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Más libres y buscando derribar mitos: así es la nueva generación de sexólogos

En tiempos de mayor aceptación y tolerancia con la diversidad los educadores sexuales más jóvenes estudian y salen a barrer con las estructuras  

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04 de mayo de 2019 a las 05:00

Ese día con mis compañeros de clase estábamos particularmente nerviosos. La maestra nos venía preparando para esa clase desde hacía ya un buen tiempo. Incluso, en la semana anterior, había mandado un comunicado a todas las casas con un talón que había que llevar firmado por nuestros padres que marcaba el visto bueno para lo que estábamos a punto de hacer. 

Corría el 2005, yo estaba en quinto de escuela en un colegio católico y conservador e íbamos a tener nuestro primer taller de sexualidad. Hacía seis años que iba, de lunes a viernes, a esa misma escuela y nunca antes nos habían mencionado nada respecto al sexo, más allá de alguna inquietud puntual o algún chiste infantil que hacíamos con mis compañeros y que algún adulto censuraba en seguida, como si estuviéramos invocando al diablo.

El encuentro de aquella mañana lo lideró una psicóloga que trabajaba en el colegio. Era rubia, bajita y tenía la voz muy fina. Me acuerdo de que movieron a toda la clase a otro salón adentro del edificio, uno que no conocíamos. Tenía una estufa de leña enorme en el centro y las paredes tapizadas de libros viejos con olor a humedad. Fue como entrar a una dimensión desconocida para hablar de un tema del que, en realidad, no sabíamos nada.

No sé cuánto duró el taller, pero sí que hubo una suerte de introducción a algunos conceptos básicos sobre el coito, los vínculos y las prácticas sexuales. Después nos pidieron que escribiéramos una pregunta en un pedazo de papel que dejamos adentro de una gorra y que luego la psicóloga fue contestando, como si aquello fuera un programa de televisión de Alessandra Rampolla. Siempre, por supuesto, en un contexto apretadísimo donde solo se mencionaban relaciones y formas heterosexuales. El concepto de “diversidad” creo que no llegué a conocerlo hasta entrada la adolescencia. Y seguro no lo entendí hasta mucho tiempo después de aquel taller donde lo único importante eran las etapas en las que tenía que empezar a aparecer el vello púbico o la menstruación.

Así la caja de Pandora se abrió, dejó salir algo de toda esa criatura mitológica que era la sexualidad a los 11 años y, antes de cerrarse, nos dejó más preguntas que respuestas.

Al año siguiente todo eso cambió, al menos para la educación pública, cuando se incorporó a la currícula el Programa de Educación Sexual en todos los niveles de enseñanza. De esta manera los educadores sexuales comenzaron a hacerse cada vez más comunes.

Esto dio paso a una nueva generación de profesionales de la sexualidad. Jóvenes que descubrieron en la sexología y todas sus ramas una vocación.

El sentido del sexo

Cuando Lizet Tabeira tenía más o menos 17 años y estaba por terminar el liceo, no tenía ganas de estudiar “nada del otro mundo”. O al menos ese fue el nombre que le encontró a la típica desorientación vocacional antes de elegir una carrera.

Entonces apareció la figura del sexólogo uruguayo Gastón Boero en la televisión con un programa que estiró algunos márgenes de la sexualidad uruguaya. “Lo empecé a mirar y me encantó”, dice Tabeira ahora con 30 años y los papeles de egreso de los cursos de sexología en la Sociedad Uruguaya de Sexólogos (SUS) bajo el brazo.

“De repente me encontraba con que me superinteresaban las consultas que hacía la gente y cómo él las contestaba”, agrega. Fue con ese programa que Tabeira se puso la meta de ser sexóloga.

Hay diferencias claras entre lo qué es ser un educador sexual y un sexólogo clínico. Si bien su campo de trabajo es el mismo, tienen carriles de formación separados. Para ser educador alcanza con hacer alguno de los cursos que hay por vuelta –uno lo tiene la SUS y otro se estudia en al instituto Sexur, que se gestó dentro de la Sociedad y desde 2013 opera por separado–; mientras que para hacer clínico los estudiantes deben primero terminar las carreras de psicología o medicina y luego hacer los cursos específicos en una casa de estudios privada. 

Tabeira, entonces, se puso a estudiar psicología y cuando estuvo avanzada en la carrera comenzó con los cursos, que son dos años de trabajo teórico y uno práctico.

