Agobiado por sucesivos reveses y en la soledad del máximo poder sobre la Tierra, Barack Obama tomó la decisión el viernes por la noche: la inminente intervención militar en Siria, que su gobierno acababa de anunciar, sería puesta en pausa para consultar al Congreso al respecto. Y así lo anunció el presidente el sábado al mediodía en la rosaleda de la Casa Blanca.
El anuncio de Obama llegó apenas un día después de que su secretario de Estado, John Kerry, diera a entender con claridad meridiana que el ataque a Siria era cosa decidida y poco después de que la Casa Blanca dejara filtrar a la prensa que la intervención comenzaría en las siguientes 24 a 48 horas.
El hecho puso una vez más en entredicho la determinación del mandatario norteamericano, pero sin duda fue una sabia decisión ante lo que parecía una iniciativa muy apresurada, sin apoyos en la comunidad internacional –a excepción de Francia– y con pruebas aun poco claras acerca del uso de armas químicas por parte del régimen de Bachar Al Asad.
Lanzar un ataque sobre Damasco en esas condiciones, después del revés histórico sufrido en el Parlamento británico, la negativa de la Liga Árabe a acompañar y con el informe de los inspectores de la ONU aun pendiente, parecía una aventura de consecuencias impredecibles.
Esto no quiere decir, empero, que Obama haya desistido de intervenir en Siria. Sugiere, más bien, que quiere orejear un poco más la jugada. El Congreso de Estados Unidos está en receso de verano hasta el 9 de setiembre, pero Obama no lo convocó a una sesión extraordinaria. Lo que deja entrever que quiere ganar tiempo para granjearse apoyos antes de atacar. Por un lado, cabildear a los legisladores de la cámara baja, donde casi todas las versiones de prensa aseguran que si la votación fuera hoy, la intervención sería rechazada. Y por el otro, procurarse más respaldo internacional.
Lo primero está en el aire, y lo segundo tal vez aun más. Obama ha dicho que varios jefes de Estado le han “comunicado su apoyo en privado” y los conminó a hacer públicas sus posturas. Pero hasta ahora, nadie se ha dado por aludido. En el Congreso, en cambio, llegado el momento de la verdad –cuando cada uno tiene que emitir su voto para luego defenderlo ante sus electores locales–, el presidente podría tenerla un poco más fácil. Pero de momento, nada parece sugerir un camino libre para sus intenciones, ni siquiera allí.
Tanto Obama como Kerry han dejado claro que podrían seguir adelante con la decisión de atacar aun si esta fuera rechazada por el Congreso. Una muestra más de la ambigüedad que ha exhibido la Casa Blanca durante estos dos años de conflicto en Siria, y lo que en definitiva ha puesto a Washington en el difícil trance que hoy enfrenta; en particular, la ya célebre advertencia de Obama de que el uso de armas químicas por parte del régimen sirio sería cruzar una “línea roja” inaceptable para Estados Unidos.
Es más que nada por esa razón que hoy estamos en estas y que los tambores de guerra no dejan de repicar. Este domingo, Kerry volvió a la carga asegurando tener “nuevas pruebas incontrovertibles” de que las tropas de Al Asad habían usado gas sarín contra la población el 21 de agosto. “Muestras de sangre y cabello dieron positivo por gas sarín”, dijo Kerry en entrevista con la CNN, precisando por primera vez cuál era el “agente nervioso” señalado en los informes de inteligencia que él mismo había citado el viernes. Y agregó: “Sabemos que el régimen lanzó este ataque y sabemos que trató de encubrirlo”.
Pero no citó la fuente de esas “nuevas evidencias”. Y es difícil que estas provengan de los inspectores de la ONU que el sábado abandonaron Siria, ya que su análisis no estará pronto hasta dentro de 15 días.
A pesar de las advertencias de Obama y de Kerry, si el Congreso no aprueba la intervención, no parece factible que la Casa Blanca vaya a seguir adelante con sus planes de ataque. Y es que la advertencia en sí –formulada de antemano, al mismo tiempo de anunciar la decisión de consultar al Congreso– parece un galimatías difícil de entender. ¿Para qué consultar al Congreso si el presidente se reserva el derecho de atacar sin su consentimiento? No tiene mucho sentido. Tal vez la intención sea trasladar al Capitolio la responsabilidad de hacer cumplir la “línea roja”; pero otra vez Obama sale muy mal parado.
Si el Congreso rechaza su medida, cualquier cosa que decida después el presidente será vista como un error. Él mismo se ha metido en ese brete. El freno de mano que le ha echado a una decisión ya tomada le significará un derrape del que solo el Congreso puede salvarlo ahora. Pero por lo menos, es mejor eso a que los Tomahawks ya estuvieran cayendo sobre Damasco.