Las elecciones uruguayas son un oasis en una América Latina convulsionada y dividida y a veces no las valoramos como se debe.
Las elecciones uruguayas son un oasis en una América Latina convulsionada y dividida y a veces no las valoramos como se debe.
Basta recorrer el continente para darse cuenta que lo que ha sucedido en Uruguay en 2019 es atípico y positivo. Salvo el lamentable episodio que tuvo como protagonista al consultor venezolano experto en campañas sucias Juan José Rendón en las internas del Partido Nacional, el resto de la campaña se dirimió en el terreno de la sana confrontación electoral.
Se puede objetar el contenido programático de la campaña – por cierto, bastante mediocre y anodina– pero en cuanto al talante de la discusión signada por las personalidades y actitudes de sus principales candidatos de no atacar nunca a las personas sino a las propuestas colaboró y habla de la madurez del sistema político nacional.
Recorrer las calles de la capital y de las principales ciudades el último fin de semana fue algo emocionante. Los extranjeros no pueden dejar de comentar lo llamativo que resulta ver en la misma esquina, en una feria o en una plaza militantes con banderas del Frente Amplio, junto a nacionalistas, colorados, cabildantes o independientes. Todos entreverados, repartiendo listas de sus sectores con sonrisas y brindando un espectáculo colorido donde prima el respeto y la tolerancia hacia el que piensa distinto.
Es un valor sagrado que Uruguay debe cuidar y perpetuar a lo largo del tiempo. Ser una democracia con un acto electoral ejemplar nos diferencia del mundo entero y asumirlo, reconocerlo y destacarlo es una obligación. Ese respeto que se ve en las plazas debería ser tratado en las aulas y tomado como algo de donde aprender las buenas consecuencias de saber convivir en democracia.
Aquí no se registran las descalificaciones permanentes que se vivieron en Argentina, donde el epíteto ofensivo está incorporado al intercambio con el adversario. Tampoco la virulencia de la violencia política y hasta física que se vivió en Brasil donde directamente apuñalaron en un acto al candidato Jair Bolsonaro, que luego terminó siendo presidente.
Tampoco hay ninguna duda sobre la transparencia de las autoridades electorales, ni del respeto al resultado de los comicios. En Bolivia misteriosamente se suspendió el conteo de votos cuando se avizoraba un balotaje, para luego declarar ganador en primera vuelta a Evo Morales por cuarto período consecutivo. Tanto la OEA como la Unión Europea han protestado por esta situación.
Dejamos aparte el atropello a la democracia y la suspensión de los comicios en la dictadura en Venezuela liderada por el sátrapa Nicolás Maduro y su banda de militares corruptos: está fuera de categoría.
En esa América Latina convulsionada con revueltas y protestas en Chile, en Ecuador, en Nicaragua y con graves problemas políticos e institucionales en Perú y en México – donde el narco arrodilló al Estado con la liberación del heredero del cartel de Sinaloa, Octavio Guzmán, por petición del presidente Manuel López Obrador-, Uruguay celebrará mañana sus elecciones nacionales.
Los medios internacionales destacan la madurez cívica del Uruguay y revistas como The Economist nos elogian. En este tema vaya si sobran los motivos para estar orgullosos de ser bien orientales.