La nueva guerra de Trump

Nunca se caracterizó por su prudencia, pero en esta confrontación todos los países tienen más para perder que para ganar

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20 de junio de 2018 a las 05:00

Donald Trump salió del belicoso conflicto con Corea del Norte en forma poco airosa al tener que hacer concesiones en puntos que antes rechazaba. Lo mismo puede ocurrir en la costosa guerra comercial que ha desatado contra China y sus propios aliados en nombre del proteccionismo, que tendrá grave impacto en gran parte del planeta, incluyendo Estados Unidos. Ya antes de su desplante y desaire a los otros miembros del G7 en la última reunión del grupo, el impulsivo presidente impuso un arancel del 25% sobre la importación de acero y del 10% sobre la de aluminio provenientes de la Unión Europea, Canadá y México. Anunció además que evalúa aumentar 10 veces, al 25%, los gravámenes a la importación de automóviles de Japón, Alemania y sus dos vecinos.

La represalia de los países afectados no se hizo esperar. Anunciaron aranceles adicionales a una vasta gama de bienes que Estados Unidos exporta a esos mercados, lo que elimina o reduce considerablemente los beneficios que Trump pensaba obtener para la actividad interna de su país. La inconsistencia de sus decisiones se profundiza al haber esgrimido como excusa la seguridad nacional de Estados Unidos. El argumento carece de sustento ya que las medidas de Trump están dirigidas contra países que son tradicionales aliados de su política exterior.

Es diferente la historia con China, segunda potencia económica del mundo y que le disputa a Washington el primer puesto en ese campo y en músculo político. Estados Unidos tiene un gigantesco déficit comercial con China. El año pasado le exportó bienes y servicios por US$ 130.400 millones contra US$ 505.600 de productos ingresados de China. La nación asiática ha reducido además sus inversiones directas en el mercado estadounidense, que cayeron 35% el año pasado con respecto a 2016. Trump acusa a China de competencia desleal, piratería, falsificación de marcas y robo de propiedad intelectual como base de su propósito de reducir las compras de ese origen.

Pero no le será fácil llevar adelante una reducción del déficit en el intercambio sin pagar un alto precio. Por un lado China abastece a Estados Unidos de productos de bajo costo ávidamente absorbidos por los consumidores. Retacearlos a favor de bienes domésticos más caros producirá una reacción pública adversa, hasta con posibles efectos electorales. Por otra parte, China no solo ha anunciado represalias sino que, como principal tenedor externo de los bonos del Tesoro, puede ejercer presiones financieras sobre Estados Unidos. Lo único que puede ayudar a encontrar una fórmula intermedia de solución a este forcejeo comercial es que para China el mercado estadounidense es esencial para mantener las exportaciones en que basa su crecimiento económico.

Son ominosas, de todos modos, las perspectivas del empecinamiento de Trump. El retorno de Estados Unidos a un proteccionismo exacerbado afectará adversamente la producción y el intercambio comercial en casi todo el mundo, impactando en los niveles de empleo. Trump nunca se ha caracterizado por su prudencia. Pero se fue de cauce al desatar una confrontación internacional en la que todos los países involucrados, incluyendo Estados Unidos, tienen más para perder que para ganar al contrariar el rumbo natural de la libertad de comercio. La salida deseable es que Trump reconozca que se la ido la mano y, como le pasó con Corea del Norte, dé algo de marcha atrás.

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