Hace unos días, un joven ingeniero español entró en una jaula metálica de color verde y se quedó inmóvil mirando a un pequeño rectángulo que reflejaba sus ojos. Cuando la máquina reconoció sus iris una puerta le dejó pasar al otro lado. Después se subió a un ascensor presurizado que le llevó a 100 metros bajo tierra. De su cuello colgaban su tarjeta de identificación y un dosímetro para medir la radiación. En los pasillos había carteles que avisaban del riesgo de desmayo por la aspiración de gases tóxicos. Al llegar abajo, tras franquear todas las puertas y llegar a una enorme cueva de hormigón con pinta de instalación industrial, preguntó a los periodistas que le acompañaban: “¿Sabéis por qué el LHC está construido a 100 metros bajo tierra?”.
La “maldición” del bosón de Higgs
Los físicos de partículas intentan superar la crisis post-bosón con una nueva oleada de experimentos en el LHC al doble de potencia