Diciembre es un mes en que creyentes y no creyentes asocian al encuentro con los seres queridos, a las conmemoraciones en familia, a los gestos llenos de afecto con los amigos. En las fiestas de la Nochebuena, la Navidad y las celebraciones por el año que se va y por el que viene, a todos nos une el verbo de la acogida.
Todo ello fue perjudicado de un modo dramático por las medidas de distanciamiento social o de confinamiento, por culpa de la pandemia provocada por el nuevo coronavirus, que no ha respetado culturas, creencias ni religiones. Sin vacunas, el cordón sanitario, el distanciamiento o la cuarentena, han sido las armas para luchar contra los virus desde antes incluso de que la ciencia de la salud descubriera la naturaleza de los contagios.
Y es así porque una epidemia, al igual que un incendio forestal, depende del combustible, es decir, de individuos infectados que pueden provocar un gran foco ígneo.
Pero que sean medidas o conductas apropiadas no quiere decir de que no sean angustiantes al golpear el natural desenvolvimiento del hombre en sociedad.
Consciente del impacto del covid-19, el lunes pasado, el papa Francisco dijo que “esta Navidad es la Navidad de la pandemia, de la crisis sanitaria, socioeconómica e incluso eclesial que ha lacerado cruelmente al mundo entero”.
Ahora que se está viendo la luz al final del túnel con las primeras distribuciones de vacunas en países desarrollados, y que en el correr del primer semestre del próximo año será un hecho en buena parte de América Latina, incluido Uruguay, es buena cosa tener una actitud más optimista.
Sin olvidar a cada uno de los millones de muertos y de enfermos desde la aparición de la enfermedad en diciembre de 2019, es saludable que en estas fiestas decembrinas también haya lugar para proyectar un futuro esperanzador, trayendo al presente que siempre hubo un mundo diferente después de una pandemia.
Luego de la mal llamada “gripe española” de 1918, por ejemplo, hubo en el transcurso del tiempo una mejora de la salud poblacional; una recomposición de los lazos familiares –aunque también de quiebre como consecuencia de las muertes–; un avance asombroso de la ciencia de la salud, además de la fortificación de una institucionalidad pensada en una sanidad para todos que desembocó en la creación de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En ese sentido, el covid-19 ya ha mostrado que es posible imaginar a grandes ciudades más humanas, habitables y amables con el medioambiente, algo que se debería preservar. Con la vida al aire libre se ha recuperado el uso de plazas y de otros espacios públicos que influyen de buena manera en la cultura ciudadana.
También se ha valorizado el papel de la institucionalidad multilateral para compartir información y coordinar acciones que favorezcan a toda la humanidad.
Incluso ganando la guerra contra el covid-19, lo más probable es que no se vuelva a la vieja normalidad, que haya un aprendizaje de un caminar de nuevo todos juntos, sí, pero de otra manera.
Tomar buena nota de la conmoción de una plaga que, como dijo el historiador Philip Ziegler sobre la peste negra, siempre significa un “doloroso desajuste”, un desorden desmoralizador. Ello depende del grado de resiliencia con que enfrentemos a un mal perturbador