El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
27 de agosto 2021 - 5:04hs

Enojadísimo con la retirada de Estados Unidos de Afganistán, el exprimer ministro británico Tony Blair criticó la decisión hace unos días en muy duros términos, en un artículo que ha tenido gran repercusión en los medios occidentales.

En el texto, el expremier laborista se desmelena señalando que la decisión de Joe Biden obedece “a un imbécil eslogan que sostiene que hay que terminar con las ‘guerras interminables’”.

Las “forever wars”, como en inglés se llama en forma crítica a las guerras de Afganistán e Irak, han sido –junto a la de Vietnam– los conflictos más largos, costosos e inútiles en la historia de Estados Unidos. 

Ambas fueron lanzadas después del 11-S como parte de la infausta doctrina de la “guerra preventiva”, concebida por ideólogos neoconservadores, como Paul Wolfowitz y Richard Perle, y llevada a la práctica por poderosos hombres de Estado, como Dick Cheney y Donald Rumsfeld, durante el gobierno de George W. Bush, tal vez el peor presidente en la historia de Estados Unidos.

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Blair fue el principal aliado de Bush en esas guerras, apoyando en forma prácticamente automática y embarcando a su país en sendas aventuras bélicas. Debió haber sido enjuiciado por ello, como muchos pedían y siguen pidiendo. 

Por eso, no deja de ser llamativo que ahora venga a acusar a los demás de “imbéciles” y a poner en tela de juicio la decisión de quienes pusieron fin al desastre que él contribuyó a iniciar hace 20 años. Pero como Blair, varios son los que hoy se suman iracundos al coro de censura contra Biden, cuando en su momento apoyaron y/o impulsaron estas guerras –algunos hasta dando fe de la existencia de “armas de destrucción masiva” en Irak– y luego, durante dos décadas, nada dijeron de su rotundo fracaso: políticos, diplomáticos, funcionarios de carrera, exagentes de inteligencia y analistas, muchos de los cuales son habitués de la puerta giratoria en eso que Dwight Eisenhower llamó el “complejo militar industrial”. 
No hay duda que la forma en que Biden dispuso la retirada de Afganistán fue un desastre inaceptable y un bochorno que humilló y dañó severamente la imagen a su país. 

Pero menos duda puede caber de la necesidad de esa retirada. Esa guerra ya estaba perdida hace muchos años. Seguir ahí era seguir hundiéndose en el atolladero, seguir perdiendo vidas humanas y gastando 300 millones de dólares por día en una guerra inganable. Como reza el viejo proverbio afgano, en un enunciado que muchos han atribuido estos años a un hipotético diálogo entre el Talibán y la ocupación estadounidense, “ustedes tienen el reloj pero nosotros tenemos el tiempo”.    

Sin embargo, en la narrativa de estos bustos parlantes belicistas norteamericanos, estos verdaderos guerreros de los canales de cable, pareciera no solo que Estados Unidos hubiera ganado esa guerra, sino que también la ocupación de Afganistán hubiera sido poco menos que un paraíso.  

La realidad es que las fuerzas de ocupación solo tenían control sobre Kabul; el resto del país seguía siendo un Estado fallido por antonomasia. Un país sumamente pobre y violento, que en los últimos años ha expulsado a dos millones y medio de refugiados, y que cuenta en su interior con casi cuatro millones de desplazados. ¿O alguien pensaba que las recientes escenas en el aeropuerto de Kabul era de gente que solo quería huir del Talibán? La gente se quiere ir, y se va, de Afganistán.  

Y si en los últimos 16 meses no había habido ataques contra efectivos estadounidenses (como muchos de estos opinantes esgrimen a modo de argumento de que efectivamente se había ganado la guerra allí y el país estaba pacificado), fue precisamente porque en febrero de 2020 el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo de paz con el Talibán. No por otra cosa.

En general, estas son expresiones de gente que simplemente es partidaria de las “forever wars”, y que dentro del Beltway de Washington no son pocos. Los estadounidenses en general están hartos de estos conflictos interminables del otro lado del mundo.

Pero Washington es un animal completamente distinto, otro mundo comparado con el Estados Unidos real. Y sin embargo, donde reside todo el poder en materia de política exterior.

Es una pequeña ciudad donde se mezclan un extraño sentido de propósito personal y hegemonía global con la nostalgia de la grandeza y el dominio internacional de posguerra. 
Todo lo cual tiene, a su vez, un sentido militarista inevitable, contra el que yo mismo choqué no pocas veces en debates universitarios en los años noventa.

El tiempo me ha dado la razón. Hoy está más claro que nunca que el intervencionismo, las ocupaciones militares y las doctrinas de la guerra como medio de hegemonía global son cosa del pasado. 

Hoy es el llamado poder blando el que marca la diferencia: el comercio, la ventaja tecnológica, la competencia por la inteligencia artificial, la tecnología de quinta generación y las grandes plataformas digitales. Algo que China ha entendido –y emprendido– a la perfección, y al mismo tiempo, un terreno en el que solo le puede competir precisamente Estados Unidos. 

Pero para ello, no puede seguir atrapado para siempre en el atolladero interminable de las “forever wars”.

Temas:

Member Opinión guerras sin fin Poner fin a las “guerras sin fin”

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