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La nueva moda es sin género

Las prendas sin género ganan terreno en el mundo y llegan a Uruguay a través de diseñadores, músicos y las generaciones más jóvenes

Campaña de Moweek invierno 2017. jp. bonino
El Cuerpo Nulo de Estudio Null. Foto P. Castelli<br>
Espada de Ramasser.G.Gadda
Aguaviva de Tavo García. B. Ojeda
Aguaviva de Tavo García. B. ojeda
Black & Liberty tiene varias prendas sin género<br>
Prendas de jean Black & Liberty. I. Seijo

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24 de noviembre de 2017 a las 05:00

La noche en que Eté y los Problems despidieron su extraordinario disco El éxodo, Marto Moreno –38 años, bajista de la banda– salió de su casa vestido con una pollera negra, remera oscura sin mangas y Converse All Star. Tiempo más tarde, con la misma ropa, se subió al escenario, agarró el bajo y tocó los primeros acordes de El incendio. No fue la primera vez que salió a tocar de pollera. Tres, cuatro años antes, Moreno entró a una de estas páginas de compra venta por Internet, buscó "Scottish kilt" y después de dar con la indicada apretó el botón de que dice buy. Le llevó unos meses, tal vez un año, animarse a usarla para un concierto. Ahora funciona casi como un sello personal. Moreno, claro, no es el primer músico que se sube a un escenario de pollera. Antes lo hicieron Martin Gore de Depeche Mode, Axl Rose, el líder de Korn Jonathan Davis, David Byrne. Más cerca en el tiempo, los raperos Kanye West y Lord Jamar. Esta semana la revista berlinesa 032c publicó su edición de invierno 2017-2018 con Frank Ocean en la portada. El músico, fotografiado por Petra Collins, lleva puesta una falda turquesa.

Son tiempos de moda sin género, donde no hay diferencias de colores ni formas, pero la pollera y el vestido siguen siendo prendas poco transitadas para el hombre estándar. En Uruguay, cada vez un poco más cerca del mundo, los ejemplos de marcas y diseñadores que proponen otras posibilidades son pocos. Más escasos son los integrantes del sexo masculino que se suben a un ómnibus de falda. De todas formas la conversación parece ser cada vez más habitual y los ojos lentamente empiezan a devolver menos miradas escandalizadas.

Lo que sucede en la aldea

Digamos que, en la microscópica industria de la moda nacional, hay algunas pasarelas que marcan lo que sucede, muestran el camino, anticipan hacían dónde va el futuro. Se podría decir que son tres (sin olvidar la relevancia que han tomado en los últimos tiempos las presentaciones de alumnos de las carreras de diseño): Moweek, Lúmina y Mondesign. Desde hace un tiempo, primero con timidez y ahora con el terreno un tanto más conquistado, la moda genderless o no género aparece de forma sostenida. Nombres como Clara Aguayo, Tavo García, Eugenia Laprovitera y Camila Gómez de Ramasser, las hermanas Lucía y Florencia Ottonello de Pastiche, la marca Black & Liberty trabajan de manera más o menos enfática en las piezas que funcionan para hombre así como para mujer.
Antes, a principios del siglo XXI, Valentina de Llano hizo lo suyo diseñándole faldas a algunos músicos de la escena más under de la ciudad. Hoy, entre risas, dice "Marce Benta, de Amnios. Dejame pensar algún otro que se haya animado". Dani Umpi suele salir a escena con vestidos diseñados por él. Después de todo, Marto Moreno no está tan solo como parece.

Pablo Giménez, director de su propia escuela de diseño, cuenta que, al principio, había un semestre dedicado a la creación de colecciones masculinas. El tiempo avanzó y ese proyecto pasó a llamarse Nuevos Posibles porque las tipologías dejaron de regirse según los estándares habituales de ropa para hombre o mujer. "Nosotros incentivamos al estudiante para que esto no sea un tabú. Lo que pasó es que los alumnos además de hacer faldas en clase también usaban faldas", dice el diseñador.
En 2008, cuando la moda sin género aún no tenía un nombre tan potente, Giménez usó una pollera para el desfile de egreso de su escuela. Sin embargo, no es una prenda que lleve de manera habitual.

