Fútbol > HISTORIAS

La otra vida de Óscar Rojas

El árbitro internacional uruguayo madruga todos los días para manejar un ómnibus en Montevideo

Tiempo de lectura: -'

12 de marzo de 2017 a las 05:00

Jugó en Progreso cuando lo dirigía el Turco Aude. Era un delantero que corría, aunque no hacía muchos goles. Había jugado en el Ituzaingó de su barrio, Jardines del Hipódromo.

"Me fui de Progreso por una lesión en la rodilla. Creo que el fútbol me dejó a mí y enseguida me anoté en el curso de árbitros", comenzó explicando a Referí el árbitro internacional Óscar Rojas, quien el viernes viajó de apuro al hexagonal final del Sudamericano sub 17 de Chile debido a las lesiones de algunos jueces.

Cuando era chico, su padre tenía parte de un ómnibus –fue fundador de Coetc– y él siguió sus pasos, primero allí y luego en otra empresa. Hoy maneja todos los días, menos cuando tiene que arbitrar. Los horarios son rotativos, y en algunas jornadas se levanta a la hora 3.15.

"Estoy muy agradecido a la empresa porque es muy contemplativa debido a mis cambios de días de descanso por los partidos, o cuando me toca viajar. Me facilitan todo", indicó.

Entre su trabajo como chofer en un ómnibus y en el referato, su vida estuvo cargada de las más variadas anécdotas y momentos. Pese a la exposición que tiene como árbitro, aún se puede mantener en el anonimato incluso cuando le tocó llevar a barras de Peñarol un día y al otro de Nacional. Al respecto recuerda: "Iban cantando, el ómnibus se movía mucho, pero ninguno hizo nada malo. Además, no me reconocieron", dice con una sonrisa.

Sin embargo, recuerda el día que un hincha –en un grupo que iba al fútbol–, se le acercó mientras manejaba y le preguntó: "¿Usted es el árbitro Óscar Rojas?". El conductor asintió, el pasajero se fue satisfecho con la respuesta y siguieron el viaje normalmente.

Recuerda el árbitro que varias veces suben al ómnibus futbolistas a los que les dirigió partidos. A veces lo reconocen y otras no. Cuando esto último sucede, el árbitro/conductor los para y los saluda, explica.

No es de los choferes que pone la radio a todo volumen y no le gusta la música, aunque tiene una rutina en las mañanas. "Escucho No toquen nada con Joel Rosenberg", afirma, y luego agrega que disfruta mucho con el columnista de humor Darwin Desbocatti. "Me mato de risa con él, como mucha gente", admite Óscar.

Luego es el turno de escuchar programas deportivos para estar siempre al tanto de lo que ocurre, sobre todo con la actividad que lo tiene como uno de sus protagonistas, el fútbol.

En los 15 años años que lleva como chofer de ómnibus de línea, nunca sufrió rapiñas. "Eso también se lo agradezco a Dios. Espero seguir así y no tener inconvenientes. Estar todos los días en la calle en Montevideo no es fácil", explicó.

Su primer trabajo fue como sanitario, con un conocido. No sabía nada del oficio, pero con el tiempo aprendió.

Óscar Rojas

Posteriormente, su amor por el fútbol fue el que lo llevó a iniciar el curso de árbitro cuando dejó de ser jugador, como forma de mantenerse mantenerse dentro del deporte.

Empezó en 1998 e hizo toda la escalera hasta llegar a Primera. Desde 2016 es árbitro internacional.

En su primer partido en inferiores en la cancha de Colón, estaba tan entusiasmado que se olvidó de prender el cronómetro. Dejó correr el tiempo y como quien no quiere la cosa, se acercó al primer asistente para preguntarle cuánto tiempo iba.

Recuerda el día que en el Olímpico, en un partido en el que actuó como asistente, se olvidó del banderín en el vestuario y tuvo que volver a buscarlo al vestuario.

Cuando le preguntan por la viveza criolla, recuerda una anécdota. Arbitraba en Tacuarembó un partido contra Rocha en el Goyenola. Había expulsado a un futbolista visitante y les había cobrado un penal a favor. Cuando terminó el primer tiempo, el técnico de Tacuarembó, entró en la cancha haciendo gestos de desaprobación, levantaba los brazos y lo enfrentaba con cara de pocos amigos. Sin embargo, lo que la tribuna no escuchaba era lo que le decía a Rojas: "¡La verdad es que estuviste muy bien en el penal que le cobraste al rival!". El árbitro recuerda así aquel episodio: "No entendía nada. Me estaba felicitando en serio, pero hacía gestos de desaprobación. ¡Era para tirarme la tribuna encima, porque ellos no lo escuchaban y solo veían los gestos!".

Un día tenía que arbitrar la final de Cuarta entre River y Defensor en el Saroldi. El partido era a la hora 15 y quedó con su compañero del ómnibus que lo relevara a las 13. Pero no llegaba. Al final se tuvo que tomar un taxi. "Llegué 30 minutos antes y sin comer", expresó.

El museo de Rojas

Una de las particularidades del árbitro es que está haciendo un museo en su casa porque varios jugadores le piden cambiar la camiseta luego de los partidos. Dos ejemplos: Maximiliano Olivera cuando jugaba en Wanderers y Andrés Aparicio en Cerro Largo se la cambiaron. Pero tiene unas cuántas más, asegura.

Sobre su actividad como árbitro, explica: "Vibro mucho con los partidos. Los vivo mucho, no solo voy a arbitrar. Trato de manejar el mismo idioma que los futbolistas".

Entre sus hobbies destaca pescar y cazar jabalíes. La vida de Rojas, como se ve, no solo existe en la cancha.

REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Cargando...