Dice que en su casa nadie se sorprendió cuando dijo que quería ser una profesional de la sexualidad. Su madre nunca le “metió tabúes al respecto” y siempre que ella tenía una pregunta encontraba una respuesta. Sus amigos también le dieron para adelante, aunque la joven aclara que su profesión suele despertar el morbo. “Piensan que como estudiás esto, no sé, tenés relaciones con tus compañeros de clase para probar, o ves porno y todas esas cosas”. 

“Piensan que como estudiás esto, no sé, tenés relaciones con tus compañeros de clase para probar, o ves porno y todas esas cosas.” 

Boero también fue referencia para que Emanuel Hernández decidiera hacer del sexo una carrera profesional. El joven tiene 26 años, estudia psicología en la Udelar y está cursando materias de educación sexual en Sexur. Cuando era adolescente su madre le regaló El sentido del sexo, un libro que se publicó luego de la emisión del programa en Canal 10, y ese fue el combustible para poner en marcha una mente que ya se orientaba en esa dirección.

Hernández explica que quiso dedicarse a esto porque le “llamaba la atención la amplitud del término sexualidad, que tiene que ver con las relaciones humanas”. Y agrega: “Yo tuve la posibilidad de acceder muy fácilmente a la información y la educación, pero había gente en mi entorno que no. Había que quebrar con eso”.

“Yo tuve la posibilidad de acceder muy fácilmente a la información y la educación, pero había gente en mi entorno que no. Había que quebrar con eso.”

Mariana Sanabia sabía que quería ser educadora sexual, pero no tenía claro para dónde arrancar. Así fue que empezó a estudiar profesorado de biología. “Me dio una base importante, pero después entendí que la educación sexual empieza con la biología pero no lo es todo, es un disciplina integradora”. Y agrega: “Como docente, si tenés un poquito de honestidad profesional, te vas a dar cuenta de que te falta otro tipo de formación que tiene una base en ciencias sociales, la antropología y la psicología”. Así terminó haciendo los cursos en Sexur. 

Cuenta que de parte de su familia no tuvo muchas críticas por su elección vocacional porque “la vieron venir”, aunque cuenta que sus amigos “sí se rieron mucho porque piensan que en las clases prácticas te vas a tocar y esas bobadas”.

Un perfil diverso

Quien dirige el instituto Sexur es Mirta Ascué, especialista en educación sexual. Cuenta que cada vez más jóvenes se interesan por aprender y formarse en estos temas. Este año hay seis grupos cursando materias en la academia: cinco en Montevideo y uno en Salto.

El perfil de los estudiantes en las instituciones que forman en sexología es muy variado, aseguran los entrevistados. Hay hombres, mujeres –la mayoría–, trans y no binarios, o sea personas que no se identifican con ningún género. Por lo general tienen entre 25 y 35 años. 

Suelen ser estudiantes de magisterio, psicología, medicina, enfermería y hasta parteras. Ascué dice que esto es un síntoma de que faltan instancias de formación en todas estas carreras. Lo explica así: “La sexualidad humana sigue ocupando un lugar muy oscuro en el campo académico. Es un tema que no se aborda. Es por donde pasa la vida afectiva de la gente, pero la que menos se estudia”.

“A los jóvenes y a las nuevas generaciones de estudiantes les preocupa muchísimo el tema de la diversidad”, dice y explica que el foco de la formación hoy está puesto en esas inquietudes. La idea desde los institutos es transmitir el mensaje de que las personas pueden ser protagonistas de su vida sexual y no ser acatadoras de órdenes o normativas. “Lo importante es que hoy los educadores no den recetas sobre cómo se debe vivir la vida, sino poder generar una revisión y aportar una mirada que no sea heterocentrada, coitocentrada o falocentrada, los centrismos más tradicionales de la sexualidad”, agrega Ascué.

“Hay quienes nunca tuvieron un lugar en la educación sexual tradicional.” 

La docente hace hincapié en que hacer educación sexual hoy implica no dejar a ninguna persona afuera. “Hay quienes nunca tuvieron un lugar en la educación sexual tradicional. Salvo para ser mencionados como ‘la diversidad’, como si fuéramos nosotros ‘los normales’ y ellos todo lo demás. No, la diversidad es humana y hoy quienes den educación sexual tienen que tener claro que la humanidad ya es diversa en sí misma y que no hay una sexualidad sana y otra enferma, eso es una construcción”.

