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La síntesis del 2019: protestas multitudinarias y mucho más

No todos los países de América Latina han presenciado este año esas grandes movilizaciones de protesta, ni estas respondieron a las mismas causas

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02 de enero de 2020 a las 05:00

Por Hugo Borsani*

Las masivas manifestaciones populares en Latinoamérica fueron la marca distintiva de la región en 2019. Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, Colombia y Haití, sin olvidar Venezuela y Nicaragua, han sido, y en algunos casos continúan siendo, escenarios de amplias manifestaciones por diversos reclamos. Al carácter masivo de estas movilizaciones, en gran medida pacíficas, se han sumado episodios de fuerte violencia urbana y una no menos violenta represión policial. Pero fue la casi simultaneidad de la mayoría de estos fenómenos, concentrados en los últimos meses del año, lo que ha generado la percepción de que toda la región ha entrado en ebullición política y social. Sin embargo, no todos los países de América Latina han presenciado este año esas grandes movilizaciones de protesta, ni estas respondieron a las mismas causas.  

En Chile y Colombia, un profundo malestar con situaciones de desigualdad social que se arrastran desde hace décadas, y una menor tolerancia con dicha desigualdad, que ha disminuido pero a un ritmo obviamente insatisfactorio, sumado al enlentecimiento del crecimiento económico en los últimos años, congrega desde hace semanas protestas multitudinarias sin precedentes, en las cuales también están presentes demandas por transformaciones en el sistema político, especialmente en Chile.

En Bolivia y Perú los conflictos fueron de carácter eminentemente político. En Perú, la disolución del Parlamento, medida de excepción prevista en la Constitución, y el llamado a nuevas elecciones legislativas por parte del presidente Vizcarra ante la falta de un voto de confianza del Legislativo, controlado por el fujimorismo y sus aliados, provocó manifestaciones a favor y contra la medida. En Bolivia, el fraude electoral por parte del gobierno de Morales desbordó la indignación que venía acumulándose en gran parte de la población desde la desconsideración del resultado del plebiscito de 2016, cuando la mayoría de los electores rechazó una nueva postulación presidencial de Evo Morales. Como resultado, Bolivia revivió una levantamiento popular semejante a los experimentados en 2003 y 2005 en el país, desembocando en la renuncia del presidente y del vicepresidente y dando inicio a un período  de transición política, inicialmente muy conflictivo y polémico debido a la renuncia a sus cargos de todos los integrantes de la cadena de sucesión presidencial.

El estallido social de Ecuador estuvo concentrado en una medida económica, el aumento de 100% del precio del combustible, y su fuerte impacto negativo sobre sectores de la población con amplia capacidad de movilización, como los transportistas y los movimientos indígenas, estos últimos representantes de los sectores más marginados de la sociedad.

No obstante la comprensible preocupación por la estabilidad democrática en estos contextos, las élites políticas, luego de erráticas reacciones iniciales, han activado recursos políticos e institucionales a fin de generar acuerdos amplios con vistas a destrabar los conflictos, incorporando algunas de las principales demandas de la población, como es el caso de la propuesta para la elaboración de una nueva Constitución en Chile. En Ecuador la vuelta atrás del presidente Moreno en el aumento del combustible y la instalación de un diálogo con los diferentes actores sociales para abordar la grave crisis económica en que se encuentra el país, dieron término a una semana de fuerte reacción popular. Bolivia ya ha trazado un cronograma para la realización de nuevas elecciones el próximo año, definiendo un proceso electoral que contó con la aprobación de los legisladores del MAS, el partido del ex presidente Morales, y del cual participarán todas los partidos políticos.

Venezuela y Nicaragua, sin embargo, continúan en caótica situación política y social y se reiteran las manifestaciones contra dos gobiernos que nadie considera hoy como democráticos. A comienzos de año, el líder opositor venezolano Juan Guaidó se autoproclamó presidente provisional y convocó manifestaciones de apoyo con la expectativa de que las fuerzas armadas dejasen de respaldar al régimen de Maduro, lo que finalmente no se concretó y hoy su liderazgo comienza a ser cuestionado. Mientras, continúa, sin disminuir, el amplio flujo migratorio de ciudadanos venezolanos hacia diversos países de la región.

Pero no toda América Latina ha sido palco de movilizaciones populares multitudinarias. En Argentina, Uruguay, El Salvador y Guatemala hubo elecciones generales o presidenciales pacíficas y en los tres primeros se confirmaron alternancias políticas e ideológicas que han sido gestionadas en total normalidad institucional. En Argentina los malos resultados económicos llevaron a una previsible derrota del gobierno de centro derecha de Macri y la vuelta del peronismo al poder. Inversamente, en Uruguay,  Lacalle Pou, del Partido Nacional, de centro derecha, con el apoyo de otros cuatro partidos, se impuso por una pequeña diferencia de votos a la coalición de centro izquierda Frente Amplio, en el poder desde hace 15 años. En El Salvador, por primera vez desde la democratización de la década de 1980, fue electo un presidente que no pertenece a uno de los dos partidos que han dominado la escena política del país, ARENA (derecha) y el FMLN (izquierda). El empresario Nayib Bukele, de 38 años y ex alcalde de la capital por el FMLN, fue electo en el primer turno, al frente de una nueva coalición política, con el 53% de los votos.

Brasil y México, las dos grandes economías de la región, que este año estrenaron gobiernos ideológicamente opuestos, tampoco han experimentado estallidos sociales, a pesar de los fuertes embates políticos, la alta polarización y la amplia desigualdad social en ambos países. En Brasil, las instituciones políticas han frenado o limitado varias propuestas polémicas de Bolsonaro, un presidente con bajo o nulo apego democrático y en fuerte caída de popularidad. A su vez, declaraciones de claro perfil autoritario de Bolsonaro y de su círculo próximo han sido rechazadas públicamente por autoridades del Legislativo o del Poder Judicial.

En síntesis, masivas movilizaciones de descontento, pero también embates institucionales y alternancias políticas en contextos de estabilidad democrática. Esa parece ser una síntesis más completa del año político latinoamericano.

*Hugo Borsani es politólogo y profesor de la Universidad Estatal del Norte Fluminense, Brasil. Doctor en Ciencia Política del  Instituto Universitário de Pesquisas do Rio de Janeiro (IUPERJ).

www.latinoamerca21.com, un proyecto plural que difunde diferentes visiones de América Latina.

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