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Mercosur: ¿Por qué no le creen a Uruguay que puede negociar solo? El cuento del pastor mentiroso

Tres hechos en cinco días que hablan de una visión más o menos instalada: Uruguay no puede mantener determinado tipo de negociaciones comerciales de forma bilateral

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24 de mayo de 2022 a las 13:28

A los niños se los suele aleccionar sobre el valor de la verdad y las consecuencias de la mentira con una fábula que narra las peripecias de un pastorcito que finge el ataque de un lobo a su rebaño, lo que provoca el descreimiento de su palabra y con una consecuencia estratégica: cuando se produce la ofensiva real ya no hay quien acuda a asistirlo. Algo similar ha sucedido con el derecho de Uruguay a negociar de forma bilateral y soberana, es decir, por fuera del corsé que impone el Mercosur. 

En las últimas semanas, hubo tres hechos concretos que denuncian el grado de convencimiento que otros países tienen sobre la imposibilidad legal y real de entablar un diálogo comercial con Uruguay por fuera del bloque, una concepción que debería encender las alarmas puertas adentro.

La conocida postura china de evitar cualquier acción bilateral que rompa con el Mercosur está vigente, tal como quedó de manifiesto en el comunicado que la cancillería china hizo a raíz de la conversación telefónica que mantuvieron los ministros Francisco Bustillo y Wang Yi el jueves 19. La diplomacia uruguaya sostiene que es Pekín quien impone la velocidad del avance de las negociaciones para un TLC, pero lo que los chinos han preguntado en los últimos años es si Uruguay “está listo” para avanzar, en referencia a las supuestas condiciones habilitantes del bloque.

Al otro día de que se divulgara parte del contenido de esa llamada, El País publicó una entrevista al embajador argentino en Montevideo, Alberto Iribarne, en la que advertía que el avance en las negociaciones bilaterales con China dinamitaría al Mercosur. El proteccionismo argentino es hoy la principal barrera que enfrenta Uruguay en su intento de trascender al bloque y Brasil ha seguido el juego para evitar cualquier motivo que empeore aún más su relación con Buenos Aires.

En tanto, el primer ministro británico, Boris Johnson, destacó a Uruguay, en la parte pública del encuentro con el presidente Luis Lacalle Pou este lunes, por integrar el “distinguido” Mercosur. En declaraciones a El Observador, la embajadora británica en Montevideo Faye O´Connor había dicho que, de plantarse un Tratado de Libre Comercio, irían por la senda del Mercosur porque ni siquiera estaba “100% claro” que Uruguay pudiera avanzar de forma bilateral.

Tres hechos en cinco días que hablan de una visión más o menos instalada: Uruguay no puede mantener determinado tipo de negociaciones comerciales de forma bilateral. Más allá de los evidentes inconvenientes para los intereses nacionales que esta interpretación acarrea,  la visión es curiosa considerando que el segundo artículo de la Constitución de la República establece que la República Oriental del Uruguay “es y será para siempre libre e independiente de todo poder extranjero” y que el cuarto proclama la existencia radical de “la soberanía en toda su plenitud” en la nación. Esta soberanía, que también es comercial, está amparada por el Tratado de Asunción, fundacional del bloque regional. La famosa resolución 32/00, a la que se le otorga un superpoder inhibidor, forma parte del paquete de medidas que se adoptó a principios de siglo procurando relanzar el bloque y  jamás fue internalizada, como se ha argumentado exhaustivamente. 

Pero aún así la creencia es que hay una norma que inhabilita a Uruguay a adoptar sus propias decisiones. Lo cree China, Argentina y el Reino Unido. (Quizás no lo cree tanto la actual administración de Brasil que durante el gobierno de Trump empezó a negociar un TLC con EEUU de espaldas al Mercosur). 

Pero no es responsabilidad de Argentina, de China o del Reino Unido; es lo que Uruguay le hizo creer repitiendo durante años, una y otra vez, que no puede o, incluso, procurando recoger una innecesaria habilitación escrita que replica el texto de Asunción y que nadie está dispuesto a conceder.

Por supuesto que esta parálisis autocreada no es solo responsabilidad de esta administración. Durante 15 años los gobiernos del Frente Amplio se ampararon en ese pretexto para no negociar. Los sucesivos gobiernos uruguayos lo han repetido tanto que no solo lo compraron por bueno en estas tierras, sino que lograron convencer a terceros países sobre el asunto. Y ahora que el presidente enfatiza en todos los tablados su determinación de abrirse al mundo y jugar en la “cancha grande” caemos en la cuenta que las dimensiones de esa cancha se acortaron sensiblemente. Y que su llamado no llega a despertar el eco deseado porque se excusan en el hecho de que con el Uruguay no se puede. Es el cuentito del pastor mentiroso.

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