“La diversidad es humana y hoy quienes den educación sexual tienen que tener claro que la humanidad ya es diversa en sí misma y que no hay una sexualidad sana y otra enferma, eso es una construcción.” 

De esta forma los estudiantes saben que no se formarán para contarles a otros cómo conocer su cuerpo, o cómo funciona y de qué forma hay que ponerse el preservativo –lo cual todos coinciden que es muy importante– sino que también ayudarán a otros a transitar su género y su identidad, sea cual sea, y conocer sus derechos. “Sexualidad no son solamente las prácticas sexo-genitales con fines reproductivos; es todo lo que tiene que ver con los vínculos afectivos y nuestra relación con el placer”, consigna la especialista.

Para Judith Alaban, sexóloga y presidente de la SUS –que este año tiene cursos en Montevideo, Paysandú y Salto–, lo que distingue a las nuevas generaciones de sexólogos y educadores es que se animan a preguntar más que los adultos. “Los jóvenes hoy viven las cosas naturalmente”, dice y cuenta que a los nuevos profesionales hay que formarlos mucho en el trato con las familias. “A veces con tanto cambio cultural a las familias les cuesta acompañar. En los consultorios se trabaja bastante con la familia para manejar las expectativas que un padre o una madre pone sobre su hijo”.

También hace énfasis en la formación en temas de violencia de género, un área en la que se trabaja a lo largo de todo el proceso de formación. “La relación sexual es la realidad concentrada de un vínculo, entonces indagando te das cuenta de que la disfunción sexual puede estar relacionada o ser generada por una situación de violencia. El sexo es un termómetro”. 

“La gente se escandaliza con esto, pero hay muchas maneras de hacer educación sexual sin generar terror.” 

Alaban explica que esa idea de que la educación sexual va a “destruir a la familia” hay que erradicarla y sus estudiantes lo saben muy bien. La clave, dice, está en adecuar la información dependiendo de la edad de quienes reciben la educación. “Cuando tenés 5 o 6 años necesitás conocer tu cuerpo, cómo se llama, poder hablar de él. Pero también hacer prevención de abuso. La gente se escandaliza con esto, pero hay muchas maneras de hacer educación sexual sin generar terror”.

La responsabilidad de ser libres

Sobre por qué dedicarse a esto, Sanabia dice que es porque considera la educación sexual “sumamente necesaria para otorgarle más libertad a las personas” así como generar “igualdad de derechos y oportunidades”. Y agrega: “No solo es una cuestión sanitaria, es para que quienes están en un lugar de opresión, se emancipen”. También para “deshacer” la imagen mediática del sexólogo, la de la mujer sexy que tiene las respuestas a todo sin conocer a las personas que consultan. “La idea es que esto sea una disciplina seria”.

Tabeira se dedica a esto, en parte, para “desmitificar un montón de cosas” y “sacar etiquetas”. “Eso de tener que encasillar en hetero, homo, bi, etcétera, hace que si no pertenecés a alguno de estos grupos seas considerado un extraterrestre. Y antes de etiquetar hay que ver lo que cada uno siente, qué te pasa, qué te gusta”.

Todos los estudiantes consultados aseguran que desde que estudian sexología viven su sexualidad de una manera diferente. “Si atravesás esta formación y tu vida no se ve afectada no entiendo cómo hiciste”, asegura Sanabia. “La idea es justamente trabajarse primero a uno mismo”.

“Si atravesás esta formación y tu vida no se ve afectada no entiendo cómo hiciste.” 

Hernández lo resume así: “Te permite ver los vínculos de otra forma, con uno mismo y con las personas que te rodean”.

Pero Alaban dice que no es tan sencillo para los jóvenes dedicarse a esto porque implica “situaciones contradictorias”. La especialista asegura que ahora se habla más de sexo, pero eso genera cierta presión porque implica también tener que acompasar esos cambios para no quedar por fuera. “Antes no se hablaba del tema y cada uno hacía lo que podía; ahora que se habla, los chicos tienen la presión del grupo”.

Quienes hoy están en camino de convertirse en sexólogos y educadores jugarán un rol importante en el mañana. Porque, en palabras de Alaban, “la libertad no quiere decir encontrar la solución”. 
 

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