Por unos instantes, gran parte del mundo se paralizó ayer cuando se enteró de que hablaría Barack Obama, el presidente de Estados Unidos. El tema del discurso era Siria y la presunción era que se avecinaba el anuncio de una intervención militar contra el régimen de Bachar al Asad. El mundo, todo él, pendiente de lo que decida el mandatario de EEUU, que por un momento debe encajonar su Nobel de la Paz y ponerse la placa de policía mundial.
Obama no es Bush, pero al igual que el tejano en 2003 –cuando preparaba la invasión a Irak– optó por saltearse a la ONU. Estados Unidos no esperó el informe de la Naciones Unidas para estar seguro de que Al Asad utilizó armas químicas. Tampoco esperará a que sus aliados se decidan para atacar. Ya lo dijo John Kerry, el secretario de Estado de EEUU: “Si hacemos la vista gorda, la historia nos juzgará”, declaró con esa autoridad que solo EEUU tiene, ya sea porque se la atribuye o porque se la confían los demás. Pero lo cierto es que, pese a la indignación global que causó las imágenes de niños muertos, a la primera potencia le faltan socios.
Gran Bretaña, que al principio parecía su principal aliado para intervenir en Siria, se retiró tras una votación de los parlamentarios que le vetó la opción militar, algo que no le sucedía a un gobernante británico desde hace siglos. Ahora David Cameron se debate entre la vergüenza ante los estadounidenses y su evidente debilidad política.
Francia, que también apoyó desde el principio, sigue fiel a su compromiso pero no tiene el peso internacional que tienen los estadounidenses. Y la ONU… ya se encargó Kerry de decir lo que piensa Washington de su desempeño: comenzó con un cumplido “creemos en las Naciones Unidas y tenemos gran respeto por los valientes inspectores” que desafiaron al régimen, pero en seguida hizo notar que, como dijo Ban ki-moon, el informe del organismo no será suficiente porque “no aclarará quién usó las armas químicas”.
En la jugada también está Rusia, país que se opondrá a cualquier moción del Consejo de Seguridad a favor de una intervención militar, por lo que Kerry entiende que “la ONU no puede conducir al mundo a actuar como debería”.
Entonces Barack Obama, ya sea porque lo busca o porque se lo piden, se erige en el nuevo sheriff global, con la potestad de decidir cuándo y cómo actuar. Ayer ya adelantó que piensa en una acción militar “limitada” en Siria que no implicaría un “compromiso” bélico de largo plazo ni el envío de tropas, aunque aclaró que está estudiando “una amplia gama” de opciones con sus asesores.
¿Y por qué tanto empeño en atacar? Porque Washington no tiene dudas de que Al Asad cruzó la “línea roja” que había sido trazada por Obama y por lo tanto debe ser castigado. “Impacta profundamente en la credibilidad y en los intereses futuros de Estados Unidos y nuestros aliados. Importa porque muchos países están mirando y quieren saber si EEUU y sus amigos realmente hacen lo que dicen”, explicó ayer Kerry.
Este sistema de poder tiene, empero, sus detractores. Uno de ellos es Hans Blix, que fue inspector jefe de armamento de la ONU para Irak entre el 2000 a 2003 y antes director del Organismo Internacional de la Energía Atómica. Para él, Obama es igual que Bush: se erige en la policía del mundo.
“La política del momento le está empujando en una dirección que ya hemos visto antes en EE UU (…). No veo contra qué van a tomar represalias. Las armas no se usaron contra ellos”, declaró recientemente al diario español El País.
A su entender, tendrían que ser los rebeldes los que tomen las represalias, porque “si el objetivo es poner fin al incumplimiento de la legislación internacional e impedir que otros usen armas químicas, la acción militar sin esperar a ver el informe del inspector de la ONU no es la forma de proceder. Se trata de la policía del mundo, no de la legislación mundial”.
Obama está ante un dilema. Porque si no interviene, seguramente le pasará lo que a Bill Clinton, que cuatro años después del genocidio ruandés de 1994 seguía pidiendo perdón por no haberse involucrado para frenar las muertes. Porque, aunque a veces desde el sur la postura de EEUU suene arrogante, es cierto que muchos también le exigen que imponga cierto orden en el globo. “Algunos nos señalan los riesgos de hacer las cosas. Pero debemos preguntarnos, ¿cuál es el riesgo de no hacer nada?”, pensaba en voz alta ayer Kerry.
“Amigos, importa mucho si no se hace nada. Importa si el mundo habla y condena pero luego no pasa nada”.
La decisión se hace más terrible para Obama si se tiene en cuenta que ostenta un Nobel de la Paz.
Los archivos revelan que, en su discurso cuando recibió semejante galardón, el estadounidense sostuvo que no se debían tomar medidas militares contra otros Estados sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. Ayer su juicio fue otro e incluso deslizó una crítica hacia la “incapacidad” de los cinco grandes de la ONU para actuar en el país donde se estima que fallecieron al menos 100.000 personas.
Las críticas por su doble rol de pacifista y comisario llegan desde distintas partes y, de Nobel a Nobel, ayer el polaco Lech Walesa le dijo que “corre el riesgo de perder su liderazgo político en el mundo si sigue adelante”. “Obama debería pensar mucho antes de decidir una operación así”, comentó en la radio pública polaca.
Pero para Estados Unidos rigen otros parámetros, según dejó en claro Obama en 2009, cuando al recibir el Nobel comentó que “decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamamiento al cinismo sino un reconocimiento a la historia”.
Como presidente estadounidense, Obama no tiene chance de escapar a la intervención. Y ante esa presión, quizá la única manera que tiene de mantener su Nobel es, como anunció, garantizar que sus soldados no pisarán el suelo sirio. Pero poco más.