7 de septiembre 2011 - 18:14hs

A diferencia de lo que ocurrió en Japón luego de las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, que surgió una corriente literaria conocida como genbaku bungaku –algo así como la literatura de la bomba atómica–, escrita básicamente por los hibakusha, que es como se conoce a los supervivientes de este horror, en Estados Unidos todavía no se le ha puesto un nombre a la narrativa nacida del estremecimiento que causaron los atentados del 11 de setiembre de 2001, que tuvo como epicentro las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York.

Pero que no exista una corriente lietararia con un nombre propio no significa que no se haya escrito mucho a propósito de aquel hecho que, en su momento, fue señalado por los medios de comunicación como un acontecimiento irracional para el que no existían palabras para describirlo. De hecho, según uno de los organismos oficiales de Estados Unidos que hace un seguimiento de los libros que se editan en el país, entre 2001 y 2006 se publicaron más de 1.000 títulos de no ficción acerca del 11-S, incluyendo en ese mismo período cerca de 150 novelas vinculadas de algún modo a los cuatro aviones de pasajeros que fueron secuestrados y que terminaron impactando en las Torres Gemelas, el Pentágono y un campo abierto en Shanksville.

Dicho de otro modo, la incomprensión, el dolor o la rabia por lo sucedido no silenció a los escritores estadounidenses, que apenas pasados unos pocos años de los atentados comenzaron a vivir y revivir en la literatura los impactos que dejó en la sociedad el ensombrecedor miedo que generó el 11-S.

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Entre los escritores que abordaron el tema están Don DeLillo con El hombre del salto, John Updike primero con el relato Varieties of Religious Experience y luego con la novela Terrorista, Jonathan Safran Foer con Tan fuerte, tan cerca, Amy Waldman con La propuesta, Teju Cole con Ciudad abierta, Joseph O'Neill con Netherland, el club de criquet de Nueva York y Jay McInerney con The Good Life, quien en 2006, según el escritor, periodista y crítico argentino Rodrigo Fresán, “tuvo que soportar, copa en mano, el asedio del siempre belicoso Norman Mailer, quien le reprochó no haber esperado diez años antes de meterse con ese tema”.

Según Mailer, toda tragedia de no ficción necesitaba, como mínimo, una década para madurar y asumirse como ficción. En este mismo sentido, Erica Wagner, editora literaria de The Times, quien asegura que los sucesos que marcan épocas, como el 11-S, han sido tradicionalmente grandes lienzos para la imaginación y que es tarea del novelista considerarlos detenidamente, remarca: “Diez años no es mucho tiempo desde el punto de vista de la ficción”.

Pero a pesar de lo que digan Mailer y Wagner, ni McInerney ni otros han esperado ese tiempo para narrar su versión de los hechos, como se ven en Mundo espejo de William Gibson, Brooklyn Follies de Paul Auster, El tercer hermano de Nick McDonnell, The Good Priest’s Son de Reynolds Price, The Writing on the Wall de Lynne Sharon Schwartz, The Zero de Jess Walter, Los hijos del emperador de Claire Messud, Chronic City de Jonathan Lethem, Un trastorno propio de este país de Ken Kalfus, Al pie de la escalera de Lorrie Moore, Que el vasto mundo siga girando de Colum McCann y Libertad de Jonathan Franzen.

Según Fresán, “disipados el fuego, el estruendo, las nubes de polvo, los gritos y la resaca de lo histórico y lo histérico, todo ha cambiado, ya nada volverá a ser igual (...) Pero si hay que elegir al patriarca de la cuestión –el hombre que supo lo que se nos venía encima diez años antes de aquel día monstruoso–, ese alguien es, sin duda, Don DeLillo”.

El hombre del salto, de DeLillo, fue calificada por Newsweek como “la primera novela 11-S que es una obra de arte”. El libro, que toma su titulo de la angustiante foto de un hombre cayendo desde las torres, centra su relato en la historia de un abogado que sobrevive el atentado al World Trade Center e intenta entender lo que pasó.

En las páginas de su libro, DeLillo hace que el lector escuche la siguiente conversación: “¿Qué sucederá después de esto?”, pregunta alguien. “Nada sucederá después. No hay después. Esto fue el después. Hace ocho años pusieron una bomba en una de las torres. Nadie dijo entonces qué sucedería después. Esto es el después. El momento para tener miedo es cuando ya no hay razón para tener miedo. Ahora ya es demasiado tarde”.

Ahora, una década después del después de El hombre del salto, mientras la literatura estadounidense sigue buscando cuál es la gran novela americana, llegó el momento en que sin nombres propios como el de genbaku bungaku se haga un espacio para pensar cuál de todas las historias es la historia del 11-S.

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