25 de abril de 2021 5:00 hs

Para muchas personas van más de 12 meses de una abrumadora distopía. Como si la película Contagio o alguna otra historia de ciencia ficción distópica se hubiese vuelto la realidad. Para otros, entre los que me encuentro la distopía empezó hace 18 meses, en la primavera de 2019, con Australia, California, Siberia y la Amazonia en llamas en simultáneo. Parece que fue hace tanto que Sidney estaba sitiada por las llamas. Contra el Covid hay vacunas, contra el calentamiento no.

Si algún día se derrota a la pandemia y mientras no llegue la siguiente, viviremos una gran transición en busca de frenar el calentamiento que irá castigando más a distintos pueblos del mundo. Las petroleras han sido exitosas desviando la atención del problema, han ganado todo lo que han podido y seguirán culpando a las vacas. Recién con el final del mandato de Trump es posible que la humanidad alinee sus esfuerzos para intentar revertir el ascenso de temperatura. Una carrera frenética hasta 2030 para tratar de no cruzar el 1,5oC de anomalía que agravaría todo cualitativamente con más incendios, colapso de hielos, liberación masiva de metano, ascenso de mares y caos global.

Para quienes creemos que la gravedad de la crisis climática es máxima, la vacunación nos aliviará pero no nos sacará de la película distópica, que incluirá cada vez más migraciones másivas, terrorismo islámico, África devastada por la pobreza, Medio Oriente devastado por guerras sin final.

Pero aún en ese panorama tan sombrío, la semana trajo novedades importantes. EEUU recupera el liderazgo ético y logra alinear a la comunidad internacional hacia el objetivo ineludible.

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El cambio político en EEUU tuvo que ver con el rechazo del público al doble negacionismo de Trump respecto al Covid y al cambio climático. Y quienes votaron en base a esas premisas por ahora pueden estar conformes. Trump abandonó el acuerdo de París, promovió a las industrias del petróleo y el carbón que financiaron su campaña, se alió fuertemente con Arabia Saudí y Rusia, estimuló  a su aliado Bolsonaro a que acelerara la tala y quema de la Amazonia y demoró la posibilidad de articular una estrategia efectiva para frenar primero y revertir después el aumento de temperatura. Los científicos han advertido  incansablemente que queda hasta 2030 para concretar acciones significativas. Y el nuevo presidente de EEUU ha anunciado en esta semana medidas trascendentales: la meta será bajar 52% las emisiones estadounidenses. Puso la vara a la altura de lo que requieren las circunstancias.  Cuánto lo acompañen países clave como China –el mayor contaminador del mundo-, Rusia cuya economía depende de las energías fósiles, o Brasil que tras la salida de Trump queda como el único relativamente escéptico al cambio climático, serán aspectos claves a considerar. 

Esta semana, en lo declarativo, los principales líderes mundiales llamaron a tomar la crisis climática como prioridad. Pero muchos líderes basan su accionar en decir lo que saben el público quiere escuchar.

Lo radical de las medidas de EEUU no estuvieron exentas de críticas a Biden. Algunos políticos republicanos han apuntado que China y Rusia no se comprometen a nada y los estadounidenses se llevan todos los costos. De hecho también esta semana Biden anunció un fuerte aumento de impuestos al segmento de mayores ingresos.  La migración a las energías renovables y la producción sustentable es clave para la competitividad de largo plazo, pero requiere inversiones muy altas en el corto plazo, para economías que ya están exhaustas de sostener el funcionamiento en plena pandemia.

Esta semana quedará en la historia como aquella en la que EEUU retomó un liderazgo moral, reunió con unos 40 presidentes del mundo, para volver a alinear los esfuerzos de la humanidad para evitar su propia extinción.  Se recordará que Bolsonaro fue y prometió un Brasil climáticamente neutro para 2050. En estos tiempos distópicos la reunión fue virtual, algunos presidentes hablaron en vivo, otros con mensajes grabados, algunos dejaron el micrófono abierto y se escucharon ruidos y conversaciones de fondo. Pero países que están al borde de la guerra, hicieron una pausa para pensar en el conjunto.

En un mundo completamente crispado como corresponde a una situación distópica, esta reunión pareció traer algo de distención. Rusia alejó sus tropas de la frontera con Ucrania y China se mostró afín a colaborar con EEUU a pesar de las enormes diferencias que los separan en casi todos los ámbitos y a las amenazas de invasión a Taiwan que parecen estar en el horizonte. Tal vez una guerra simbólica contra el calentamiento global puede ser una excusa para calmar las tensiones geopolíticas.

Toda la sociedad está en una rediseño acelerado. En lo que al clima respecta este será un año clave cuando en noviembre, en Glasgow, se celebre la COP26, el evento político más importante en lo que a clima se refiere tal vez de toda la historia. ¿Podrá ser una reunión presencial?  ¿Seguirá la pandemia azotando y deberá trabajarse en complicados acuerdos por teletrabajo? La distopía tiene otro componente que para Uruguay es paradojal: el precio de los alimentos se dispara. Y podemos demostrar al mundo que haremos lo que esté a nuestro alcance para ser ejemplo en el mundo y ser un país neutral climáticamente o porque no, cazador de carbono que acumulamos en madera o suelos con más materia orgánica. La crisis del mundo, como las guerras del siglo XX, son una oportunidad para Uruguay, que fue ejemplo de paz en tiempos bélicos y puede ser un ejemplo de responsabilidad ambiental en un tiempo en el que eso es central. 

Si el encuentro de esta semana pone los cimientos para un acuerdo global en el encuentro de Escocia en noviembre, se estará empezando a escribir la historia de la salida de la distopía. Y Uruguay en esa tarea tiene todo para ser protagonista. Si en 2030 podemos como humanos felicitarnos por haber solucionado un problema tan grave como complejo, será por acciones que en esta semana fueron fundamentales.

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