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Llanto por la muerte de Yenny-del-Rhin

Quiero creer que el nuestro es y seguirá siendo un país en el que se abren librerías con y sin café, con y sin mar

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15 de enero de 2019 a las 05:00

Quiero aprovechar la deliciosa rendijita que Jaime abrió al proponerme escribir para este Delicatessen.uy, rendez-vous de lectores, escritores, editores, periodistas, cocineros, poetas y otros glotones de la vida y de sus chocolates, para compartir una experiencia traumatizante. No se asusten, me gusta exagerar.
El Uruguay es, sin lugar a dudas, un país de libros. Este blog lo prueba. Con una cobertura digital gracias a la cual hasta yo, con mi ya más que conocida distracción cibernética, vivo “navegando” y descubriendo los placeres y las ventajas de vivir colgada a la red más inconmensurable jamás tejida, el nuestro es un país en el que se escribe antes de aprender a hablar, se edita como se respira, se organizan simposios de escritores como en otros (o en éste) partidos de futbol, se proponen “Cocinas literarias”, se abren librerías (en Francia se cierran), se husmean ejemplares de todas las edades e idiomas y, me gusta creer, se lee y mucho. Soy una optimista indomable.
 
Un país en el que en lugar de un “Salon” del libro, con acento francés y sin tilde – sofisticado y reciente evento con espacios VIP y azafatas de taco-aguja, caro y con entrada paga – hay una “Feria del Libro” desde hace más de cuarenta años (41 para ser exacta, lo sé porque fue “mi” feria) a la que todo el mundo puede ir sin pagar entrada y comprar libros más baratos o menos caros que en librería, es un país en el que el libro es objeto de veneración, de admiración y respeto - aunque no se lea - y sobre el que sobrevuela una especie de encantamiento milagroso. Justamente, y como digo antes, fue allí donde fui en este viaje, con el mío (les ahorro la conmoción, la profunda emoción y la humildad que sentí cuando tuve el primer ejemplar entre mis manos). Decir que fui flotando en una nube, no sería exagerar como no lo seria tampoco decir que en un momento me caí.
 
Desde el día de mi primer retorno en trece años al Uruguay en 1990 y con hija bajo el brazo, mi aterrizaje no tiene lugar en el aeropuerto. Ocurre tomando un cortado en un lugar elegido por reunir varias condiciones, entre ellas ser bastante agitado para poder escribir, tener un servicio simpático y estar frente al mar. Se convierte así en mi “cuartel general” a lo largo de mi estadía. El primero fue la Conaprole. Ni les cuento el susto que me di cuando aterricé cual gaviota marerada – pobre incauta -, sobre un concesionario. Mi jet-lag se cuadriplicó. Fue entonces que los encantos del Valerio fueron lo suficientemente fuertes como para hacerme olvidar el mar por un tiempo. Confieso algunas traiciones con el Bar Expreso. Pero el descubrimiento de Jenny-del-Rhin en plena rambla Pocitos fue un evento inolvidable: cortado con libros y horizonte. Libros con café, libros con amigos e hijos, libros con primos y tíos, libros con masitas, libros conmigo misma, café y cuadernos, libros con libros y todo ello ante la inmensidad del mar. Sí, sí, he dicho “mar”. Si alguien quería encontrarse conmigo, no tenía más que pasar por este lugar que ahora recuerdo con un nudo en la garganta.
 
Fue por eso que me caí de la nube momentáneamente – volví a treparme más tarde, tenía razones para ello. Yenny-del-Rhin estaba abierto pero había un cartel que no quise ver y entré. Ante mi horror, no quedaba ni un solo libro y las deliciosas y repletas estanterías se habían volatilizado. En su lugar había polvo, una mampara de madera compensada separándome de mi mileavo paraíso perdido (tango varios, porque siempre intento remplazar lo que pierdo por algo mejor) y algunos clientes tristes, tomando el té. Pasé mi estadía buscando un sustituto de tantos momentos mágicos y por el momento no lo he encontrado. Pero hay una lucecita roja que no quiere apagarse: una librería cerrada no es solamente una muerte no anunciada y dolorosa. Es un signo inquietante. Quiero creer que el nuestro es y seguirá siendo un país en el que se abren librerías con y sin café, con y sin mar. Es lo que digo aquí, en este Paris en el que vivo y en el que la gente va a la FNAC (supermercado de libros, discos y otros artilugios) o peor aún, a Amazon y en el que las librerías se cierran. Lo digo inflándome de orgullo como un pavo real – las pavas se toman todo con más sabiduría. En mi país se abren librerías, librerías con sándwiches, librerías para charlar, con mar, sin mar, en una esquina, en un rincón, en un garaje -, digo disfrutando de la expresión de incredulidad de mi interlocutor-a, pequeña revancha de extranjera lectora, de parisina uruguaya.
 
Anna Larreta (Brasil, 1960) Actriz, dramaturga, gestora cultural. Aunque nació circunstancialmente en Brasil es uruguaya, montevideana. Acompañó a su familia en el exilio. Vivió en Buenos Aires, España, entre otros países. Actualmente reside en París donde dirige un grupo de teatro. Acaba de escribir el libro Charlas con Taco. Entre bambalinas, un homenaje y testimonio de su vínculo con su tío, el dramaturgo, actor y director, Antonio Larreta.
 
*Esta nota fue originalmente publicada en Blog Delicatessen
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