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El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
16 de septiembre 2023 - 5:01hs

Apuesto a que ninguno de los que leen esta columna sabatina fue cuidacoches ni un día de su vida, ni se paró a ordenarle el parqueo a un vehículo en una avenida transitada a nadie y mucho menos tuvo que pasar una noche a la intemperie, en la calle.

En Montevideo los cuidacoches son parte ineludible del paisaje urbano. Imposible imaginar la vida de la capital sin ellos. Están en todos lados y a veces hasta dos o tres por cuadra. Mayoritariamente son hombres de mediana edad. Algunos tienen chalecos, lo que significa que están registrados en la intendencia de Montevideo. Pero muchos no, simplemente aparecen cuando el vecino se sube a un auto para arrancar. 

Unos son educados y serviciales. Cuando no están se percibe su ausencia. Otros son prepotentes y hasta intimidan con su mirada y presencia. Los peores amenazan y hasta rayan autos y tajean ruedas. En todos los casos —salvo excepciones, que las debe haber— terminaron de cuidacoches porque no encontraron otro medio de subsistencia. 

Son la expresión de un fracaso individual y de una sociedad que no pudo ofrecerles la oportunidad de un trabajo u oficio mejor. Nadie quiere terminar en la calle. Seguramente tenían otros planes y otros sueños para sus vidas, pero allí están, brindando un servicio a primera vista innecesario. 

Es tal su presencia en el paisaje urbano de Montevideo que hasta inspiró una película exitosísima de Netflix: Togo. Es la historia de un cuidacoches uruguayo que se enfrenta a jóvenes e inescrupulosos narcos para defender su pequeño territorio en las calles del barrio Palermo, contra la Rambla, por la zona de la embajada de Estados Unidos.

Fue la primera película para la popular plataforma hecha sobre Uruguay. Dirigida por el director Adrián Caetano (Pizza, Birra y Faso y El Marginal) Togo es el nombre del protagonista, un hombre curtido por la vida, exboxeador, con un pasado complejo que logra rehacerse viviendo bajo un ombú y que sobrevive literalmente cuidando autos mientras trata de recomponer la relación con una hija.

En resumen, más allá de la película de Netflix, los cuidacoches son los sobrevivientes del Uruguay del siglo XXI. Están en la última frontera antes de la marginalidad, el paso previo a volver a la cárcel o la perdición absoluta que representan los zombies pastabasteros que deambulan en los barrios más populosos.

A iniciativa del edil nacionalista Fabián Bravetti la Junta Departamental de Montevideo tiene a estudio una propuesta que busca regularizar su servicio y que por ello reciban un salario fijo que se tomaría de la recaudación del estacionamiento tarifado de la propia comuna. 

La propuesta es impulsada por la Asociación de Cuidacoches del Uruguay (ACU), una organización que nuclea y defiende los derechos de estas personas en situación de calle. El salario sería solo para aquellos registrados y que cumplan con todos los requisitos que pide la comuna. 

Queda por definir de cuánto será el ingreso y cómo se realizará el control de presentismo. La iniciativa indica que si faltan más de cinco días seguidos pierden la calle asignada. 

 “Los recursos a destinarse deben de ser los que la Intendencia recauda por concepto de estacionamiento tarifado ya que no insumiría un nuevo costo para los contribuyentes, sino que se le da un destino a lo recaudado por tarifado que hoy no lo tiene”, explicó Bravetti al noticiero Subrayado. 

“Creemos que nuestro proyecto genera más derechos para los vecinos, más derechos para los cuidacoches y una mejor convivencia porque prohíbe la informalidad, controla la actividad con reglas y sanciones para los cuidadores de vehículos y al abrir la oportunidad de que reciban un incentivo económico, dignifica la tarea que para muchos es un trabajo y abre el camino de poder adquirir derechos como cualquier trabajador", agregó.

"Hace muchos años, muchos años, que estamos pidiendo esto. Recién se empezó a tocar el tema, pero ya es algo, por lo menos se está discutiendo sobre eso. Estoy contenta, estoy conforme, porque llevo 15 años peleando por esto", dijo por su parte Graciela Rodríguez, presidenta de la asociación de cuidacoches.

En cuanto a las polémicas propinas opinó que "el que quiera dar, va a dar siempre. El que no da, no da. Ni ahora que sabe que no tenemos sueldo ni después cuando sepa que tenemos".

En tiempos en que la población carcelaria experimenta un crecimiento constante desde 2006, con un preso por cada 230 uruguayos y a sabiendas de que muchos de esos cuidacoches vienen de una temporada en prisión suena más que razonable apoyar esta iniciativa que se trata en la Junta Departamental de Montevideo.

Más aún, si los cuidacoches son la última cuerda firme de la red antes de caerse del sistema habría que doblar la apuesta, fortalecer esta peculiar asociación, dotarla de fuerza como organización de la sociedad civil y, que sea una puerta de entrada para aquellos liberados que salen de la cárcel con los bolsillos vacíos, hambre, lazos familiares destrozados y tan solo un boleto como ayuda para su reinserción a la sociedad. 

Está probado que la desesperación y la falta de sustento hace que muchos de ellos reincidan en las primeras 24 horas en parte por no tener qué hacer, adónde ir y qué comer. Los crudos datos revelados por el Ministerio del Interior indican que en dos años el 70% de los liberados reincidió y volvió a una cárcel, de hecho, convertida no solo en una puerta giratoria sino en una escuela para el delito, cada vez más sofisticada. 

En tiempos en que tanto la insostenible situación detrás de los muros carcelarios comienza a volverse inevitable en la agenda política y en que la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) puso el tema del combate a la marginalidad arriba de la mesa, al convocar a los tres expresidentes vivos para abordarla desde una perspectiva sistémica, este tipo de iniciativas bien podrían complementarse con aportes privados. 

Así se podría comenzar por ayudar al fortalecimiento institucional de la asociación de cuidacoches, dotarlos de una sede, una gestión profesional y por allí canalizar el primer trabajo posprisión, otorgando a los liberados calles para cuidar con un sustento digno por su labor.

Si es a la calle y sin un peso donde terminan los individuos cuando salen de la cárcel, podría ser la calle la que los sostenga en las primeras semanas para intentar volver a introducirlos en el sistema con derechos pero también obligaciones. 

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