21 de enero de 2017 5:00 hs

Después de la crucifixión que marcó para siempre la carne y el espíritu de millones de humanos, la temprana cristiandad se escondió como pudo de sus tempranos perseguidores y, contra todo pronóstico, no solo sobrevivió a sus estigmas sino que creó instituciones que la encumbraron en lo más alto del poder religioso y político. Mucho más allá de Roma, los cristianos fueron ganando adeptos en el nombre de Jesús y, tiempo después, comulgaron con esa Iglesia católica que, a veces impiadosa y otras con una innegable caridad, impuso o repartió su doctrina en todo Occidente.

Historias de amores, sacrificios y muertes jalonaron la marcha del catolicismo durante 2.000 años hasta que un día, cercado por otros credos y otras necesidades, su influencia empezó a menguar.
En Uruguay ese límite tuvo, entre otros, el nombre, de José Batlle y Ordóñez, el estadista que matrizó la cultura y las costumbres del uruguayo tipo, repartiendo libertades y oportunidades, separando a la Iglesia del Estado y llamándole Día de la Familia a la Navidad para que no quedaran dudas de sus intenciones.
Después el siglo XX fue avanzando y su final encontró al catolicismo arrinconado por la modernidad, por el desprecio ajeno y por los errores propios.

La historia más reciente muestra la llegada al papado del carismático Francisco, quien abrió las puertas de la Iglesia para muchos de aquellos a quienes antes les estaban vedadas. Y, en Uruguay, apareció el arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, cuya capacidad de comunicación es, por mucho, superior a la de sus antecesores.

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Sturla, al igual que Francisco, anda convocando a los cristianos a no olvidarse de que esos pobres, de los que será el Reino de los Cielos, antes deben tener una vida digna en la tierra.
En esa andadura, en los días previos a la pasada Navidad, a muchos católicos uruguayos se les ocurrió colgar en sus casas unas balconeras que llamaban a recordar el nacimiento de Jesús antes que dedicarse al consumismo minucioso. Hasta en la casa del presidente Tabaré Vázquez le aguantaron los trapos a la Sagrada Familia. Entonces, legiones de librepensadores se indignaron ante tal exhibición pública de cristianismo y convocaron a una defensa cerrada de la laicidad. La polémica quedó servida con la Iglesia como principal protagonista.

La historia, que a veces es circular, nos muestra a los cristianos uruguayos muy lejos de los años en los que el poder les era propicio, y mucho más cerca de aquellos inicios en los que, tras la crucifixión, tuvieron que esconderse de sus tempranos perseguidores.

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