Si usted ha leído o escuchado en estos días que Estados Unidos está al borde del default y se preguntó cómo es eso posible, no se asuste. Un país como EEUU, con el amplio acceso al crédito de que dispone y su solvencia económica, tiene una media docena de maneras de no caer burdamente en una cesación de pagos a su deuda soberana. No estamos hablando de Grecia ni de Argentina.
Pero para aumentar su límite de endeudamiento, el gobierno necesita de un mero trámite: la aprobación del Congreso. Y hasta ayer los republicanos se negaban a aprobar ese aumento, lo que el presidente Joe Biden acertadamente describió como “jugar a la ruleta rusa con la economía de Estados Unidos”. Finalmente ayer jueves, se avinieron a un incremento provisional que pospone el debate hasta diciembre. Lo cual también es un disparate con el que los republicanos, encabezados por Mitch McConnell en el Senado, se proponen torturar a los demócratas y hacer demagogia barata del asunto. Como el senador Marco Rubio, que escribió en su cuenta de Twitter que el proyecto de Biden para emitir deuda por 3.5 billones de dólares “no es socialismo, ¡es marxismo!”.
Con este tipo de dirigentes y sus cada vez más escasos seguidores se hace difícil razonar.
Tanto es un mero trámite que el Congreso apruebe elevar del techo de la deuda para que el gobierno pueda solventar sus gastos y cumplir con su agenda, que desde 1960 a la fecha, se ha hecho 80 veces. A nadie en el Capitolio se le hubiese ocurrido negarle al gobierno de signo contrario algo tan elemental.
Sin embargo en 2010, durante la fiebre del Tea Party, se lo hicieron por primera vez al gobierno de Barack Obama, a quien tuvieron varios meses en jaque perpetuo con las manos atadas. Hoy, casi nadie se acuerda ya del Tea Party y sus locuras, cuando decenas de activistas y hasta espontáneos del populismo libertario sin ninguna idea de política desembarcaron en el Capitolio como bisoños miembros del Partido Republicano para darle a estos la mayoría en ambas cámaras.
Pero aquella inopinada y peligrosa pulseada había sido algo del Tea Party. A los republicanos de la vieja guardia jamás se les había ocurrido semejante dislate porque son gente que, para bien o para mal (en este caso, para bien), conoce de sobra la mecánica de Washington.
Ahora los republicanos de McConnell –que no son precisamente unos novatos– han recurrido a las peores prácticas del Tea Party y, para colmo, amenazando con utilizar una de las técnicas más odiosas de la práctica parlamentaria: el filibusterismo. Esto es, que cualquier senador puede frenar una legislación hablando indefinidamente en el pleno. Y para destrabar el debate, se necesita una mayoría calificada de tres quintos, es decir, 60 votos. En el actual Senado de los Estados Unidos, dividido a partes iguales (50 demócratas y 50 republicanos), eso significa el bloqueo de la medida.
El tema de los filibusteros en el Capitolio está magistralmente dramatizado en la icónica serie de Aaron Sorkin ‘The West Wing’, cuando un veterano senador republicano monta un maratónico ‘filibuster’ para obstruir la ley estrella del presidente demócrata de la tira, Jed Bartlet, interpretado por Martin Sheen.
Hollywood siempre tiende a mitificar estas cosas y sus avatares, pero en la realidad, el filibusterismo es una práctica que debe ser erradicada de los legislativos del mundo. Desde luego, no es algo nuevo. Cuenta Suetonio que ya en la República romana, Catón, pico de oro del Senado romano, solía hablar horas hasta bien entrada la noche para frenar alguna iniciativa de un Julio César crecientemente autoritario.
Hoy la práctica parlamentaria exige procedimientos más dinámicos. En el Parlamento uruguayo, sin ir más lejos, el filibusterismo está prohibido desde 1930, cuando la Reforma del Sistema de Reglas puso límites al tiempo de intervención de los legisladores.
Y es que es una tomada pelo. Al menos en los parlamentos europeos y en algunos del llamado sistema Westminster donde la práctica no se ha regulado la regla es que el discurso del parlamentario esté relacionado con el tema del proyecto. No como en Estados Unidos donde ha habido casos de senadores que han leído hasta recetas de cocina durante horas para obstruir la aprobación de una ley; o el del senador Ted Cruz, que en 2013 leyó en el pleno cuentos para niños durante su famoso ‘filibuster’ de más de 20 horas para bloquear el Obamacare. Se trata, pues, no solo de un ejercicio obsoleto, sino de un despropósito, una burla a los votantes y a todo el sistema democrático.
Es cierto que los republicanos ahora han abandonado de momento la idea de recurrir al filibusterismo para arrastrar a Estados Unidos a un drama interminable como en 2010. Pero el solo hecho de que hayan amenazado con hacerlo, y de que ahora solo hayan pospuesto el debate para seguir mortificando a los demócratas con el asunto, habla del que es sin duda el momento más bajo en la historia de este partido.
Después de haber sido copados por los demagogos del Tea Party a principios de la década pasada; y de seis años después ser literalmente barridos por el fenómeno Donald Trump (que a su vez también se fagocitó al propio Tea Party), esto es lo que queda hoy del Grand Old Party, el viejo partido de Lincoln liderado por Mitch McConnell: una agrupación totalmente desconectada de los deseos e intereses del americano promedio, que ha caído en la más completa obsolescencia como vehículo para conquistar las mayorías y transformar la realidad.
Así, la obstrucción al límite de deuda y la amenaza aún latente del ‘filibuster’ parece solo el recurso obsoleto de un partido político igualmente obsoleto.