Juan González –egresado de la carrera de producción de moda de Integra Escuela Pablo Giménez, finalista de Lúmina, asistente creativo de Giménez en el desarrollo de una colección cápsula para Rotunda– es usuario frecuente de faldas y vestidos. La primera vez que usó una pollera tenía 17 años. Era una noche de calor extremo. González no estaba conforme con su vestimenta, fue al placar de sus padres y tomó una remera de su padre y una falda de su madre. "Siempre es liberador encontrar ropa de otras personas y darles un uso diferente a la que ellos le dan", dice. Desde ese entonces polleras y vestidos forman parte de su vestimenta. González lo piensa de esta manera: "Son dos prendas más que funcionan a la hora de expresarme. Para mí el vestir es una manifestación constante y consciente. Si elegís una remera roja antes que una negra el color te está hablando de algo. Lo mismo pasa con las tipologías. Un short, un jean o una pollera para mí tienen el mismo peso".

Esta semana González y Giménez se encontraron en la librería Escaramuza. González llevaba puesto un vestido celeste corto y unas medias de lurex. Giménez asegura que la mirada no es la misma que hace unos años. .

"Ya no es que todo el mundo se da vuelta escandalizado. Pasa a ser parte del paisaje cotidiano. Si además viajás y lo ves en otros lados ya no te sorprende tanto. También es un signo de tolerancia y de barreras que se rompen", asegura el diseñador y director de la escuela.

González entiende que, más allá de su visión del asunto, las prendas tienen una carga. "Hay días que tengo energía para salir a la calle con una falda transparente, tornasolada o plisada. Porque sé que me voy a subir al ómnibus y la señora me va a mirar o el obrero me va a gritar una estupidez. También sé que me voy a encontrar con una mujer mayor que me pare y me diga que estoy lindo o con la mirada cómplice de una mujer trans. En Montevideo hay de todo y sigue llamando la atención ver a un hombre de falda o vestido", explica.

Para González hay momentos en que la elección de su vestimenta tiene una cuota contestataria. Lo dice así:

"Me gusta provocar una mirada crítica en los demás sobre lo que estoy usando. Porque no hay necesidad de estar vestido como se supone que hay que estar vestido. En 2017 no debería haber supuestos. Y usar la ropa que quieras es una manifestación de libertad"

Para Giménez, que ha visto varias generaciones pasar por su escuela, las nuevas juventudes tienen incorporado el derecho a usar lo que tengan ganas. "Montevideo es una sociedad pequeña pero más allá de eso se ven grandes signos de avances. Estamos viviendo una nueva apropiación de las tipologías y del estilo por parte de ambos géneros. La callé lo dictó y la moda lo tomó", dice.

El no género es el nuevo género

Clara Aguayo y Renata Casanova, creadoras y diseñadoras de la marca Estudio Null, tienen un recuerdo en común: ir a una tienda de ropa de shopping, terminar en los percheros de hombre y escuchar a la vendedora diciendo que esas, por si aún no se habían dado cuenta, eran, en efecto, prendas para sexo masculino. Aguayo, que ganó la edición 10º de Lúmina con una inolvidable colección que no distinguía las prendas según el género, dice que para ella siempre fue un sinsentido que diseñadores o marcas tomaran la decisión por el usuario. Así es que, a la hora de diseñar, junto a Casanova no piensan en las formas según el hombre o la mujer.

Ambas se formaron mirando a diseñadores internacionales, como el japonés Yohji Yamamoto, que hablan de estos asuntos desde hace décadas. Las responsables de Estudio Null (la firma que tiene el zero waste como filosofía y vende piezas de diseño neutro) cuentan que tienen más clientas mujeres que hombres. Y que, estos últimos, cuando llegan a su local lo que expresan es estar empezando a transitar el camino hacia la piezas sin género.

Para la edición de otoño invierno de Moweek 2017, los responsables del acontecimiento decidieron, por primera vez, incluir un modelo hombre en la campaña. Después de haber exhibido en su pasarela algunas expresiones de moda genderless como, por ejemplo Agua Viva –la primera colección del ganador de Lúmina, Tavo García–, Moweek tomó el concepto y lo retrató. La marca elegida para vestir a los modelos fue Pastiche. En ese entonces, las Ottonello, sus creadoras, explicaron que al trabajar tanto con prendas que toman las formas de la sastrería muchos hombres elegían la marca para vestirse.

