Opinión > EDITORIAL

Por los votos y no las botas

Felipe Bruno parece no haber comprendido el disparate del concepto que dejan traslucir sus palabras, más allá de que la frase olvidable pronto será

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13 de agosto de 2018 a las 05:00

El presidente de la Junta Departamental de Tacuarembó, el nacionalista Felipe Bruno, dijo la semana pasada en una entrevista en una de las principales emisoras del norte del río Negro que "va a tener que venir otra dictadura para que estos sabandijas (por el FA) se terminen".

La dictadura militar terminó hace más de tres décadas y este ilustre desconocido de la política nacional obtuvo sus cinco minutos de fama. Las reacciones lógicas del resto de la política –que sabe lo que padeció el país para volver a vivir con libertades en un estado de derecho– hicieron bien en salir al cruce para condenar sin vueltas.

Felipe Bruno parece no haber comprendido el disparate del concepto que dejan traslucir sus palabras, más allá de que la frase olvidable pronto será. Tampoco entiende el mundo en que vivimos y mucho menos los desafíos pendientes para el país.

La brutalidad de siquiera pensar que una dictadura militar es la solución a los problemas que aquejan seriamente al segundo gobierno de Tabaré Vázquez es, además de un error radical, una subestimación olímpica de las banderas que levanta su propio partido: la de las libertades y el apego a la Constitución y las leyes.


Trascartón, llamado a dar explicaciones por las autoridades de su directorio, insistió en el concepto. Si bien en la misiva pide disculpas, dijo que "es tan grande el grado de impunidad del Frente Amplio que parece que solamente una fuerza superior como la de un gobierno de facto podría poner freno a esta corrupción".

En 34 años –tiempo que hace que los uruguayos recuperamos la democracia– sucedió de todo en el país y en el mundo. Desde la revolución de internet a la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca, a un papa latinoamericano en el sillón de San Pedro. Y Elon Musk quiere llevar gente a vivir a Marte (y mientras tanto se endeuda a pasos agigantados para su aventura).

En Uruguay con dificultades, marchas y contramarchas, la democracia se fue consolidando y permitiendo cuestiones que podrían ser hasta insólitas: un exguerrillero como José Mujica accedió a la Presidencia de la República en forma legal y jugando con las reglas del sistema republicano que años atrás repudiaba. La libertad de prensa funciona y los uruguayos estamos orgullosos de nuestras instituciones democráticas y lo mejor: cada cinco años podemos votar con plenas garantías.

Que el tercer gobierno del Frente Amplio no tuvo el vigor ni la fuerza creativa que el primero, no hay duda. Que el segundo gobierno liderado por Mujica fue un canto al desorden, al caos y a la anarquía, también. Es que el poder desgasta y como en cualquier relación –más si no cambian los nombres– 14 años después las ganas de salir a cambiar el mundo nunca pueden ser las mismas.

La mera enunciación a la necesidad de que vuelvan los militares –a solucionar no se sabe qué– es, además de un disparate que hay que condenar sin titubeos, aceptar de antemano que su partido así va condenado a perder y que no es con más libertad y usando la bendita democracia que se pueden lograr los cambios.

Pensamiento arcaico, derrota y entrega es la sensación que dejan las tristes palabras del presidente de la Junta Departamental de Tacuarembó.
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