El espectador ingresa a una casa de esas de pasillo, con un salón central que se conecta con varias habitaciones. La primera impresión es que se encuentra en una vivienda que habita en sus recuerdos: la casa de una abuela, la de una vecina anciana, la vista en una foto ajada por el caudal del tiempo.
Algunos de los concurrentes (denominados bajo el nombre de “socios”) se acomodan en las sillas disponibles, otros conversan de pie en el living, de empapelado violeta rococó y repleto de objetos (vajilla, un piano, pequeños animales disecados, fotos, espejos, bebés de juguete de aspecto siniestro, lámparas de araña que cuelgan de los techos). De pie entre los espectadores se encuentra un hombre de traje, barba y aspecto agobiado, que va y viene y se apoya contra las paredes. De repente comienza hablar y, a medida que lo hace, aparece de uno de los extremos de la sala un grupo de personas de indumentaria antigua, que se mezcla con el público.
Se trata de una obra excepcional, en la que el espectador es invitado a formar parte de una especie de recreación tridimensional del universo del escritor uruguayo. La obra se siente como la materialización de un sueño, pues traslada la experiencia de lectura a un espacio tangible. Estrenada pocos días después del anuncio de los ternados a los premios Florencio, Proyecto Felisberto es de lo mejor de 2013, un año que le ha valido a Percovich nueve nominaciones por su excelente puesta de Las descentradas, de Salvadora Medina Onrubia.
Si bien la lectura de Hernández no es obligatoria para disfrutar del espectáculo, para aquellos que sí lo hayan hecho ver la obra se convierte de una experiencia única. Esto se debe a que Proyecto Felisberto logra de manera asombrosa recrear no solo los personajes felisbertianos, sino urdir el entramado del pensamiento del creador, en el que los recuerdos adquieren independencia del sujeto, los objetos toman vida propia en contacto con los personajes y en el que las asociaciones mentales del escritor permean el límite entre lo real y lo fantástico.
Esta yuxtaposición entre lo interno y lo externo queda efectivamente plasmada en la adaptación de los cuentos Las Hortensias, El balcón, Nadie encendía las lámparas y El acomodador, por parte de los dramaturgos del grupo Complot Gabriel Calderón, Luciana Lagisquet, Santiago Sanguinetti y Alejandro Gayvoronsky.
Reconocida por su uso de espacios no convencionales para hacer teatro, Percovich elige la casa (“el ambiente felisbertiano por excelencia”) y la opresión que surge de ella en los cuentos del autor, para poner en escena el mundo lleno de imágenes y asociaciones de Hernández.
Pero acaso lo fundamental de la puesta de la directora es la cercanía del público-participante con los 10 actores, que constantemente interpelan al espectador a través de sus palabras, pero especialmente de sus miradas (vuelcan su ojos en quienes los miran, cuentan cara a cara sus obsesiones cual personajes que intentan escapar de su perpetua circularidad). La sensación es tan potente como la de presenciar la manifestación material del subconsciente del autor.
Mecanismo de relojería
Una vez terminada la primera escena, que se desarrolla en el salón, la obra se transforma en una especie de Elige tu propia aventura felisbertiana, pues el espectador tendrá que escoger qué cuento elegir y acompañar a cada grupo de actores a una de las tres habitaciones de la casa o permanecer en el living. En cada cuarto hay dos o tres intérpretes y son admitidos unos 10 espectadores (la capacidad de la obra en total es de 40 personas), que presenciarán una escena de uno de los cuentos hasta que una grabación avisa que ha terminado. Entonces se vuelve a ver una escena colectiva, con todo el elenco y todo el público. El procedimiento se repetirá, ya que, en aproximadamente 80 minutos, se asiste a cuatro puestas colectivas y tres privadas.