Florencia Domínguez, el nombre detrás de la marca Black & Liberty, dice que en sus colecciones siempre tuvieron creaciones que funcionan tanto para hombre como para mujer.

"Para mí las prendas son prendas, no tienen género, más allá de que hay morfologías que se aplican más al cuerpo masculino y otras al cuerpo femenino, cada uno usa lo que quiere y le gusta. No importa para quién haya sido diseñado. A mí me encanta que los chicos se compren ropa para chicas y viceversa. Yo uso camisas, remeras y canguros de hombre", asegura.

En la última edición de Moweek, en el desfile de la Cámara de Diseño Uruguaya, las creadoras de la firma Ramasser (finalista de Lúmina) dieron un paso más en esto del no género. Decidieron que sus modelos hombres, además, usaran tacos para caminar la pasarela. Los espectadores lo celebraron como las hinchadas festejan un gol en el último minuto del partido por el campeonato.

Claro que todo estas nuevas posibilidades, siempre, hay que entenderlas enmarcado en ámbitos creativos donde las libertades, la tolerancia y los derechos le ganan a los prejuicios.
En términos de infancia todavía sigue siendo un tabú. Eso fue lo que quiso trabajar la autora de literatura infantil brasilera Janaína Tokitaka con su libro ¿Puedo? (ver recuadro). Allí una coneja y un conejo intercambian la ropa sin tener los estereotipos de género establecidos. Lejos de la moda, las artes y la provocación, los niños no saben de ropa femenina o masculina.

¿Podemos?

* Por Manuel Soriano (escritor, editor de Topito Ediciones y padre de una niña de 6) sobre el libro infantil ¿Puedo? de Janaína Tokitaka.

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Estuve estudiando la reacción de algunos amigos con hijos chicos frente a este libro. En la mayoría de los casos se parece mucho a la del padre progresista de Capusotto. Y me incluyo en esa generalización. Aunque no lo aceptamos públicamente, nos cuesta. No es tan fácil desprenderse, por ejemplo, de que el rosa es para niñas y el azul es para varones. En realidad lo del azul no importa mucho, es solo un agregado para que la regla sea simétrica, lo que importa realmente en esta norma es que el rosa es para niñas, y por ende no es para varones. Por eso este libro le cuesta más a los padres (hombres) con sus hijos (varones).

Estas estructuras que cuestiona el libro son tan atávicas que hasta parecen naturales, y en eso radica su fuerza, en que nos olvidamos que son una construcción social, algo tan arbitrario como que el paño de las mesas de pool tiene que ser verde (y cómo cuesta jugar cuando no es verde). Algo a favor del padre progresista: aunque no está cómodo con este libro, sabe que la culpa no es del libro, ni del azul ni del rosado. Sabe que es una tara suya, y en eso al menos avanzamos un casillero.

Desde este lugar, no desde una postura superada sino como parte del problema, me interesó publicar ¿Puedo?, de Janaína Tokitaka, en Topito Ediciones.

Rosado versus celeste

En un artículo de Página 12, Mariana Enríquez rastrea de dónde viene la diferenciación de colores según el género. La escritora explica que, durante siglos, el color para bebés fue el blanco. El tema de los tonos y el género surge en la primera guerra mundial donde se establece que el rosado es para niños y el celeste para niñas. Recién en la década de 1940, después de algunos estudios de marketing que exhibieron los nuevos gustos de los padres, los colores se invirtieron. Desde ese entonces el rosa es de nena y el celeste de varón.

1983

fue el año en que Yohji Yamamoto le dijo a The New York Times que prefería diseñar prendas sin género. "Cuando empecé a diseñar quería hacer ropa de hombre para mujer. Pero no había compradores. Ahora hay. Siempre me preguntó quién decidió que tiene que haber una diferencia. Tal vez hayan sido los hombres", expresó el creador japonés.

Louis Vuitton

Para su campaña de la colección femenina primavera verano 2016, la casa francesa eligió fotografiar a Jaden Smith (hijo de Will) luciendo una pollera. Smith, claro representante de la generación millennial, ya se había fotografiado en su Instagram usando faldas.

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