17 de abril 2019 - 5:03hs

La campaña electoral en curso tiene algunos aspectos negativos obvios. No es bueno que tantos precandidatos sigan encontrando excusas para no debatir entre ellos. No es bueno que, en otros casos, circulen propuestas ambiciosas sin sus debidos fundamentos técnicos, ni saludable para la democracia que la militancia pase a ser un trabajo remunerado. No es bueno que se multipliquen, en las redes sociales, las verdades a medias y las noticias falsas. Pero hay un aspecto específico que quiero destacar porque me parece sano y hasta estimulante: las propuestas programáticas del partido de gobierno y de la oposición tienen diferencias visibles y no triviales. Y cuando la ciudadanía puede elegir entre ofertas de políticas públicas bien fundamentadas pero esencialmente distintas su poder efectivo crece. 

Empecemos por pasar revista a las plataformas electorales de los precandidatos de los partidos de oposición. Por supuesto, existen matices relevantes entre ellas. Pero si, a ojo, calculamos el promedio, obtenemos un conjunto significativo de ideas comunes. Los líderes de la oposición ponen énfasis en la importancia de recuperar el equilibrio macroeconómico reduciendo el déficit fiscal, apuestan al protagonismo de la empresa privada como motor del crecimiento, subrayan la necesidad de la apertura comercial como instrumento clave del dinamismo económico, y exigen un cambio drástico en políticas cruciales como seguridad y educación. 

Entre ellos hay matices, claro. En parte son retóricos, en parte conceptuales. La propuesta de Luis Lacalle Pou combina un discurso “evolutivo”, supongo que para no ser acusado tan fácilmente de “neoliberal”, con la promesa de cinco “shocks” (de “austeridad”, de “competitividad”, de “seguridad”, shock “social”, y del “conocimiento y la cultura”), supongo que tomando nota del estruendoso fracaso del gradualismo del gobierno de Mauricio Macri y de la demanda de “pierna fuerte” que llega desde una parte del electorado opositor. La de otros precandidatos, desde Julio María Sanguinetti a Edgardo Novick, pasando por Jorge Larrañaga y Pablo Mieres, subraya más todavía la importancia de cambios radicales en la orientación económica o en la política de seguridad (“mano dura”). 

En el partido de gobierno, mientras tanto, el enfoque neodesarrollista de cuño cepalino, que ya era muy visible en la campaña electoral de 2014, ocupa cada vez más espacio. Este “giro a la izquierda” en términos programáticos es coherente con el declive político del binomio Danilo Astori & Tabaré Vázquez. Los candidatos del FA, más allá de diferencias, ponen más énfasis que los de la oposición en la necesidad del cambio en la matriz productiva. Para asegurar un crecimiento económico compatible con altos niveles de igualdad, insisten en acelerar el viraje hacia una economía centrada en la innovación, la ciencia y la tecnología. Todos hablan de “cuidar” las cuentas públicas. Pero ninguno promete reducir el tamaño o el papel del Estado. Todos hablan, además, de recalibrar políticas sociales y de tender a la paridad de género.

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En sus propuestas económicas se advierten matices. La propuesta de Bergara, como podía suponerse dado el papel que le correspondió en la política económica a lo largo de tres mandatos, es la más centrista. Su discurso ya no pone tanto énfasis en la calidad y estabilidad de las “reglas de juego”. El enfoque neoinstitucionalista, ahora, aparece combinado en una proporción distinta con el que prioriza la innovación tecnológica. La de Oscar Andrade, por su lado, es la más explícita en lo relativo a la posibilidad de incrementar la presión fiscal sobre los sectores de mayores ingresos. Entre Mario Bergara y Óscar Andrade, entre Danilo Astori y Constanza Moreira, entre Santiago Soto y Gonzalo Civila, haciendo equilibrio entre visiones que se sacan chispas en el FA, en las bases políticas de su precandidatura, y en el Partido Socialista de sus amores, aparece Daniel Martínez. Intenta conformar a todos. Tiene un ojo en junio y otro en noviembre. Promete un “un nuevo impulso” pero, al mismo tiempo, un “gobierno austero”.

El enfoque de Carolina Cosse merece, para mi gusto, un párrafo aparte. Hacía muchos años que no emergía con tanta claridad un discurso neokeynesiano en nuestro país.  “Como el trabajo es tan importante –dijo en un acto del MPP celebrado el sábado 30 de marzo en Maldonado- yo propongo que el próximo gobierno incorpore una activa política anticíclica”. Y desarrolló este concepto en los términos siguientes: “¿Saben qué es eso? Promover la inversión pública. Para promover la inversión pública ya hemos aprendido elementos y herramientas que tenemos. Tenemos que cuidar el déficit fiscal. Pero tenemos que crecer. Si no crecemos, no vamos a tener aire para manejar el déficit. No podemos achicar, achicar y achicar. Tenemos que hacer algo para crecer, para que haya trabajo. Tenemos herramientas para promover la inversión pública. La inversión pública genera trabajo y genera las condiciones para el Uruguay del futuro”, explicó. Desde mi punto de vista, este argumento es una flecha al corazón de la mayoría del electorado de izquierda, que prefiere el Estado al Mercado, y el protagonismo de la empresa pública al de la privada. 

Vuelvo al principio. Los procesos electorales en los que los partidos se esfuerzan por disimular sus diferencias empobrecen el debate porque la ciudadanía tiene que andar adivinando qué es lo que diferencia una propuesta de la otra. Por suerte en esta campaña no es así: poco a poco se van delineando claramente dos programas bien diferentes. En ambos conviven versiones radicales y moderadas. En cualquier caso, las diferencias son visibles y, por eso mismo, muy bienvenidas para que los electores puedan decidir pensando menos en las sonrisas y los jingles, y más en las propuestas de políticas públicas. 

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