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La nueva normalidad musical: así fue el regreso de los shows con Buenos Muchachos

Con medidas sanitarias y localidades agotadas, la banda realiza un ciclo de nueve funciones que marcan el formato del regreso de la música en vivo

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14 de julio de 2020 a las 05:03

Hace algunos meses, cuando el coronavirus empezó a cruzar fronteras, cuando la amenaza se hizo cada vez más cercana y de "un virus chino" pasó a "pandemia mundial", algunos pensadores optimistas pensaron que era el comienzo de un nuevo mundo. Un cambio de era disparado por una sopita de murciélago. Pero el ser humano es un animal de costumbre y no quiere saber nada de nuevas normalidades. Quiere la vieja, la de toda la vida, aunque ahora le preste más atención a la forma en la que se lava las manos, o empiece a usar tapabocas cada invierno. 

Por eso se celebra cada nuevo espacio que se va recuperando. Como si fuera una guerra en la que se va expulsando al enemigo de cada calle, de cada cuadra, de cada ciudad. Aunque todavía queden actividades por reactivarse, y en ocasiones el criterio determinado para que sectores vuelven sea un poco extraño, cada pedacito de la vida anterior que retorna se aplaude. No es tan llamativo que Buenos Muchachos anuncie tres presentaciones en La Trastienda y terminen convirtiéndose en nueve, porque las entradas vuelan en minutos. 

Más allá de que se trata de una banda con un público fiel al punto de la religiosidad, y de que nunca decepcionen en sus espectáculos (este ciclo de nueva normalidad no es la excepción, pero ya vamos a eso), se nota la ansiedad de parte de público y artistas de volver a los shows en vivo, aunque impliquen protocolos y cuidados, y haya un manto de extrañeza en ellos. Pero todo se acepta porque en definitiva, es un paso más a recuperar la vida de antes, y para los artistas, técnicos y demás involucrados, recuperar además sus ingresos. Como dijo Pedro Dalton, el vocalista de la banda, al final de la presentación: "Ustedes se portan bien, nosotros nos portamos bien, y en un tiempo seremos más".

Los cambios ya se notan antes de ingresar a la sala. Uno de los clásicos de La Trastienda es encontrar la vereda llena de personas esperando para entrar. Esta vez estaba casi vacía, y los que llegaban entraban directo. Del otro lado de las puertas de la sala, que fue la primera del continente en abrir sus puertas desde que el virus llegó a territorio americano, empieza el corredor sanitario: alfombra con desinfectante, termómetro que apunta a la muñeca o a la frente, alcohol en gel, y tapabocas para aquellos que se olvidaron del suyo. 

Luego se entra a la sala, en la que ya se han realizado múltiples shows con el público en mesas y sillas, pero no es la escenografía esperada para una presentación de una banda rockera. Cada uno a su lugar, donde finalmente se puede quitar el tapabocas. Pero en cuanto se ponga de pie, ya sea para ir al baño o para salir a fumar, alguien del local le advertirá que tiene que volver a cubrirse la boca y la nariz. 

Utileros, asistentes y hasta los músicos tienen que cumplir con eso, salvo cuando cantan. Uno de los desafíos para Buenos Muchachos fue el de poder tener a todos sus integrantes arriba del escenario con un protocolo que impide que haya más de cuatro artistas. El septeto lo resolvió con una danza de instrumentos, con los miembros de la banda entrando y saliendo entre canción y canción, e incluso en el medio de un tema. El resultado fueron versiones de sus canciones más sencillas y despojadas, así como la presencia en el repertorio de algunos de los temas más climáticos de la banda. Aunque también hubo lugar para los imprescindibles, como Temperamento, Antenas rubias o ¿Qué hacés Joao?, para redondear una presentación diferente y algo extraña (incluso en la implementación de un intermedio de diez minutos) pero con la calidad habitual de una banda que logra hacer único cada encuentro.

Se notó al comienzo la dificultad de lograr la misma conexión y energía con un público reducido, separado y sentado todo el tiempo en sillas, y que no puede reaccionar con el mismo fervor que antes, saltando o bailando. Aunque con el paso de las canciones todo se fue acomodando y la audiencia se fue soltando, al punto que en Temperamento los brazos se empezaron a agitar, y en los bises algunos se pusieron de pie y amagaron algunos saltos, aunque duraron poco. 

Fueron pequeños flashes de vieja normalidad que no se aguantaban. De todas formas, todos los protocolos y medidas fueron cumplidas, y más allá de la rareza, no deja de sentirse un calor especial por poder volver a ver música en vivo. Estos shows de Buenos Muchachos, en cierta forma, son un reflejo de una de las sensaciones generales: ganas de volver a la vida de antes, pero adaptándose a los desafíos, cambios y limitantes que impuso el coronavirus, porque una nueva normalidad es mejor que ninguna. 

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