Luna y su momento. Hablaremos de logros, de hazañas, de aventura, pero la idea de primera vez es engañosa: supone que algo empieza. Desde ese día, once personas más caminaron por la Luna; el último lo hizo en diciembre de 1972 y fue, también, el último que salió al espacio exterior. Los pocos que subieron desde entonces se quedaron a menos de mil kilómetros de casa.

La frase es famosa, se estudia en las escuelas: un gran salto para la humanidad. Pero, como tantas otras veces, la humanidad no fue a ninguna parte. La llegada de Armstrong, Aldrin y Collins a la superficie de la Luna, el 20 de julio de 1969, fue la mayor proeza técnica del hombre: salir de nuestro mundo, entrar en el siguiente. El planeta estaba literalmente arrebatado. Incluso don Abilio Bassets, mi profesor de latín de primer año, escribió una oda que nos hacía repetir a coro, pequeños saltamontes, día por medio: “Bracchium Forte, unde venis?/ Ex Luna venio…”, decía, donde Bracchium Forte —brazo fuerte— era, por supuesto, Arm Strong. Pero ya pasaron casi cincuenta años y no pasó nada; se diría que la hazaña más impresionante fue una prueba de circo.

Yo tenía doce años cuando Bracchium Forte desembarcó en la Luna y me siento estafado. El contrato era claro. En esos tiempos en que tantos trataban de cambiarlo todo —las estructuras económicas, la discriminación de mujeres y negros y pobres, el sexo y las familias, las costumbres, los libros, las canciones— la Conquista del Espacio era la versión estatal de esos cambios: dejaríamos de ser terrícolas, romperíamos nuestras últimas cadenas.

Es fácil compararla —se ha comparado tanto— con la llegada de Colón a América; se parece mucho más al paseo de aquella flota china que llegó, hacia 1420, a la costa oriental del África y descubrió las jirafas y los rinocerontes y volvió a contárselo a un rey que decidió olvidar esas tierras perfectamente innecesarias para su mayor gloria. Con la Luna pasó lo mismo: fueron, pisaron, no volvieron.

El hombre en la Luna fue, de dos maneras, la gran culminación de la modernidad: el último gran viaje de una sociedad que se formó en sus viajes de conquista, agregando a los suyos territorios lejanos, y el último gran logro de aquellas máquinas cuya fuerza mecánica importaba más que su capacidad de computar. Pero la Luna se quedó tan distante como siempre, tan vacía.

Me gustaría saber por qué. El fin de la Guerra Fría fue, supongo, decisivo: aquello se hacía, sobre todo, por razones políticas de una política que después se terminó. El control del espacio se inscribía en la lógica —militar, propagandística— de ese enfrentamiento: Estados Unidos y Rusia tenían que dominarlo para mostrar que dominaban y, más pedestres, porque si lo hacía el otro podía barrerlos de la Tierra. Así, se puede suponer que aquel triunfo estadounidense fue un golpe brutal para la Unión Soviética, el principio de su fin, el inicio de este orden mundial donde el capitalismo reina sin rivales. Pero esperábamos algo más que ese detalle.

Teníamos, entonces, una confianza en el futuro que perdimos. Y la Conquista del Espacio era uno de sus símbolos. No es que no fuera difícil, pero la abandonamos. Los Estados dejaron de pagarlo, las personas de suponer que ese era el desafío de estos tiempos. Ahora el futuro nos suena a amenaza. Cuando se habla —poco— de retomar estas expediciones, lo que aparece son los dos rasgos más definitorios de nuestros tiempos: el miedo, la codicia.

Aparece el miedo: buscar una salida por si acaso la Tierra, como muchos temen, se nos vuelve invivible. Lo que siempre hizo el hombre —emigrar, buscar nuevos lugares— aumentado en cantidad de kilómetros, no en calidad de desafío. Se podría pensar que establecer colonias en la Luna o en Marte es mucho más difícil que navegar a América en 1500; sospecho que las dificultades son proporcionales al desarrollo de las técnicas, que los problemas que parecen insalvables son los que, en cada momento, una disciplina consigue imaginar.

Aparece la codicia: el motor de las posibles expediciones ya no es la voluntad de conocer sino las posibilidades de explotar; se habla del espacio exterior y sus cuerpos celestes como una mina extraordinaria de materiales que, por ahora, no son de nadie y se podrían rapiñar.

Y reaparece el peor patriotismo: Make America Great Again. Los chinos mandaron una nave que aterrizó, el 2 de enero, en la cara oculta de la Luna y el vicepresidente de Estados Unidos salió a clamar que en 2024 —antes de que termine su eventual segundo término— volvería a haber estadounidenses por allí. Como si, medio siglo después, la Guerra Fresca se estuviera reconstituyendo, sin demasiada ideología, entre dos países capitalistas que se disputan el planeta y, para eso, también tienen que ir a otros planetas.

Aunque, para estar más de acuerdo con los tiempos, en la carrera asordinada también participan tres o cuatro millonarios. Hace 50 años los Estados suponían, todavía, que era su responsabilidad intentar estas hazañas —y otras más cotidianas—. Ahora parece que casi todo debiera estar en manos de los más ricos, desde el desarrollo de las ciencias hasta el bien de la humanidad, pasando por el incordio de definir cómo vivimos cada día.

En cualquier caso, medio siglo después seguimos sin entender los efectos del viaje más impresionante de la historia. Hablaremos mucho, en estos días, de aquel día, aquel paso, aquellas imágenes confusas. Quizá lo más decisivo de ese alarde no fuera que un señor holló la Luna sino que 500 millones lo vimos —sucio, borroneado— desde toda la Tierra: Neil Armstrong, Bracchium Forte, no inició los grandes viajes espaciales sino las transmisiones globales que crean una simultaneidad, un tiempo común donde todos consumimos lo mismo. Esos 500 millones, que entonces eran la desmesura más completa, son los que ahora miran, cualquier miércoles, una semifinal de Champions. Es el espacio que hemos conquistado; en cuanto al otro, al exterior, estamos casi como entonces.

Pero hablaremos mucho, en estos días, de aquel pequeño paso para un hombre. Sería una buena oportunidad de hablar un poco sobre los grandes saltos que ha dado —o no dado— en este medio siglo la famosa humanidad. Llegar a la Luna era una meta mítica; si algo falta, ahora, son esas minucias.

Martín Caparrós es periodista y novelista. Su libro más reciente es la novela "Todo por la patria". Nació en Buenos Aires, vive en Madrid y es colaborador regular de The New York Times en Español.

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