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La oportunidad para salir del socialismo

El próximo proceso electoral ofrece la oportunidad de cambiar de modelo

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17 de julio de 2018 a las 05:00

Como se sabe, sin necesidad de doctorarse, el socialismo –en cualquiera de sus vestimentas– es un sistema que sólo funciona mientras haya a quién confiscarle sus ahorros y sus bienes y mientras los que producen mantengan la vocación de hacerlo a pérdida o con grandes sacrificios.

A esos dos límites se llega tarde o temprano, como enseña la historia, y el hecho suele tener dos finales: algún tipo de totalitarismo o la decisión de las sociedades de salirse de un modelo que persigue a los que llama ricos y con ello logra aumentar el número de los que adopta como pobres. Dentro de los métodos de totalitarismo, aunque suene extraño, puede estar el mismísimo paradigma democrático.

La columna viene puntualizando que la combinación del sistema electoral y legislativo oriental y la heterodoxa mecánica interna del Frente Amplio terminan produciendo claros sesgos totalitarios, en especial cuando la economía toma su habitual tarea de distribuir los bienes escasos y no se beneficia con alguna externalidad milagrosa.

Ese totalitarismo no necesita ser plasmado con formatos explícitos que ataquen la libertad de los individuos. Es suficiente con que se ataque su patrimonio, su ahorro, su industriosidad, su capacidad de crear y producir, su vocación de emprender. Y eso es lo que ocurre y seguirá ocurriendo, salvo que vuelva a llover maná, cosa poco probable por ahora.

También el ataque contra la libertad se produce por la negación de educación, verdadero cepo al desarrollo espiritual y material, esencial al ser humano y a su auténtica libertad. El Frente, con su ropaje gremial, se ha dedicado con notable empecinamiento y éxito a esa tarea totalitaria, disfrazada a veces de interés por la inclusión, a veces de defensa de los trabajadores docentes, siempre a favor de supuestos formatos y orientaciones nunca explicitados pero que sirven para descalificar los métodos actuales, que es el objetivo primario de ese relato. La educación ha sido siempre el botín más ambicionado por los regímenes modernos socialistas-trotkistas, que basan su estrategia de apropiación de la democracia en la pauperización intelectual de las masas.

La movilización y paro del PIT-CNT es el ejemplo integral perfecto de estas aseveraciones. Su objetivo es clarísimo y no lo oculta: gravar más los ahorros pasivos de la población, y hacerlo progresivamente, una aberración técnica y jurídica. En segundo lugar, busca un destino-excusa para ese expolio: lograr que el presupuesto para educación supere lejos el 6%, por la forma en que lo calcula. En teoría, para mejorar esa prestación de la que no tiene la menor idea, como se ha demostrado con la doble involución de los resultados, que hoy son mucho peor de lo que eran, con mucho mayor prespuesto.

En esa lucha que tal vez no gane hoy, sin embargo sigue la siembra ideológica que ya ha empezado a cosechar el MPP, para utilizar el ataque contra los patrimonios como eslogan de su campaña electoral de 2019, un recurso que lo vuelve a las fuentes y que garantizaría la prórroga del populismo tranquilo oriental, a la vez que exacerba el resentimiento, un buen condimento para captar la irracionalidad del voto, elemento crucial en cualquier elección.

Esa creencia de que la mayoría electoral autoriza a cualquier despojo al contribuyente-víctima, es un primer avance totalitario en una democracia moderna. Recuerda a los reyes que terminaron sin cabeza por su falta de cabeza en la administración tributaria. En el escenario mundial y regional actual, y en especial para economías pequeñas, tal práctica configura un sabotaje al empleo, la inversión y el bienestar.

El PIT-CNT se ríe de la democracia. La utiliza según le convenga y no vacila en pisotearla cuando le hace falta. Con su personalidad de miembro del Frente, esgrime la regla de la mayoría si con ella resulta ganador ante la oposición y aún internamente, pero no hesita en desafiar y presionar a la mayoría de su propia coalición cuando no logra sus objetivos. Los tristes ejemplos del modesto TLC con Chile, o la payasesca actitud ante la OIT, donde obligó a presentar una imagen lamentable de Uruguay, son una muestra de esta afirmación. Y como si eso fuera poco, si todo eso le falla, hace paros y huelgas contra el gobierno que integra, un doble o triple estándar intolerable.

Esta insistencia en aplicar la misma receta hasta la muerte del paciente fue muy bien descrita por Hayek, Mises, Popper y otros, y confirmada hasta el cansancio por los resultados empíricos. La creencia optimista y conveniente de que se tratan de situaciones o sociedades distintas es la que permite que se repitan hasta el cansancio las mismas prácticas y los mismos resultados.

El próximo proceso electoral ofrece nuevamente la oportunidad de cambiar estos criterios. Salirse del socialismo romántico a la violeta que alguna vez fue un sueño solidario y que ahora es sólo un método de despojo y confiscación sistemática y creciente, que definitivamente no tiene soluciones para la población, sino meras dádivas, espejismos (y espejitos) que se esfuman en cuanto se los mira de cerca, o en cuanto se acaba la plata fácil del impuesto, la deuda o la emisión.

Esta oportunidad no es sólo para el electorado. También los partidos y los políticos, gobernantes y opositores, tienen la oportunidad de intentar y proponer otros modelos, otras ideas, otros rumbos, otros desafíos que no sean simplemente buscar a quién y a dónde pegarle el manotazo o rapiñarle sus ahorros para repartirlos hasta que alcance.

Acaso el fracaso de los partidos tradicionales frente a un rival mediocre y melancólico como el Frente, se deba a que también son socialistas románticos en su esencia y pierden ante una alianza condicionada por el trostkismo, más pragmático y menos preocupado por la verdad y el bienestar real y más afecto a la posverdad, a la reivindicación de causas que se ocupa de inventar para no tener que ocuparse de las cuestiones de importancia.

El lector tiene derecho a preguntarse si existen los políticos capaces de pensar esas propuestas. Tal vez existan. Lo difícil es que se atrevan a enarbolarlas y predicarlas. Cuando se observa que los legisladores votan con un sistema anónimo de ballots o bolillas el otorgamiento de pensiones, para no sufrir represalias, hay por supuesto margen para cuestionarse si esos representantes llegarán a tener el coraje para tornarse estadistas, o al menos para proponer una idea diferente.

El futuro es riesgoso, dudoso, confuso e impredecible. Siempre fue y será así. Nunca es seguro y garantizado. Como no lo es el futuro de nadie. Pero la falta de un proyecto que sea capaz de galvanizar las voluntades termina en fenómenos electorales deformes y absurdos que terminan acarreando más incertidumbre y menos bienestar. Y definitivamente menos predisposición para la solidaridad y la comprensión. Los casos de Italia, Cataluña, el brexit, Estados Unidos, y otros latentes, son la muestra de lo que ocurre cuando no hay estadistas que sean capaces de saldar las grietas y crear un objetivo común de crecimiento y bienestar, con objetivos claros y cumplibles, basados en el esfuerzo, no en el apoderamiento ni en el aislacionismo.

En 2019 la sociedad uruguaya tiene una oportunidad para cambiar. Lo que no debe tener es miedo. Que es el arma principal de los totalitarios ideológicos, que supuestamente prometen garantizar el sustento económico, la solidaridad estatal y la seguridad personal a cambio de los derechos y a veces de las libertades.
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