El 2020 unió sus destinos de un modo misterioso. El 1° de marzo se los vio del brazo, recorriendo la Plaza Independencia, en uno de los gestos republicanos más simples y emocionantes de la política uruguaya reciente. Luis Lacalle Pou, durante todo el año, debió liderar la respuesta del gobierno nacional a una emergencia global, inesperada y multidimensional, potencialmente letal. Tabaré Vázquez, hace muy poco, enfrentó otro desafío, personalísimo, inexorable, final. De alguna manera, 2020 se resume en ellos dos, el expresidente fallecido, símbolo del despegue electoral del Frente Amplio y de su permanencia en el poder, y el nuevo presidente en funciones, el que encarna la esperanza, y para muchos la revancha, de la otra mitad del Uruguay.
La distancia generacional, vital y barrial entre ambos no deja ver todo lo que tienen en común. Pertenecen, desde luego, a generaciones políticas muy distintas. Vázquez nació en La Teja, barrio obrero, creció en el Uruguay campeón del mundo, y se las ingenió para estudiar medicina en tiempos de violencia y decadencia. Lacalle Pou nació en Pocitos, barrio de clase media con flecha para arriba, creció en plena dictadura, y vivió a pleno su juventud en la democracia renacida. Es difícil imaginar vidas más diferentes. Vázquez es la escuela pública y el techo de chapa, un hijo muy especial de la multitud, y del tradicionalmente generoso “Uruguay batllista”. Lacalle Pou es el polo opuesto. Es el British School y la Residencia Presidencial de Suárez y Reyes habitada en reiteración real, el fruto reciente, persistente y triunfal del viejo patriciado, cuyos mejores hijos se han consagrado durante doscientos años, generación tras generación, al servicio público.
El contraste ideológico entre ambos es igualmente obvio. Vázquez es la idea socialista y la emoción frenteamplista. Vázquez es la profunda vocación antiimperialista y latinoamericanista que caracterizó a la izquierda nacional. Es la confianza en el Estado y la no menos empecinada sospecha hacia las soluciones de mercado. Vázquez es la obsesión por la igualdad, y la tardía y progresiva seducción de la libertad. Lacalle Pou es un extracto de la tradición nacionalista. Es la brisa suave de la rambla y el aire libre del campo. Es la secular rebeldía de los blancos contra el poder que se pretende hegemónico. Es, antes que nada, la vocación por la libertad. La libertad personal, la libertad en lo político, la libertad como columna vertebral del crecimiento económico.
Es menos evidente, acaso, que los dos contribuyeron de modo decisivo a resignificar sus respectivas tradiciones. Tabaré Vázquez encarnó la identidad frenteamplista. Pero, para usar sus propias palabras, la “actualizó” en términos ideológicos. En el camino hacia el poder –que el FA recorrió, entre otros, de la mano de Vázquez–, la izquierda uruguaya se moderó y se modernizó. El control de la inflación y la protección de la inversión extranjera, para poner solamente dos ejemplos, dejaron de ser caprichos del neoliberalismo y se convirtieron en piedras angulares de la política económica frenteamplista. La mutación experimentada por la izquierda tiene muchas explicaciones. Una, desde luego, el cálculo electoral (la persecución del codiciado elector centrista). Pero no se puede dar cuenta de este viraje sin la experiencia de gobierno realizada por el propio Vázquez en la Intendencia de Montevideo, y sin la pedagogía de la obra de gobierno de colorados y blancos en el plano nacional, entre 1985 y 2004.
Vázquez, desde principios de la década de 1980 a fines de la década de 1990, fue cambiando. Con él, también fue mutando el FA. Otro tanto podría decirse de Lacalle Pou en relación a la tradición herrerista de la que proviene. En él se mantiene, a tope, la inspiración liberal ya mencionada. Es bien visible, en sus dichos y hechos, la divisa blanca. Pero no es lo mismo el liberalismo de Lacalle Pou que el de su padre, o que el de su bisabuelo, Luis Alberto de Herrera. Entre el herrerismo de 1990 y el moderado “aire fresco” de Lacalle Pou pasó mucha agua bajo los puentes. En particular, hubo 15 años de Era Progresista, años que abrieron polémicas y dejaron surcos. La nueva élite dirigente, simbolizada mejor que nadie por el presidente, respira un mundo conceptual distinto, hereda nuevas políticas públicas, gobierna nuevas instituciones.
Vázquez maduró como político en el Uruguay “neoliberal”. Lacalle Pou lo hizo durante el apogeo del “progresismo”. Ambos, para ganar, buscaron seducir al electorado de centro. Pero ninguno de los dos puede ser abstraído del clima de época que le precedió. Tesis, antítesis, síntesis, dirían rápidamente los hegelianos. Prefiero decirlo con José Enrique Rodó. En Rumbos nuevos, discutiendo la dialéctica de idealismo y positivismo, escribió: “Ninguna enérgica dirección del pensamiento pasa sin dilatarse de algún modo dentro de aquella que sustituye”. El progresismo de Vázquez circuló a través del enérgico liberalismo económico de los noventa. El liberalismo de Lacalle Pou atravesó el no menos poderoso clima ideológico de la Era Progresista. Compitieron entre sí. Aprendieron uno del otro.
La mejor foto de la política uruguaya del 2020 es la del presidente saliente y el entrante del brazo, apoyándose mutuamente. Pero la magia de la buena voluntad duró algunos pocos pasos. En esto también se parecen: muy pronto cada uno regresó a su trinchera, para satisfacción de sus compañeros y correligionarios, muchos de los cuales siguen habitando mundos maniqueos y festejando portazos.