Estilo de vida > Columna - Luis Roux

La vida secreta del peón de ajedrez

Es la pieza más singular de un juego donde abunda la maravilla; es el único que sueña y ese sueño es una amenaza presente en todo el tablero

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10 de noviembre de 2019 a las 05:00

La metamorfosis más emblemática que existe desde que el tiempo es tiempo es la de la del gusano en mariposa y se ha usado como metáfora perenne sobre las posibilidades maravillosas que acechan en las circunstancias más oscuras.
Eso en el plano de la realidad, porque en 1915 el escritor checo Franz Kafka envenenó de horror al concepto, cuando concibió a Gregorio Samsa, que una mañana, después de un sueño intranquilo, despertó convertido en un insecto monstruoso, según consta en la primera oración de su novela La metamorfosis.

Es una transformación instantánea, ocurrida antes de que empezara el relato, de un hombre en una especie a la cual nunca se nombra, pero cuyas características aluden a una cucaracha gigante.

Como es costumbre, la ficción supera a la realidad. Nada se sabe del proceso por el cual Samsa sufre su metamorfosis. Esa sentencia inicial sugiere que una pesadilla horrible se convirtió en realidad y asistimos al resultado trágico y sus consecuencias tremendas se convierten en una de las pesadillas más atroces de la literatura.

Como en la vida misma, no hay espacio en el alma del protagonista ni del lector para preguntarse cómo ni por qué. Hay que lidiar con el peso insoportable de la tragedia o cerrar el libro y tratar de olvidar todo ese dolor, hasta que una fascinación morbosa nos empuje a abrirlo otra vez hasta ese final en el que la gran cucaracha muere y con ella se acaban las preocupaciones.

Hay otras metamorfosis ficticias célebres, como las de hombres en lobos y en bestias variadas pero que no resisten la comparación con el destino de Samsa.

Es en el juego de ajedrez donde aparece la posibilidad de una metamorfosis milagrosa: el peón, la pieza más modesta del juego, puede convertirse en la pieza más poderosa del universo, la dama, si logra atravesar el tablero. En realidad, las reglas establecen que puede convertirse en torre, caballo, alfil o dama, según lo decida el jugador que lo mueve.

Es un caso opuesto a Samsa. La metamorfosis es una posibilidad latente. Los jugadores saben que el peón esconde una ambición desmedida. En la mayoría de las partidas esa transformación no se produce pero es su amenaza la que decide el final.

Yo juego muy a menudo a través de la web y me gusta pensar el destino de las piezas. Tengo un estilo salvaje por el cual sacrifico con mucha frecuencia mis piezas en aras de conseguir acorralar al rey rival, que es el objetivo del juego, pero les asigno un gran honor a quienes derraman su sangre para alcanzar la gloria.

En cuanto a los peones, todos los míos sueñan con convertirse en dama o incluso en caballo para dar un jaque mate espectacular. He llegado a conjeturar en varias páginas el monólogo interior de un peón que pudo haber sido trabado o capturado pero que vivió siempre en la primera línea de fuego y fue avanzando con firmeza hasta cumplir su sueño de gloria.

Sucede en buena parte de las partidas que en el final solo hay peones y la metamorfosis es la obsesión de ambos jugadores: que la logre algún peón de los suyos y que no lleguen los peones rivales.

Como metáfora es cruel. A diferencia de la mariposa, que obtiene su libertad y vuela tan solo para agregar una gota de belleza al paisaje, cuando el peón obtiene la transformación anhelada, ejerce el poder adquirido sin remordimientos y su sed de sangre no se atenúa hasta doblegar al rey enemigo o morir en el intento.

Una infinidad de peones viven y mueren en el olvido para que alguno, cada tanto, se cubra de gloria. No sé los demás, pero los míos no olvidan lo que alguna vez fueron y el camino arduo que debieron recorrer para reencarnarse en el poder. Les dedico esta columna a todos los peones de todos los tableros del espacio y del tiempo. 
 

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