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La política no encaja con el amor

La familia requiere un debate público más enfocado y apasionado en su supervivencia como base de la sociedad

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01 de octubre de 2012 a las 00:00

Con gran pasión, el Parlamento votó en estos días una ley que legaliza la práctica del aborto, un asunto que la clase política viene debatiendo desde hace 30 años. Una decisión política sobre uno de los momentos más tristes que una mujer decide enfrentar.

Hace tiempo que no se ve un debate tan apasionado sobre algunos de los momentos más felices que algunas mujeres enfrentan: cuando deciden tener un hijo.

Los caminos que llevan a una mujer a decidir abortar son innumerables y, aunque no lo admitan quienes están en contra de regular el aborto, respetables en todo el dolor que esta decisión conlleva.

Pero no sería contradictorio que la mayoría que aprobó esta ley también se cargue las pilas para, con igual pasión, legislar sobre la vida procurando que la gente tenga más hijos, porque las cifras de natalidad del país asustan.

Enfocar en políticas que fomenten la natalidad sería, además, una forma de prestarle atención a una palabrita que por años fue el santo y seña de la derecha, de los radicales religiosos, de los conservadores: la familia.

Los progre llegaron tarde y se subieron mal al debate sobre la que, según la Constitución, es la base de la sociedad. Indigna comparar los gastos que la sociedad realiza en prebendas de algunas funciones públicas y los montos que se invierten en rubros que podrían apuntalar a la familia.

Pero es reduccionista pensar que se trata sólo de un asunto de dinero. Hemos generado una cultura que cuando no castiga a las familias les prodiga indiferencia: no se compara la inquietud que causa una rapiña con la que provoca la violencia doméstica, que está corroyendo de la peor forma a las familias, cuya imagen ya no tiene nada que ver con la de una pareja de hombre y mujer y un par de hijos. Una madre soltera y uno, dos o tres hijos; una abuela y un nieto abandonado por su madre. Está lleno de familias de diversa conformación que resisten a la indiferencia cuando no a los embates.

¿Alguien alguna vez piensa, por ejemplo, cómo impacta en la vida de una jefa de hogar un paro educativo que la deja en la disyuntiva de irse a trabajar sin saber a dónde dejar a su hijo? ¿La educación no debe cuidar la cohesión familiar?

Quizás llegó el momento de cambiar algunos paradigmas. Y también quizás llegó el momento de que en medio de tanto miedo al otro, de tanta corrida atrás de la última oferta, de tanta pasión en legislar sobre la muerte, se aborden las políticas públicas desde la perspectiva del amor que, aunque suene idílico, es uno de los sinónimos de familia que en este momento se me ocurre (gpereyra@observador.com.uy).

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