The Sótano > Opinión / Eduardo Espina

La profesión más difícil es la más fácil

La incapacidad y la terquedad caracterizan a muchos entrenadores de fútbol

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11 de marzo de 2019 a las 05:02

La imagen exime de mayores comentarios. Todo está comprendido en un mínimo gesto, como en las películas mudas de Charles Chaplin o Buster Keaton. La foto, tomada por Leonardo Carreño y publicada el sábado en la edición web de este diario, es muy buena porque el entrenador Jorge da Silva está mirando al piso en dirección contraria a donde está sucediendo la acción del partido. No es el gesto de un desesperado, es el de un desconsolado. Su equipo perdió de locatario 4-1 contra Juventud de Las Piedras, recién ascendido, y no da pie con bola.

Defensor ha comenzado una de las peores temporadas de su historia reciente y nada, según el gesto indicado de da Silva, augura un cambio positivo a corto plazo, más bien, todo lo contrario. Por más que la carrera por el campeonato y el acceso a las diferentes copas internacionales recién se ha iniciado, el camino al abismo comenzó a trazarse y el abismo parece estar más cerca de lo previsto. En el fútbol actual, lo que menos sobra es paciencia: de dirigentes y de las hinchadas; ni siquiera la tienen con entrenadores que tuvieron buenas temporadas en el mismo club.

Jorge da Silva no es un improvisado, como los tantos que cada año aparecen en las ligas de fútbol profesionales de todo el mundo. Ganó el campeonato uruguayo con Defensor en 2008, el campeonato uruguayo con Peñarol en 2013 –en final contra Defensor, precisamente-, y volvió a repetir con el club aurinegro en 2016. Después emigró y no le fue del todo mal en Colombia dirigiendo al América de Cali, aunque tampoco obtuvo los resultados esperados. Por lo visto en la cancha hasta la fecha, su regreso a Defensor está siendo parecido a muchas cosas, menos a gloria.

Suele decirse que “los técnicos son hijos de los resultados”. Cuando estos son negativos, quedan huérfanos. La volatilidad de la profesión es sorprendente; hoy están, y son aplaudidos; mañana los mandan a la calle por la puerta de atrás. Ejemplos al respecto provienen de todas partes. En lo que va del torneo clausura mexicano, en el cual el Monterrey de Diego Alonso es candidato firme a coronarse campeón, y el Veracruz de Robert Siboldi está condenado al descenso, ya cesaron a siete técnicos (dos de ellos argentinos). Cuando los malos resultados se acumulan, hinchas y dirigentes pierden la paciencia y comienzan a pensar en un plan B, en un sustituto. ¿Terminará la temporada Eduardo Domínguez en Nacional? Más de un hincha tricolor ya lo duda. No siempre la salida antes de tiempo del cargo es por la alfombra roja.

Hay pocas profesiones más inestables que la de entrenador de fútbol. La historia de este deporte conoce casos que resultan sorprendentes por el comienzo, el desarrollo y el desenlace que tuvieron las actuaciones de determinados entrenadores al frente de un club. Uno de los ejemplos más peculiares, al cual siempre recurro pues pinta a las claras de qué va la cosa, es el de Miguel Ángel Lotina en su última etapa al frente del Celta de Vigo. En la temporada anterior al despido había logrado algo histórico; clasificar al club gallego a la Liga de Campeones europea, tras finalizar cuarto en la Liga, ganándole a la Real Sociedad en el penúltimo partido de la temporada y favoreciéndose de la derrota del Valencia. 

Pero Lotina no solo clasificó al Celta de Vigo a la Champions del 2003-04, sino que además lo llevó a los octavos de final, tras finalizar segundo en el grupo donde estaban Milán, Ajax y Brujas. Semanas después de ganar de visitante un juego decisivo contra el Milán, la debacle en la liga local comenzó y dos derrotas seguidas de locatario ante Real Sociedad (2-5) y Deportivo (0-5), rival de provincia, le costaron el cargo a quien por un tiempo fue considerado el mejor entrenador en la historia del club. Por cierto, el reemplazante de Lotina no pudo salvar al Celta, que ese año descendió.

La carrera de entrenador de futbol es difícil y al mismo tiempo puede ser muy fácil. Me explico. Primero lo último. Fácil, pues, tal como la historia lo indica, aquí y en otras partes, ha habido grandes incompetentes que salieron campeones en torneos nacionales e internacionales pues tuvieron la suerte de estar al frente de buenos equipos, en los cuales había una o más estrellas capaz de hacer realidad los sueños de la hinchada. ¿Son tan buenos Pep Guardiola y Carlo Ancelotti, ganadores de la Champions  europea? Siempre han dirigido equipos con abundancia de estrellas. ¿Serían capaces de salvar del descenso a un equipo cuyo plantel es escaso y carece de figuras conocidas, como otros han conseguido?

¿Qué tan bueno fue Alex Ferguson, que en el Manchester United ganó todo? Sin embargo, dirigiendo a Escocia en el mundial de 1986 no le pudo ganar a Uruguay que jugó desde el primer minuto con 10 jugadores. Otro día, si me falta tema (y aunque no también), voy a hacer un inventario de los incapaces que ganaron trofeos ayudados por las circunstancias y luego del inesperado éxito volvieron a su verdadero lugar en la historia del fútbol, uno más bien inexistente. En ese grupo no está Jorge da Silva. Tampoco los recién mencionados.

Pero debe estar incluido el alemán Thomas Tuchel, tipo arrogante que la semana pasada demostró que es un incapaz mayor. Quienes hayan visto el partido entre PSG y el Manchester United estarán inmediatamente de acuerdo conmigo. Si yo fuera el jeque catarí propietario del club francés, quien luego del partido abandonó el estadio parisino pateando puertas de la calentura que tenía, lo hubiera despedido apenas terminado el partido. Cualquiera que sepa un poco de fútbol habrá advertido, a los 10 minutos de comenzado el segundo tiempo, que el PSG no jugaba a nada, que no creaba peligro de la forma cómo debería hacerlo con insistencia, y que la oncena necesitaba un revulsivo en la delantera.

¿Cómo puede explicarse que Tuchel haya mandado a la cancha a Edison Cavani cuando quedaban solamente tres minutos por jugar del tiempo de prorroga? También habría que preguntarse cómo y por qué el arrogante alemán fue contratado por el PSG, cuando en su currículo no había nada capaz de generar ilusión entre los franceses, quienes hace ya demasiado sueñan con ganar por fin una UEFA Champions. Con un equipo repleto de estrellas, PSG fue derrotado en casa por una oncena inglesa repleta de jóvenes y que en lo previo lucía sin chance alguna de pasar a la siguiente ronda.

A los entrenadores de fútbol no los liquidan los malos resultados, como suele creerse, sino su propia terquedad. Hasta último momento sostienen el libro de su inexistente teoría, suponiendo que incluso en los momentos de debacle saldrá de allí la solución mágica que permitirá sortear ilesos la tempestad. Si se hiciera una historia de la terca necedad de los entrenadores de fútbol, el volumen sería inmenso.

A los entrenadores, sin distinción de etnia ni país, les cuesta aceptar las opiniones de los demás cuando estas vienen acompañadas de evaluación. Y les cuesta incluso más cambiar sobre la marcha, pues temen que eso implique aceptar sus errores y magnificar su estado de vacilación. Lamentablemente, para los intereses de las hinchadas, la historia del fútbol está llena de entrenadores necios y tercos, de esos que se bañan con las botas puestas aunque les hayan dicho infinidad de veces que estas se van a mojar.

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