17 de agosto de 2015 5:00 hs

Los tres marines que en los primeros días de enero de 1961 arriaron la bandera de Estados Unidos en el predio de su embajada en La Habana (después de que el gobierno de John F. Kennedy rompiera relaciones con el de Fidel Castro), volvieron el viernes a la capital cubana como parte de la comitiva que acompañó al secretario de Estado, John Kerry, en la histórica reapertura de la legación norteamericana en la isla.

"Once a Marine, Always a Marine", reza el lema de los infantes de marina, o "una vez en la vida marine, toda la vida marine". Y así pues, estos tres militares –setentones ya, retirados ya, pero marines al fin– le entregaron una nueva bandera a los jóvenes marines que la volvieron a izar en La Habana después de 54 años.

Los símbolos son cosa muy cuidada y planificada en todos los rituales políticos y culturales de Estados Unidos. Suelen marcar los hechos históricos y perviven en la memoria de la gente, como fue el caso del viernes en La Habana.

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Pero cuando no hay otras ceremonias que los acompañen más que la sanción de una o varias leyes, lo que quedan son las anécdotas. Tal es el caso del embargo comercial a Cuba, poco más de un año después de aquella histórica bajada de la bandera de Estados Unidos en la embajada. Se sabe que horas antes de firmar el embargo el 7 de febrero de 1962, el presidente John Kennedy le pidió a su secretario de prensa, Pierre Salinger, que le consiguiera mil habanos cubanos, y que recién firmó el decreto que prohibía todas las importaciones de la isla a la mañana siguiente, inmediatamente después de que Salinger le asegurara que ya tenía los cigarros en su poder.

Hoy todo parece indicar que se empieza a desandar aquel camino, y que el levantamiento del embargo sería solo cuestión de tiempo. La opinión pública estadounidense ha madurado el tema. La enorme mayoría está por el fin del "bloqueo", incluso las nuevas generaciones de cubanoamericanos. Así lo han venido midiendo las encuestas por 15 largos años. Y las razones de esa convicción hoy tan mayoritaria confluyen en una simple premisa: lo que no funcionó en medio siglo no funciona más. Si en más de 50 años el embargo no hizo nada (y tal vez contribuyó a empeorar las cosas) por la democratización de Cuba, difícilmente vaya a hacerlo ahora.

Casi nadie en Estados Unidos parece estar de acuerdo con apoyar al régimen de los hermanos Castro, y la mayoría quisiera ver el advenimiento de las libertades en Cuba. Pero entienden que para ello lo mejor es precisamente levantar el embargo, no sostenerlo.

Desde luego que las intenciones de Raúl Castro son otras. Su idea es consolidar el capitalismo de Estado –el cual primero intentó llevar adelante a la usanza china y ahora, dice, según el modelo de Singapur–, que hasta ahora no le ha funcionado; y depende de una Venezuela cada vez más volátil, entrampada entre la mala gestión, la inestabilidad interna y el desprestigio internacional. El restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos y, más aún, el fin del embargo serán sin duda un oxígeno vital para el régimen.

Pero el propio Raúl ha dicho que no permanecerá en el poder después de 2017. Y como él, el resto de la octogenaria nomenclatura cubana va de salida. Lo que es seguro es que se viene un recambio generacional en el poder. Hasta dónde eso implicará una democratización o un endurecimiento del régimen, solo el tiempo lo dirá. Pero a primera vista, parece al menos difícil que, sin el embargo en vigor, los nuevos líderes cubanos puedan mantener por mucho tiempo el statu quo una vez que ya no estén los líderes históricos de la revolución.

Es cierto también que al menos en esta primera etapa del restablecimiento de las relaciones se ha dejado mucho de lado a la disidencia interna cubana, que se ha negociado de espaldas a ella, como dicen muchos críticos, y que no se ha tocado el asunto de los derechos humanos en la isla ni con el pétalo de una rosa.

Washington ha entendido que es la única manera de hacerlo en este momento, un tema de realpolitik. Eso no parece estar reñido con que en el futuro se puedan incorporar esas voces al debate, si bien de momento parecería una derrota para ellos y una victoria para el régimen.

Pero la apertura habrá de llegar más tarde o más temprano. Es la lectura que hacen en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado, y la que hace, como va dicho, la mayoría de los norteamericanos.

Así las cosas, solo restaría convencer al ala más dura de los republicanos en el Capitolio para levantar el embargo. De momento no se avizora que Obama vaya a mandar el proyecto al Congreso. Su intención parece ser dejarle esa tarea a su sucesor, que si fuera Hillary Clinton, es de esperar que lo haga en el primer año de mandato. Y ahí los republicanos, que ya hoy están divididos en torno al tema, tendrían serios problemas para rechazar la medida.

Si en cambio fuera Jeb Bush el próximo inquilino de la mansión de la avenida Pensilvania al 1600, o cualquier otro republicano, ya sería otro partido y cualquier cosa puede pasar. Pero de momento todo parece encaminarse hacia la normalización de las relaciones comerciales en el mediano plazo, y a que en lo sucesivo ningún presidente de Estados Unidos se vea obligado a hacer stock de habanos cubanos.

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