Cada cuento se presenta en fragmentos y el espectador puede optar por ver siempre el mismo en tres partes o ir alternando uno con otro. Lo que ocurre en los cuartos genera mayor cercanía con el espectador (quien puede ver a los personajes en su intimidad y en ocasiones es interpelado como si fuera un personaje mudo del relato, como sucede en la segunda escena privada de Las Hortensias). Acaso uno de los factores más interesantes de esta experiencia sea cómo el sonido de las otras historias permea en la que se está asistiendo (lo que Percovich llama “las marcas de sonido” de los espacios no convencionales), lo que genera por momentos reacciones en los intérpretes.
El perfecto mecanismo de relojería de la obra queda de manifiesto no solo en que todas las escenas privadas tienen la misma duración, para que los actores puedan acoplarse luego en las colectivas, sino en que incluso se producen cruces entre sí, como puede verse cuando se asiste a la tercera parte de Las longevas en el salón. Se trata de una pieza compuesta por Lagisquet, interpretada por dos actrices que representan a las arquetípicas mujeres nerviosas y oprimidas del mundo felisbertiano y que funcionan como nexo donde se entrecruzan todos los cuentos, desde lo temático y lo actoral, pues los intérpretes entran y salen de una historia a otra con una sincronización perfecta.
Saffores está notable e incluso aporta una necesaria dosis de comicidad al transmitir el hastío y descrédito de sus personajes, ya que también interpreta al pianista en El balcón. Con dramaturgia de Calderón (quien escribió además todos los parlamentos del actor), el cuento es uno de los platos fuertes del espectáculo. También lo es Las Hortensias, uno de los textos más inquietantes de Hernández, reescrito por Sanguinetti, que narra la obsesión de un matrimonio sin hijos por una muñeca, Hortensia, encarnada por Natalia Sogbe. La actriz sorprende por la credibilidad de su representación, su gracia de movimientos y la forma en que sin palabras logra transmitir sensaciones.
Pero si hay que destacar una escena en la que se condensa el talento de todo el equipo es la segunda de las colectivas, en la que los espectadores son invitados al cumpleaños de Hortensia, que es una de las más inquietantes del cuento y un momento imborrable también de la obra. En la puesta se desarrolla en el sótano de la casa, cuando el personaje de Horacio (Ramiro Pallares) presenta en sociedad a sus muñecas. Con la música minimalista pero opresiva de Fernando Cabrera, el estupendo vestuario de Paula Villalba y la acertada iluminación de Martín Blanchett, el equipo orquesta una escena escalofriante, en la que un séquito de muñecas ingresan a la sala con paso de autómatas, vestidos de satén de colores pasteles y pliegues abultados, y rostros cubiertos con unas perturbadoras máscaras de Erika del Pino. La escena logra un efecto a lo David Lynch y cuenta incluso con la aparición de un ñandú disecado.
Proyecto Felisberto, obra premiada por el Programa de Fortalecimiento de las Artes, es producto de un tremendo trabajo (los ensayos comenzaron en febrero) y se nota.
Al ser consultada, Percovich señala que la obra fue pensada para ser vista en una ocasión, pues el que el espectador no pueda asistir a todas las escenas remite a que el espectáculo pretende transmitir el misterio propio del universo de Hernández. No obstante, así como los cuentos de este autor piden más de una lectura, la obra es tan interesante y está tan llena de capas, que es difícil que el espectador no quiera volver a verla y que cuando lo haga aún tenga ganas de regresar.
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Es muy posible que el año que viene la obra vuelva a estar en cartelera, en el marco de la celebración del Año de Felisberto Hernández, por el aniversario de los 50 años de la muerte del escritor, el cual fue anunciado por Hugo Achugar, Director de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, quien estuvo presente en el estreno. También acudieron, entre otros, el Ministro Ricardo Erlich, Fernando Cabrera (quien puso música a la obra), Mabel Hernández, hija del autor, y el nieto, Walter Diconca Hernández, presidente de la Fundación Felisberto Hernández.