Reflexiones liberales > REFLEXIONES LIBERALES / RICARDO PEIRANO

Mujica, la hormiga y la cigarra

Dijo que la crisis del sector lechero se sobrellevó porque Conaprole en bonanza guardó plata para las épocas de crisis, ¿y el Estado?

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21 de enero de 2018 a las 05:00

El pasado lunes 15 el expresidente José "Pepe" Mujica concedió una entrevista al programa Telebuendía de canal 4. Comenzó hablando sobre los reclamos de los productores agropecuarios y culminó hablando sobre todo lo divino y lo humano, la política y las elecciones, sin dejar de recordar, por si alguien se llamaba a engaño, que cuando los precios internacionales de las materias primas caen "ni Cristo los levanta".

A tempranas horas de la mañana, sentado en un banco en apariencia incómodo de su chacra, el expresidente parecía muy cómodo al explayarse sobre la situación agropecuaria y al señalar que no se puede meter todo en la misma bolsa, que las situaciones son muy diversas, que hay sectores que están bien mientras que otros están complicados y otros, como el lechero, se recuperan de una crisis de precios internacionales muy grande que duró tres años.

Pero el expresidente no dejó de recalcar algo muy importante aunque quizá no le puso todo el énfasis que merecía. Dijo que la crisis del sector lechero se pudo sobrellevar porque la empresa Conaprole, en épocas de bonanza, guardaba plata para las épocas de crisis porque las preveía. Y Mujica alabó ese sentido de prudencia de la empresa láctea. El mismo sentido de prudencia que se enseña en la fábula de La Fontaine sobre la cigarra y la hormiga para dejar como moraleja el valor del trabajo y del ahorro. Esto no lo dijo Mujica pero se desprende del elogio que hizo de la política de Conaprole en su ahorro en épocas de bonanza para sortear las épocas de crisis.

Teniendo tan claro esto Mujica cuando lo ve aplicado a la vida de una empresa, o de un sector agropecuario, cuesta entender por qué no lo ve o no lo aplica como política país. Cuesta entender que durante su gobierno no se aprovechó la bonanza internacional, que sí aprovecharon Conaprole y otras empresas, a fin de prepararse para algo que era inevitable y que era cuestión de tiempo: el fin de la bonanza estaba escrito a ojos de cualquiera que quisiera verlo.

Pero no fue así. No se hizo previsión para la crisis. Al contrario, durante la época de la bonanza internacional no se tomaron resguardos, no se creó un fondo de estabilización, no se redujo el crecimiento del gasto público y se permitió un imprudente aumento del déficit fiscal. O sea, todas las medidas procíclicas habidas y por haber cuando la economía crecía a tasas chinas. Allí nos permitimos además el lujo de darnos fiestas inadmisibles como la aventura de intentar reflotar Pluna o el descuido legal de otorgar un aumento salarial a los ministros sin tener en cuenta el efecto en cascada que tendría sobre todo el Poder Judicial o la increíble pérdida de ANCAP, que aún estamos pagando todos los uruguayos con precios de combustibles y tarifas eléctricas muy por encima de los vigentes en la región y de los que permitirían los costos de producción de ANCAP y de UTE.

Entonces, ¿qué puede hacer uno sino agarrarse la cabeza y pedir que en las materias de primaria se incluya obligatoriamente la enseñanza de la fábula de la cigarra y la hormiga? Porque la otra reacción es decir que La Fontaine se vaya de paseo con sus estúpidas fábulas acerca del trabajo y del ahorro. ¿No será, en el fondo, un amargado que no sabe disfrutar de la vida?

Pero es que el propio Mujica, desde su posición de presidente austero, que le ha valido la admiración de un mundo desarrollado harto de los excesos y de la corrupción de sus gobernantes, también ha criticado por arriba y por abajo el creciente consumismo de las clases medias, que van a los shoppings en masa.
Mujica parece predicar austeridad, ahorro, trabajo en el manejo privado de personas y empresas pero en su gobierno practicó claramente otra cosa: el despilfarro de los dineros públicos, ya sea por crecimiento inapropiado del gasto como por mala gestión de algunos emprendimientos o empresas.

Suena como algo contradictorio y al final uno tiene el derecho a preguntarse qué es mejor: si un presidente personalmente austero con un gobierno dilapidador o un presidente personalmente gastador pero sumamente austero en el manejo de la cosa pública.

Pero, sea como sea, no estaríamos con los actuales problemas de algunos sectores agropecuarios si el gasto público no se hubiera disparado durante la administración Mujica y si Mujica hubiera seguido el ejemplo de Conaprole. Y en ese sentido, si el expresidente quiere reivindicar ahora las ventajas del ahorro y del trabajo, quizá debería realizar un mea culpa por los excesos de su administración que estamos pagando ahora. Al menos, sería una buena lección para quienes, dentro y fuera del país, admiran su figura.
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