9 de diciembre de 2011 19:25 hs

Si un turista desprevenido hubiera decidido pasear por la Plaza de Armas de Santiago de Chile el 10 de diciembre de 2006, habría presenciado un espectáculo digno de un festejo futbolístico. Cientos de personas bailando y saltando al ritmo de los tambores, mujeres llorando de felicidad, banderas, pancartas y hasta botellas de champagne. Sin embargo, al mismo tiempo y en la misma ciudad, un grupo de personas lloraba desconsolado entonando el himno nacional.

Imágenes como estas son las que pueden verse en el documental La muerte de Pinochet (Chile, 2011), de Bettina Perut e Iván Osnovikofles. El filme se presenta este domingo a las 18 horas en la Sala Pocitos de la Cinemateca, en el marco del Bafici Itinerante, ciclo que culmina el miércoles.

El filme se centra en el testimonio de cuatro personajes. Un militar pinochetista; una florista incondicional al dictador; un ex soldado socialista que vio el cadáver de Allende poco después de que este se pegara un tiro con la kalashnikov que le regaló Fidel Castro; y un cuidacoches alcohólico, a quien aquella fecha histórica lo encuentra incapaz de enterarse de nada.

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La dupla de directores –quienes trabajaron sobre el Golpe de Estado de 1973 en el documental experimental de 2004 El Astuto Mono Pinochet Contra La Moneda de los Cerdos– logra un interesante testimonio de 70 minutos sobre la fragmentación de la sociedad chilena, pese a la molesta obsesión con los primerísimos primeros planos y el ensañamiento con los dientes de los entrevistados.

A riesgo de esperar otra cosa, el filme se centra exclusivamente en las vicisitudes de aquellos días –desde las horas previas a la muerte del dictador hasta sus pompas fúnebres– y deja fuera los procesos judiciales previos, y la reacción de la entonces presidente en funciones, Michelle Bachelet, –cuyo padre murió presuntamente por las torturas recibidas mientras estaba preso durante la dictadura–, quien denegó un funeral de Estado para el ex jerarca.

Dudosa muerte de Neruda

Pocos días después del Golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973, fallecía Pablo Neruda, reconocido militante comunista. Según el acta de defunción, el poeta de 69 años murió por un cáncer de próstata en una clínica de la capital chilena el 23 de ese mes. Pero de acuerdo a informaciones vertidas esta semana por el diario español El País, es posible que el Nobel de Literatura haya sido asesinado por allegados a Pinochet durante su estancia en el sanatorio.

Eso es al menos lo que indica Manuel del Carmen Araya Osorio, un taxista de 65 años, que fue chofer personal de Neruda. Según señala, el poeta pensaba exiliarse en México y pedir ayuda para derrocar al dictador, pero antes de que se marchara, aprovechando su ingreso a una clínica, le habrían colocado una inyección letal en el estómago.

Araya Osorio sostiene, además, que cuando salió a comprar un fármaco, a pedido de uno de los médicos, fue secuestrado y llevado a un centro de detención y tortura de la dictadura, del que salió al mes siguiente pesando 33 kilos.

Otra muerte controvertida fue la del ex presidente Eduardo Frei Montalvo, de quien la justicia chilena determinó en 2009 que había muerto envenenado por los servicios de seguridad de la dictadura en la clínica a la que había asistido para realizarse una cirugía gástrica. Bajo sospecha de asesinato también fue exhumado el cuerpo de Salvador Allende, aunque finalmente se determinó que el depuesto presidente se suicidó.

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