Por Alan Beattie
Por Alan Beattie
Astutos manipuladores como Bolsonaro, el líder de Brasil, y Modi, el de India, pueden evitar quedar atrapados en una restrictiva alianza con Washington o con Beijing
Existe una teoría pesimista que ha estado surgiendo desde hace unos años y que ahora ha cobrado más fuerza con la guerra en Ucrania. Sostiene que la oleada de globalización después de la Guerra Fría que unió a las economías avanzadas y en desarrollo tuvo una buena racha, pero que el conjunto de economías, cada vez más presionado por las rivalidades geopolíticas, se está desintegrando en dos o tres bloques.
Específicamente, el argumento indica que el "splinternet" (un Internet balcanizado) está dividiendo el mundo en línea en esferas digitales que compiten entre sí, en parte gracias a tres modelos incompatibles de manejo de datos: la regulación europea centrada en la privacidad; la ley de la selva impulsada por las corporaciones estadounidenses; y la vigilancia estatal china.
Mientras tanto, continúa el argumento, el riesgo político del conflicto estratégico entre EEUU y China está haciendo que las compañías reubiquen o "friendshore" (ubiquen en países alineados políticamente) sus cadenas de suministro. Los gobiernos, especialmente desde la invasión rusa de Ucrania, se enfrentan a la tarea de elegir bandos económicos y estratégicos: ya sean las economías avanzadas lideradas por EEUU (a veces con la Unión Europea [UE] como un polo de alianza relativamente independiente), o China.
Es una buena historia, pero no existen muchas pruebas que la respalden. No es sólo que a la mayoría de las medidas estándar de la globalización — el movimiento transfronterizo de bienes, servicios, capital, datos y personas — les está yendo bastante bien, sino también que los gobiernos están demostrando que astutas maniobras pueden mantenerlos en más de un campo.
Tomemos como ejemplo la protección de datos y la supuesta fractura del ámbito digital. La UE está convencida de que está estableciendo normas de datos para el mundo, exportando el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) a través del conocido "efecto Bruselas", explícitamente contrastándolo con la laxitud estadounidense. Sin embargo, un país como Japón, bajo el mandato del fallecido Shinzo Abe, al cuidadosamente diseñar salvaguardas contra el uso indebido de la información personal, logró que Bruselas reconociera su régimen de protección de datos como adecuado para la transferencia de datos, al tiempo que se incorporaba con entusiasmo a compromisos inspirados por EEUU para el libre flujo internacional de datos.
Lo mismo ocurre con las cadenas de suministro de bienes. En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro valora el comercio con Europa lo suficiente como para dedicarle un considerable esfuerzo a tratar de formar parte del acuerdo comercial UE-Mercosur, intentando (de forma no muy convincente) reconocer los valores ambientalistas europeos en relación con la Amazonia. Al mismo tiempo, China compra alrededor de tres cuartas partes de las exportaciones de soja brasileña y Bolsonaro está decidido a no ofender a Beijing.
Un ‘malabarismo’ diplomático ha evitado que Brasil tenga que elegir. Brasil votó a favor de la moción para condenar la invasión rusa de Ucrania en la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pero Bolsonaro hizo hincapié en demostrar su intranquilidad, y luego se abstuvo en la votación posterior para suspender a Rusia del consejo de derechos humanos de la ONU. Brasil también sigue contando con el apoyo de EEUU en su ambición de unirse a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un club de países ricos.
Otro de los mercados emergentes importantes, India, a primera vista pareciera estarse inclinando hacia el bando de las economías avanzadas conforme empeoran sus relaciones de política exterior con China. India recientemente ha firmado acuerdos comerciales con Australia y con el Reino Unido, y está negociando uno con la UE, junto con una mayor cooperación militar con EEUU. Pero estos acuerdos no son lo suficientemente sustanciales como para que India establezca una relación comercial decisiva. Y buena suerte tratando de impedir que el primer ministro indio, Narendra Modi, le compre petróleo a Rusia, uno de los objetivos estratégicos clave de la alianza liderada por EEUU con respecto a Ucrania. Al igual que Bolsonaro, Modi está jugando un juego diplomático multipolar y, hasta ahora, está teniendo éxito.
Numerosos mercados emergentes están haciendo algo similar. Muchos países de Asia Oriental no son grandes admiradores de China, y algunos, como Vietnam, están obteniendo buenos negocios de las multinacionales que se están diversificando y apartándose de la economía china. Pero la economía comercial de Vietnam sigue vinculada a las redes de la región Asia-Pacífico en las que está presente China, reforzada por la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés) dominada por Beijing.
Durante la Guerra Fría, los países en vías de desarrollo podían optar por uno u otro bando y obtener beneficios de una amplia gama de la alianza: protección y asistencia militar, ayuda política, quizás algunos vínculos comerciales útiles. Pero, incluso entonces, existía un enorme movimiento de ‘no alineados’. Y ninguna de las actuales figuras clave posee una oferta tan amplia.
EEUU tiene el control del sistema global de pagos en dólares y el mayor ejército del mundo. Pero la actual fobia a los acuerdos comerciales de Washington limita su capacidad para recompensar a los aliados con un sustancioso acceso al mercado, tal como lo ha demostrado la debilidad del Marco Económico Indo-Pacífico que se está ofreciendo en Asia.
La UE es una mejor apuesta para un acuerdo comercial significativo, suponiendo que no importe que esté llena de reglas cada vez más restrictivas en relación con el medio ambiente y con los derechos laborales. Pero tiene poca capacidad militar unificada para sustentar una alianza estratégica.
China es un importante mercado de exportación de materias primas; la fuente de insumos industriales clave, como las tierras raras; y un proveedor de infraestructuras a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, suponiendo que eso se considere una ventaja. Pero el renminbi no es una moneda internacionalizada, y la beligerante política exterior de Beijing alarma a los países de la región.
Hasta ahora, el tejido de la globalización ha demostrado ser tan denso que ha resistido los intentos de desmoronarse. Por supuesto, las divisiones políticas entre las grandes potencias comerciales, particularmente EEUU y China, representan una constante preocupación. Si las tensiones en torno a Rusia — o Taiwán — se intensifican, esa amenaza se agudizará. Pero, hasta ahora, ninguna de esas potencias se ha mostrado lo suficientemente fuerte como para obligar a los países a elegir un bloque exclusivo. Ésta no es la Guerra Fría. Es mucho más interesante.
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