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La serie de Jordan llega a su fin: ¿por qué acierta y qué emociones despierta en sus seguidores?

Siete seguidores de la serie hablan sobre The Last Dance y el peso de la figura del legendario jugador

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18 de mayo de 2020 a las 05:10

Las leyendas tienen eso. Guardan al mundo en el puño, y de repente lo pierden. Su efecto se diluye, el sistema se desespera por encontrar un sucesor y parece que todos olvidan. Pero, de la nada, vuelven. Con fuerza. Golpeándose el pecho. Gritan que el legado no se muere y que el mundo es suyo. No hay sucesores. No hay nadie más. Logran que todo el mundo, otra vez, se llene la boca con sus hazañas. Que bajen la cabeza cuando pasan. Que los conviertan en hashtags. En tendencia. Que hagan que vuelvan a estar vivos.

El 23 negro sobre la tela roja es una marca indivisible de la década de 1990. Cambió la manera en la que se veía al básquetbol, convirtió a la NBA en una marca global y resignificó el término atleta. Pero su poder y su alcance, en los últimos años, habían quedado suspendidos en el aire. Nuevos nombres aparecieron para quedarse con su puesto y, en algún punto, lo vencieron. Los niños de los 2000 no decíamos que éramos Michael Jordan, no decíamos que jugábamos con la 23; nosotros éramos Kobe y pedíamos la 24. Y los que siguieron jugaron a ser LeBron.

Pero llegó el 2020. El año del olvido y para el olvido. El año del encierro. Y el año del regreso del mejor. The Last Dance, la serie documental de ESPN y Netflix que cuenta la carrera del Jordan y que repasa la última temporada victoriosa de aquellos épicos Bulls, se materializó. Recordó el marketing. El furor. Las polémicas. Las tragedias. El llanto. Las victorias. El sudor. Y esa figura imposible –que se elevaba más que el resto, que presionaba a todos pero un poco más a sí mismo– recuperó su lugar.

Por ella es que estamos viviendo nuevamente la era del 23. Atrás quedan la magia de Kobe Bryant, las fintas y la potencia física de LeBron James. Ellos no importan en estos meses extraños, cargados de insomnio y días repetidos. Ahora lo que queremos es ver más de esa bestia aérea, ese loco con la astucia de Zeus y los pies alados de Hermes, ese toro rojo hambriento de gloria que nunca va a poder saciarse, y que ahora, desde un sillón, en una mansión, con ojos amarillos y un vaso de whisky a su lado, repasa su época de gloria y se justifica. 

Es 2020 y Michael Jordan volvió a la vida. The Last Dance trajo recuerdos y hambre de básquetbol. Recuperó la nostalgia y capitalizó la falta de deporte. Y con ella, él volvió a conquistar al mundo. Por ese camino van las reflexiones de los seis seguidores de la serie que convocamos para la nota. A falta de dos capítulos para el final, ellos hablan sobre el pasado, el poder de una historia bien contada y, más que nada, la fuerza de los íconos. La magia de un tipo que lo único que quiso fue jugar a la pelota. Y ganar. Ganarles a todos. A quien se le pusiera adelante, y a los demás también.

Las preguntas

1- ¿Qué representa la figura de Michael Jordan para vos?
2- ¿Cuáles son los hallazgos de esta serie?
3- Top 3 de los mejores momentos
4- ¿Fue el mejor de todos?

Sebastián Chittadini

Escritor, autor de Que vuelva la celeste de antes

1. Es un ícono cultural que trasciende lo deportivo, un jugador sin defectos que nunca quiso caer simpático y al que, pese a maravillarme con su juego, le deseé la derrota en las seis finales que jugó. Su nombre me lleva a una época, ni más ni menos.
 
2. El ritmo narrativo es perfecto, nada sobra. Dentro de eso, me resultó interesante ver desde adentro algo que en ese momento no percibíamos, cómo la organización estaba “rota” mientras nosotros solo veíamos al mejor equipo de la historia. Hay una idea muy fuerte, la del agotamiento físico y mental de Jordan después del primer threepeat y después del segundo, el agobio que produce la fama y el precio a pagar por el fin de ganar. “La gente no se da cuenta de que ser Michael Jordan no es divertido”.

