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23 de julio 2023 - 5:00hs

Los libros infantiles de hace dos o tres décadas atrás alertaban sobre el calentamiento global con una imagen de portada que parecía delirada: el planeta Tierra, con rostro humano, se veía en llamas —o con una venda en la frente— y un termómetro en rojo salía de una boca triste. Ahora la similitud no es mera coincidencia de la ficción. Junio fue el mes más cálido a nivel mundial desde que hay registros. Julio reunió dos días consecutivos con valores récord y se encamina a superar a junio. En el aeropuerto de Irán hubo 66,7° C. El Valle de la Muerte con sus más de 56 grados, al oeste de Estados Unidos, le está haciendo honor a su nombre. Y en Uruguay, donde se atraviesa la mayor sequía en 74 años, las fotos de los pastos congelados dieron lugar a un veranillo y alerta por vientos.

Las altas (e inusuales) temperaturas, como ocurre con la fiebre en los humanos, son el síntoma de una patología que subyace. Y como también sucede en el organismo humano, en que las afecciones se transfieren de un lado a otro, el cambio climático que aqueja al planeta es —valga la redundancia— planetario.

Uruguay debería estar más atento a lo que está pasando en el norte, advierten desde el grupo de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República. Porque en los últimos dos veranos, en el país hubo casi la misma cantidad de eventos de temperaturas extremas que en 65 años. Porque las temperaturas mínimas se están elevando, haciendo que el corrimiento de las máximas sea más habitual. De ahí que en el país haya más olas de calor en invierno. Porque si el calentamiento global alcanza los 2°C, ese famoso umbral del que hablan los expertos internacionales, sería cuatro veces más probable que ocurran olas de calor inusuales. Y porque, como dice el científico uruguayo Santiago de Mello, “los océanos y el planeta están más calientes que nunca”.

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Por eso el Ministerio de Salud Pública aprieta el acelerador en su plan de adaptación al cambio climático que, como se comprometió Uruguay en la firma de los convenios internacionales, tiene que estar pronto antes de 2025.

Sucede que el cambio climático es probable que altere las epidemias de algunas enfermedades y, sobre todo, impacte en la salud humana mientras se realizan actividades tan básicas como estudiar o trabajar.

“Es probable que vayamos a un corrimiento del horario laboral en algunas áreas, que sean necesarios más descansos, una hidratación con agua fresca permanente al alcance del trabajador y la adaptación a las actividades durante 15 o 20 días cuando se cambia de estación del año”, dice el catedrático de Salud Ocupacional Fernando Tomasina.

Según el experto, el “estrés térmico es uno de los factores que siempre se tomaron en cuenta dentro de la salud ocupacional, pero con el cambio climático el compromiso de la salud comprende a mayor cantidad de trabajadores”. Por eso no duda que en futuras negociaciones bipartitas empiecen a darse discusiones sobre horarios y medidas de prevención, como está aconteciendo ahora en Europa.

En Francia, por ejemplo, la normativa  permite a los trabajadores interrumpir su tarea cuando teman un peligro inminente para su vida. Eso, según las interpretaciones de los juristas laborales, incluye las temperaturas extremas. ¿A partir de cuántos grados? No hay reglamentación.

Alemania fijó que a partir de los 26 grados los empresarios tengan que dar las condiciones para que la continuidad de las labores se hagan de manera segura, incluyendo agua potable irrestricta, y a partir de los 30 grados es obligatorio que el trabajador se tome reiterados descansos. Se supone que la falta de esos recesos son los que determinó la muerte de varios constructores de los estadios del Mundial de fútbol de Qatar.

“Cuando la temperatura ambiente supera los 34 grados, la transferencia de calor se invierte y el cuerpo humano empieza a incorporar más temperatura”, explica. Porque la piel —que suele estar unos cinco grados por debajo del núcleo del cuerpo— termina estando más frío que el propio ambiente. Entonces el riesgo del “estrés térmico” se eleva.

El ministro de Trabajo, Pablo Mieres, reconoció que “aún no está sobre la mesa” la discusión de qué condiciones laborales deben garantizarse para los extremos térmicos que se avecinan. Pero reconoce que la OIT incluyó ese eje entre las prioridades de su última asamblea y que es “muy probable” que en Uruguay se plantee “en su momento”.

¿Cuándo es ese “momento”? No está claro. José Lorenzo López, vicepresidente de la central sindical Pit-Cnt, reconoce que “en Uruguay estamos más pendientes de la agenda cotidiana que del mediano o largo plazo”. Pero entiende que dos temas que los trabajadores tomaron como posición este año “están familiarizados” con la discusión del cambio climático: la responsabilidad del empleador de garantizar agua potable a sus empleados o funcionarios (a raíz de la crisis hídrica que golpea al país), y la reducción de la jornada laboral (a seis horas).

Pese a lo inmadura de la discusión local, el profesor Tomasina explica que Uruguay tiene algunas ventajas comparativas: ya cuenta con instrumental en el país que permite objetivar los riesgos (por ejemplo un termómetro que mide la temperatura húmeda, seca y de radio de un ambiente). Y, a la vez, un decreto de 1988 que ya refiere al estrés térmico y las condiciones laborales.

¿Al país lo pasará lo ola por encima? Los científicos ya plantean esta pregunta.

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