6 de noviembre de 2014 21:09 hs

Barack Obama pidió un veredicto del pueblo estadounidense sobre su presidencia y los votantes se lo dieron: gran revés para un presidente que cada vez se siente más incomprendido en la soledad de la Casa Blanca, en momentos en que le llueven las críticas de propios y ajenos.

En las legislativas del martes, los norteamericanos apoyaron por abrumadora mayoría a los republicanos, que se alzaron con el Senado, aumentaron su mayoría en la Cámara de Representantes y ganaron varias gobernaciones estatales, incluso en viejos bastiones demócratas como Massachusetts y Maryland.
Así, el descalabro demócrata es considerado, por sobre toda las cosas, un fracaso de Obama y sus políticas.

En parte, es cierto, aunque solo en parte. La sostenida recuperación de la economía aún no se hace sentir en el bolsillo de los votantes; y el talante conciliador de Obama –por momentos, vacilante– reafirma la idea entre los estadounidenses de que están ante un presidente débil, algo que no se tolera de buena gana en la primera potencia, sobre todo en lo que atañe a la política exterior.

Más noticias
Pero también es cierto que la participación en las urnas fue muy baja (votó poco más de un tercio del padrón, la más baja desde 1942) y que las minorías y los jóvenes, que elección tras elección han apoyado a Obama en grandes números, esta vez simplemente no acudieron a votar. Aunque del mismo modo podría esgrimirse que así será el tamaño del desencanto con el presidente.

Como sea, fue una gran victoria de los republicanos, que ahora controlan el Legislativo en pleno. Mientras que Obama ha quedado más debilitado que nunca a dos años de finalizar su mandato y con escasos apoyos aun dentro de su propio partido. Sus perspectivas, ciertamente, no se ven muy halagüeñas. Las probabilidades de que pueda sacar adelante su agenda de gobierno podría argumentarse que son ahora más exiguas con el Capitolio en manos de la oposición.

Los últimos cuatro años estuvieron signados por el enfrentamiento y la parálisis impuesta por un Partido Republicano dominado por su ala radical, el Tea Party, que ha sido la gran piedra en el zapato del presidente y que a fines del año pasado llegó al colmo de provocar la clausura de las oficinas del gobierno.

¿Qué va a ocurrir entonces ahora? ¿Se convertirá Washington en el escenario de una gran batalla de vetos, con Obama vetando desde la Casa Blanca las iniciativas que aprueben los republicanos en el Congreso, y con estos, a su vez, echando por tierra las medidas del presidente en el Capitolio? ¿Habrá de padecer Washington una parálisis de dos años?

Seguro es lo primero que viene a la mente, y lo que se lee y escucha en la mayoría de los análisis. Pero podría no ser el caso. Para empezar, porque no lo resistirían, no solo Obama y su gobierno, sino tampoco los propios republicanos. De hecho, desde el cierre de las oficinas del gobierno a fines del año pasado por falta de aprobación del presupuesto, ha habido un punto de quiebre en el ascenso del Tea Party. La opinión pública le pasó factura por el exceso (sus índices de popularidad se desplomaron); y desde entonces ha venido perdiendo fuelle aun dentro del Partido Republicano.

La mayoría de los candidatos republicanos que triunfaron el martes son moderados. Y la vieja guardia parece haber retomado el control del partido. La gran noticia fue que alcanzaron la mayoría en el Senado, y casi todos esos nuevos senadores republicanos no pertenecen al Tea Party. Esta no fue, como en 2010, la victoria del Tea Party. Esta fue la victoria del Partido Republicano. Incluso una máxima que circula por estos días entre los corresponsales, y en la prensa washingtoniana en general, dice que los republicanos ganaron porque pudieron derrotar tanto a los demócratas como al Tea Party.

Nuevas perspectivas

La nueva configuración del Legislativo, y con Mitch McConnell como líder de la mayoría republicana en el Senado, parece barajar y dar de nuevo. Estos republicanos más moderados podrían devolverle a la oposición el talante negociador que había perdido en el bosque intransigente del Tea Party.

Por lo demás, el compartir el poder trae responsabilidades. El hecho de que ahora los republicanos tengan el control completo sobre el Capitolio los obliga a negociar para avanzar en una agenda legislativa medianamente funcional, en lugar de andar simplemente descarrilando iniciativas del Ejecutivo. Y se espera que Obama les tire con toda la batería de medidas por aprobar, a ver qué hacen. Tendrán la pelota en la cancha de ellos. No es dable esperar que vayan a rechazar todo. Aunque obviamente harán valer sus políticas y aprobarán sus proyectos más caros.

Pero por lo mismo, es posible que Washington vuelva al tradicional juego político de toma y daca entre republicanos y demócratas. Y así, los últimos compases del gobierno Obama, en lugar de la parálisis, podrían estar signados por la negociación.

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos