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Por el Camino de Santiago: Qué país, qué paisaje, qué paisanaje

Parte III de un viaje que, en este capítulo, pasa por Navarra y La Rioja

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21 de noviembre de 2018 a las 05:04

Entre Navarra y La Rioja, el Camino de Santiago discurre en medio de un mar de viñedos y tierras ocres, salpicado cada tanto por bodegas, como islas. A lo lejos se ve una cadena de sierras: los montes Vascos. 

Estúpidamente subí la sierra del Perdón con mi bicicleta cargada con dos alforjas y una mochila. Sufrí durante varias horas trepando laderas interminables, que pude haber esquivado, por tomarme el Camino al pie de la letra. ¿Qué sentido tiene semejante esfuerzo físico y el sufrimiento que implica? Cualquiera que suba hasta la cima, repleta de molinos de viento y una escultura de chapa que homenaje a los peregrinos, debería ganarse el Reino de los Cielos, sin más trámite.

Debí parar muchas veces, para normalizar la respiración. Las piernas respondieron bien, pero mis pulmones pagan el precio de cuatro décadas de fumador. 

Recuerdo la carta del Che Guevara a sus padres en 1965, antes de marcharse al Congo y a Bolivia: “Una voluntad que he pulido con delectación de artista, sostendrá unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados”. Claro que yo no voy a matar y morir, sino a una aventura bastante más trivial.  

La villa Puente de la Reina, con su macizo puente románico y su iglesia del siglo XII, es muy llamativa. La recorrí durante un rato, antes de seguir viaje. En la carnicería de Juan Sanz, frente a la iglesia, compré el mejor jamón serrano que haya comido en mucho tiempo: ni seco, ni muy salado, ni demasiado gordo. 

Ya noche en Estella, una pequeña y hermosa ciudad de Navarra, celebré mi victoria contra el terreno bebiendo cerveza en una mesa sobre la plaza. Los deportistas conocen bien ese sentimiento de orgullo por las pequeñas heridas y los pequeños triunfos.

Y al otro día, otra jornada más bien horrible: una docena de kilómetros cuesta arriba, por caminos en caracol. Por fin, en algún momento, el camino se volvió una larguísima bajada hacia el río Ebro y la ciudad de Logroño, capital de La Rioja. 

Salí del camino de balasto y polvo ocre, tomé un tramo de una carrera local y largué cuesta abajo mi bicicleta cargada. Llegué a viajar a más de 60 kilómetros por hora antes de asustarme. Yo no sabía que una bicicleta de montaña, con maletas en la cola, podía alcanzar esa velocidad sin desintegrarse, o voltear a quien la monta.

La fiesta de la vendimia en Logroño

En setiembre los racimos de uvas negras violáceas están prontos para la cosecha. Un par de veces bajé de la bicicleta para comer uno de esos magníficos racimos a la sombra de algún árbol.

Logroño, la capital de La Rioja, sobre el Ebro, es más bien pequeña y tirando a sin gracia. Parece una ciudad distendida, próspera y conservadora. No hay muchos turistas, salvo los ineludibles peregrinos. La gente es amable.

Pero el sábado 15 de setiembre, día de San Mateo y Fiesta de la Vendimia, los pobladores de Logroño se tiraron a las calles desde temprano. Casi todos bebían vino, en especial los adolescentes y los jóvenes, desfilaban y bailaban con sus peñas y se sumaban a los espectáculos callejeros. 

El viejo dios Baco renace, espléndido, como cada año a fines del verano.

La celebración de San Mateo en Logroño tiene una masividad e intensidad que recuerda a la Fiesta de San Juan (festa do São João) en el nordeste de Brasil.

Cincuenta kilómetros más adelante por el Camino de Santiago está Santo Domingo de la Calzada, un pueblo tan pintoresco como su nombre y tan bonito como un juguete. Reboza de pequeñas plazas, mercados, tabernas, conventos, iglesias: viejas construcciones de aire medieval. 

La vida se rige según un guion ordenado por el sol y las campanas de la iglesia. Allí, como en muchas otras regiones de España, parece que el tiempo no pasa, o pasa más lento.

Santo Domingo de la Calzada bien podría encajar el comentario de Miguel de Unamuno sobre España: ¡Qué país, qué paisaje, y qué paisanaje!

Mujica y Cavani

Me hospedé en un convento de monjas de clausura, nada barato por cierto. La marea de peregrinos ha devuelto a la vida, reciclados, a muchos conventos, monasterios y colegios de pupilaje, que de otra forma habrían cerrado.

En una taberna de la Calle Mayor conversé con Lanfranco, un romano de 70 años que hace el Camino de Santiago casi cada año. Es notoriamente pobre y estaba agotado tras una sucesión de marchas demasiado largas. Lo invité a una cerveza.

—¿De qué país eres? —preguntó.
—De Uruguay.
—¡Uruguay! ¡Mujica! Lo admiro mucho.
—¿Y usted entiende lo que él dice? Porque usa mucha jerga, y metáforas con jerga…
—Sí, lo entiendo, porque él habla con el corazón.

Muchos se sorprenden de mi origen, tan lejano y exótico. Un uruguayo es una rareza, incluso en España. “Long way from home”, me dijo un suizo. Un par de franceses me hablaron de Cavani. 
—Siempre habrá un café con leche para un argentino —afirmó la dueña de un bar en una aldea de Castilla, adivinando por mi acento.
—Uruguayo —respondí.
—¡Ah, menos mal!

Un italiano viejo que descansaba, agotado, en la cima de un cerro, me comentó que había visto en la televisión que un tornado provocó gran destrucción en el Congo.
—¡Eso es en África! —le corrigió su mujer, escandalizada—. ¡Él viene de Sud América!

Próxima nota: El amor por la comida es un amor sincero

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