Estilo de vida > Historia de familia

Nadie se resiste a un había una vez

La realidad, siempre seria y respetable, pierde la batalla ante los encantos del relato 

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11 de abril de 2020 a las 05:04

Al mejor narrador de anécdotas lo conocí de niño una noche de verano en Costa Azul. Las carcajadas se oían desde la calle. Algunos lloraban de la risa, ayudados por la atmósfera distendida que se crea en las charlas de sobremesa en los balnearios. El veterano estaba inspirado y su confianza crecía a medida que la gente le pedía otros clásicos de su repertorio.

Una historia daba pie a la otra, pero cada tanto su esposa lo interrumpía para hacer algunas puntualizaciones. Que eso no fue así, que estás exagerando, que en realidad esa anécdota ocurrió en Barcelona y no en Madrid. Hasta que en un momento, el narrador no aguantó más y se sinceró: “Yo si les quiero mentir, les miento. Si total, ellos no estaban”, le dijo. Me pareció brillante. A nadie le importaba si la crónica de ese viaje tenía o no elementos de ficción. Lo único que queríamos era pasarla bien. La realidad, siempre seria y respetable, perdía la batalla frente a los encantos del relato. 

Mi padre y mi abuelo fueron buenos narradores. Ellos sí que conocieron el Uruguay. De cada pueblo trajeron una anécdota. Los asados de los domingos parecían guionados. Mi abuelo se sentaba, se servía un vermut y empezaba a narrar vivencias, propias y ajenas. Entraban y salían los personajes de un país que ya no existe. 

Supe por ejemplo que su padre, mi bisabuelo, trabajó de joven en el Frigorífico Anglo. Se había ganado el respeto de los ingleses de Fray Bentos gracias a su facilidad para el idioma. Después del trabajo iban a los bares y esos tipos, que a la mañana eran formales y distantes, le confiaban sus alegrías y sus penas después de la tercera cerveza. 

También gracias a él conozco la historia de la familia de mi abuela. A fines de 1926, poco después de su nacimiento en Yugoslavia, su padre viajó a Montevideo a probar suerte y demoró cuatro años en juntar el dinero para los pasajes de su esposa y sus dos hijos. A bordo de ese barco, mi abuela abandonó una Europa a la que jamás regresó. Una tarde de otoño de 1930, el puerto de Montevideo fue el escenario del reencuentro de la familia yugoslava de la que provengo. Algún día voy a escribir la historia detrás de ese abrazo.

Esas anécdotas que pasan de generación en generación son lo más preciado que tienen las familias. Narrarlas una y otra vez mantiene viva esa memoria colectiva íntima de emociones y risas cómplices. Los detalles quedan por el camino y cada narrador llena los huecos con su imaginación. Lejos de ser algo negativo, el relato se enriquece al tener mil versiones, mal que le pese a puristas y aburridos. 

Cuando estudiaba periodismo en la Universidad Católica escuché a la historiadora Ana Ribeiro explicar por qué los buenos narradores han logrado captar la atención de la gente desde el comienzo de los tiempos: “Nadie se resiste un había una vez”, dijo. Es una fórmula mágica, poderosa, la antesala a una aventura que alguien rescatará del pasado. 

Los niños lo aprenden apenas comienzan a balbucear frases entendibles. Mi sobrino más grande se llama Dante y acaba de cumplir tres años. En tiempos de cuarentena, mientras extraña las tardes de guitarreadas, manualidades y travesuras en la escuelita, ayuda a su madre a entretener al pequeño Tomás, que todavía no tiene un año. De tarde, Dante pasa las hojas de un libro infantil como si supiera leer, mientras su hermano lo mira con los ojos grandes de admiración. Las historias de Dante siempre comienzan igual: “Una ve` una nena, una ve` un guau guau”.  

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