3. La rivalidad con los Bad Boys como punto clave en la carrera de Jordan, la risa cuando Gary Payton habla sobre cómo lo defendió en las finales de 1996, el momento final del séptimo capítulo, cuando Jordan reflexiona sobre su liderazgo. Bonus track: el foco en Dennis Rodman como enorme jugador y su escapada a Las Vegas como una de las mejores anécdotas del documental.

4. Aunque el debate se centre ahora en si LeBron James es mejor, o se menosprecie la competencia que tenía Jordan, es imposible comparar épocas. Lo que sí hay que comparar es el impacto y Jordan cambió el juego como nadie, dentro y fuera de la cancha. Sus pares dicen que fue el mejor, su juego está a un clic de distancia, sus logros están ahí y hoy es de nuevo el ícono de la NBA gracias a The Last Dance y Space Jam. Y estamos en 2020.

Luisina Ríos

Periodista, comunicación y prensa en Penguin Random House Uruguay

1. Crecí en una familia muy basquetbolera —malos para la práctica, pero espectadores afinados— en la que el “¿Quién te creés que sos?” no se completaba con Brad Pitt sino con Michael Jordan. Crecí (admito que hasta la adolescencia) creyendo que la caminata lunar hacía referencia a una de las volcadas supremas, con baile y música y slow motion, de este Michael, del amo del aire, y no de otro.

Recuerdo que a fines de los noventa con mi hermano dibujamos en Paint algo parecido a la silueta de MJ popularizada por Nike y la elegimos como fondo de pantalla de la computadora. En algún momento esa mancha desapareció y fue sustituida por un cuadro de la escena más cautivadora de Space Jam: en un estadio repleto de dibujitos de Warner Bros, Jordan levita con un monstruo verde y otro violeta colgando de su cintura y estira el brazo derecho tres, cuatro, cinco metros para hundir la pelota en el aro con la plasticidad de un Looney Tunes y dar vuelta “el juego del siglo”. Eso era para nosotros Jordan: un héroe animado.

2. Creo que uno de los hallazgos está en compilar partidos y escenas de vestuario, y mostrar, siempre con tensión narrativa, la relevancia de Jordan en los Bulls más allá de sus cualidades atléticas y sus movimientos irreproducibles y provocadores. También en humanizar al héroe animado y reflejar sus objetivos, métodos, debilidades, exigencias y motivaciones (o motivación: que no exista en el mundo alguien mejor). Enfrentar a los protagonistas ya cincuentones a su pasado y ensamblar relecturas, confirmaciones, arrepentimientos y dudas es otro de los puntos fuertes. El archivo es alucinante y la serie sin dar explicaciones explica por qué valió la pena tenerlo tanto tiempo guardado y revisitarlo ahora.

3. No podría hacer un ranking, la serie entera es un top 1. De los últimos episodios que vi, me quedó muy grabada la imagen de Scottie Pippen pidiendo desde el banco, frente a la cámara y con los Air Jordan puestos el regreso de Mike a la NBA después del primer retiro. Si se me permite cambiar la consigna y hacer un top tres de personajes secundarios que (al menos hasta el séptimo episodio) merecen más, me quedo con Deloris Jordan (madre de Michael), Scott Burrell (que padeció la voracidad competitiva de Jordan hasta en las prácticas) y los Bad Boys de los Pistons como entidad.

4. Los que saben dicen que sí. Solo puedo responder que, aunque llegué tarde, fue el mejor de todos los que vi.

Fernando Medina

Conductor de Oír con los ojos en Radiomundo, columnista en Fácil desviarse en FM Del Sol

1. Representa un sentimiento que solo alcancé a comprender del todo con él, una idea a la que los griegos le pusieron nombre: Niké —maravillosamente, el nombre de los championes de Michael, que, según se cuenta en el documental, descartó a Converse y a Adidas para irse con la marca de la diosa—. Eso, el deseo de la victoria. Un sentimiento que no está en la literatura y sí en el deporte, y que no es un invento, es una vicisitud humana, lo mismo que el miedo o el dolor. Creo que con Pablo (Bengoechea), en el 97, lo vislumbré; pero con Michael, la personificación de la diosa, al año siguiente, lo comprendí, porque lo de Pablo era chiquito y local y lo de Michael, en cambio, era total.

