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30 de diciembre 2021 - 23:38hs

La posición de medianía en el arte de gobernar, reivindicada por el presidente Luis Lacalle Pou en una reciente entrevista en televisión, es la actitud política adecuada para no alimentar la polarización desde una posición influyente, alejar el ruido ensordecedor que proviene de los extremos –que contaminan el debate público– y avanzar con pragmatismo en los acuerdos necesarios para encauzar una compleja agenda reformista.

En una entrevista en el informativo Telenoche de canal 4, el miércoles 22, el presidente hizo una reflexión “filosófica” como respuesta a una pregunta sobre la disconformidad del líder de Cabildo Abierto, el general retirado y senador Guido Manini Ríos, quien achaca de “tibieza” al Poder Ejecutivo en áreas como la seguridad pública y la educación.

Lacalle Pou dijo que no profesa ideas radicales, tanto por convicciones personales como por su compromiso ante los electores y, fundamentalmente, por su calidad de primer mandatario. En una democracia legítima, la condición de jefe de Estado y/o de gobierno tiene siempre un carácter de representación por un tiempo constitucionalmente determinado. 

Su calidad de primer mandatario le exige actuar con “prudencia”, tener “paciencia” y ser juicioso para no caer en “los extremos”, señaló.

Y utilizó una analogía futbolera para explicar su actitud como gobernante: en el Estadio Centenario sigue el partido de fútbol desde la Tribuna Olímpica, donde en general no se ubican los hinchas más fanáticos o los miembros de las barras bravas que alientan a sus equipos con cánticos insultantes y violentos contra los simpatizantes del equipo adversario.

“Yo soy la Olímpica, en el buen sentido de la palabra, allí donde se junta el centro de la opinión pública”, afirmó.

El punto de vista de Lacalle Pou es muy sano para la conversación política y un antídoto muy necesario para moverse en la sociedad humana de la posverdad, un virus que también ha infectado a partidos políticos.

Un primer mandatario con una actitud de barra brava no solo perjudica la convivencia democrática, sino que también puede herir hasta debilitar la institucionalidad. Es un hándicap que está envenenando a líderes políticos de América Latina y de países desarrollados, profundizándose en la era pandémica, y que, por ser una conducta divisiva desde el poder, termina fomentando la polarización.

Ubicarse en el “centro” para gobernar es, además, una decisión inteligente para avanzar en las reformas pendientes, tan imprescindibles como urgentes. Y susceptibles como la postergada flexibilidad laboral, con el objetivo de dotar de más competitividad a las empresas para poder jugar en la primera liga del comercio mundial, o los cambios en educación, una reforma hasta ahora imposible por fuerzas corporativas o prejuicios ideológicos extemporáneos.

Lacalle Pou hizo una reflexión “de fondo”, que él mismo calificó de filosófica y lo es desde los pensadores griegos. Aristóteles consideraba que el término medio –cuando uno “ni se pasa ni se queda corto”– representa la virtud del actuar bien.

Los extremos son malos en el ejercicio del gobierno, en la acción de los líderes políticos y sociales, y dañina si se propaga en la esfera pública. El centro siempre es un buen lugar para escudriñar la realidad, hacer el bien y pensar bien la verdad.

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