2. En su podcast, Carlos Tanco suele hablar de “la narrativa de la NBA”. Lo de Carlos es, claro, una lectura. Es análisis. Acá en cambio te sentás frente a la pantalla y es como si te sentaras a leer la Ilíada (cuando Michael se retira, después del tercer anillo, es como cuando Aquiles no quiere pelear más contra los troyanos) o Guerra y paz, que es la Ilíada del siglo XIX. Es así: ruedan los episodios y sentís que la historia de los Bulls es una de las grandes epopeyas de nuestro tiempo. En cuanto a hallazgos pequeños, sin duda, la voz de Scottie Pippen y la remera blanca de John Paxson. Belleza.

3. La batalla Bulls - Pistons.

Michael se retira y uno comprende que no podría haber ganado los seis anillos seguidos; o mejor dicho, que, porque se retiró, lo hizo.

Michael vuelve, arrasa, gana el cuarto anillo (precioso duelo con Gary “The Glove” Payton) y en el vestuario, tirado en el piso, llorando, solo, muy solo, no abraza la copa: abraza la pelota.

4. Hace un rato lo comparé con Aquiles. Ahora lo compararía con Shakespeare, que no es el primero, porque antes están Homero y Dante (como para Michael, Magic y Larry), pero sí es el más fuerte, el que todos miran. A Jordan, lo mismo que a Shakespeare, hay que leerlo sí o sí. Porque no hay literatura sin Shakespeare y no hay básquetbol sin Jordan. Después vienen los que, porque se animan y pueden, como Kobe —que leyó a Michael mejor que nadie—, intentan superarlo igual. Por ahora, nadie.

Carlos Tanco

Humorista, creador del personaje Darwin Desbocatti, conductor del podcast NBA Patológicamente

1. Michael Jordan es el mesías de la única religión que tuve en mi vida: el básquetbol. A los creyentes en los dioses del básquetbol no nos parece exagerada la autodenominación Black Jesus, alter ego que usó para someter mentalmente a sus adversarios (historia contada por Reggie Miller que remata en la línea: “Nunca más te metas con Black Jesus”). Durante mi infancia y adolescencia lo padecí, yo era hincha de Magic Johnson, a quien Jordan destronó. Incluso prefería a Isiah Thomas, que fue expulsado del Olimpo por él (literalmente: lo dejó afuera del Dream Team para los JJOO de Barcelona). Llegué a la admiración a Jordan a través de los años y por la ventana de otro psicópata que lo sampleó con precisión espeluznante: Kobe Bryant.

2. Para los fundamentalistas de mi edad casi no hay novedades, lo consumimos como acólitos que van a misa y repasan los momentos icónicos del hombre que cargó al básquetbol mundial y lo puso unos cuantos escalones por encima de lo que estaba antes de su llegada. La historia está contada con pulso narrativo y orden, sin saltearse ninguno de los episodios fundamentales, lo que acerca público no especializado y lo entrega a la fascinación por Jordan; la serie perfecta para el objetivo ulterior: evangelizar.

3. Jordan, después de ganar su primer campeonato posretiro y huida al béisbol, tirado en el vestuario, solo, abrazado a la pelota y llorando como un niño.

MJ responde a la pregunta capciosa de un periodista sobre si tiene un problema con las apuestas: “No tengo un problema con las apuestas, tengo un problema con la competitividad”.

Las escenas de bullying de Jordan y Pippen a Jerry Krause, el GM de los Bulls, incluida una en la que Pippen lo hace bailar en el avión después de vencer a los Pistons. Krause era muy bueno en su rol, pero quería pertenecer, ser parte de un colectivo de superhombres de 2 metros de promedio, algo imposible siendo él un petiso gordo con alma de oficinista y puesto gerencial. Es como un viaje de Gulliver al lugar equivocado.

4. ¿El viento sur es frío?

Eleonora Navatta

Comunicadora, arquitecta y campeona sudamericana de esgrima

1. Antes de The Last Dance, cada vez que se nombraba a MJ mi mente se trasladaba a Barcelona 92 y el primer Dream Team. Seguro por mi cercanía emocional con esos Juegos o porque el básquet olímpico (o FIBA) era mucho más cercano. La NBA era algo más galáctico.

2. La serie me cambió la perspectiva en un montón de cosas que son absolutamente normales pero tal vez no las tenés tan presentes. Los jugadores de la NBA son, antes que megaestrellas, deportistas de élite. Y eso lo ves continuamente en la serie.

3. Me llamó mucho la atención el testimonio de Rodman, cuando dice que les pedía a los amigos que tiraran pelotas para estudiar las trayectorias. Claramente esa es una de las causas por las cuales fue un rebotero infernal. Y me pasa que, siendo una serie sobre Jordan, siento que se realzan mucho más el resto de los personajes que el propio “homenajeado” y eso me encanta.

4. Creo que sí, sobre todo por lo competitivo y su capacidad de apoyarse en los diferentes compañeros que fue teniendo para potenciar aun más su juego.

Horacio “Gato” Perdomo

Exjugador de la selección uruguaya de básquetbol; enfrentó a Michael Jordan en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984

1. La imagen de Michael Jordan es la de un volador. Fue el jugador más desnivelante que tuvo la NBA. Tenía una potencia física espectacular y unas ganas de ganar tremendas. Su ambición y su hambre lo llevaron a mantenerse en el primer lugar durante todo el tiempo que pudo. Para mí, él es la perfección.

2 y 3. Lo mejor de la serie es su estructura, las idas para atrás y adelante, la historia de sus compañeros, los jugadores que lo rodeaban. Está muy bueno ver cómo el resto de los jugadores se adaptaron a él, porque un equipo de básquetbol es como un puzle, y cómo a partir de eso lograron lo que lograron. Por eso rescato a Jerry Krause, que aunque fue el más odiado armó toda la estructura para lograr el objetivo. Era una persona de gran inteligencia y cumplió con su trabajo. Es muy meritorio y resalto su rol como hacedor de esos Chicago Bulls.

4. Como Jordan no hubo. Lo de él fue tremendo y nuestra generación lo disfrutó. Y haber tenido la suerte de compartir un campeonato, unos juegos olímpicos, cuando recién estaba surgiendo, y haber jugado contra él, es un orgullo para mí y mis compañeros. Es muy reconfortante haber podido jugar contra esta bestia.

Gonzalo Charquero

Periodista, editor de la sección Actualidad de El Observador

1 - No me considero un fanático de la vida de Jordan, ni de la NBA y su mundo, pero sí creo que su figura encarna la competitividad al máximo y el querer ganar a lo que sea. Más allá del desarrollo de los productos comerciales, su actitud de tipo hiper competitivo representa la esencia del deporte.

Me lleva a dos momentos. Aunque no lo disfruté en todo su esplendor, por no entender mucho del juego a esa edad, me veo frente al Super Nintendo con el NBA JAM, y a Space Jam (la vi como 20 veces). También a la época de intento frustrado de jugador de básquetbol, porque el personaje de Jordan y el “game time” de los Bulls para romper filas es un símbolo de abstraerse de todo el show de afuera y enfocarse en lo más básico del juego.

2- Me llevó a comprender una figura que en mi infancia fue ciertamente pasajera. A los que éramos chicos, que lo único que por ahí captábamos era un tipo que no paraba de embocar de forma increíble, nos da la pauta de entender mejor ese trayecto del personaje y su relevancia en perspectiva. El ida y vuelta de la serie permite ver lo que generó y viste su personalidad. También permite explicar la explotación de la NBA como producto en sí mismo y da a conocer masivamente algunos personajes casi tan pintorescos como necesarios como el comisionado Stern o Jerry Krause.

3 - El relato es, como no puede ser de otra manera, muy “jordanista”. Por eso uno de los momentos que más me gustó fue el duelo con Detroit, con Isiah Thomas, porque muestra también algunas de su “debilidades” humanas y que había gente que le hacía frente. Creo que rompe con ese relato de que Jordan hacía todo bien y muestra su cara ante la derrota. En esa misma línea, me gustó su momento de intimidad y de problemas con el juego. Creo que otro gran momento que atraviesa toda la serie, es lo de mostrar que a él no le interesaba ser el mejor compañero del mundo. Él entrenaba y jugaba para ganar y si eso implicaba tratar mal a un compañero, lo hacía. Una de las mayores críticas que tengo es el relato pro Jordan, aunque es difícil que fuera de otra manera.

4 - En general me gustan los jugadores más terrenales y no lo superhombres como MJ, pero sí, es el mejor. No sé si es el que más ganó, pero debe andar ahí. Más allá del producto comercial, es un tipo tremendamente competitivo y lo demostraba en cada partido. Cuando escucho su nombre pienso en el loco tirando de media vuelta desde la esquina corta, casi sin mirar, la pelota cayendo podrida en el aro y el reloj llegando a cero.

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