Por David Sheppard
A la administración Biden le preocupan nuevamente los precios de los combustibles. Los precios al por menor de la gasolina, aunque siguen por debajo de los máximos alcanzados tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, han subido casi un 10 por ciento en el último mes, hasta los US$3.83 por galón. En agosto de 2022 se situaban en torno a los US$4, según la Asociación Americana de Automóviles (AAA, por sus siglas en inglés).
El aumento se ha debido principalmente a la subida de casi el 15 por ciento de los precios del crudo el mes pasado, con el Brent cerca de los US$85 por barril y cerca de sus máximos del año. Mientras los analistas empiezan a hablar del regreso a los US$100 por barril de petróleo, el equipo del presidente Joe Biden sigue de cerca la cuestión y ha recibido sesiones informativas de múltiples especialistas del sector en las últimas semanas.
Es poco probable que se hayan sentido reconfortados por el mensaje que han escuchado.
Arabia Saudita está decidida a reducir inventarios y mantener el precio, como demuestra su advertencia del jueves de que Riad podría "profundizar" sus recortes actuales. Rusia también está recortando el suministro, y crece el temor a que Moscú intente interferir en las elecciones estadounidenses del próximo año a través de los precios del petróleo.
El expresidente Donald Trump ha indicado que intentaría forzar a Ucrania a negociar con Rusia, dándole a Vladímir Putin un claro incentivo para intentar inclinar la balanza como pueda.
La administración Biden no carece de opciones. Pero ninguna de ellas parece óptima.
Explorando la mejor opción mala
La Reserva Estratégica de Petróleo de EEUU (SPR, por sus siglas en inglés), de la que se extrajeron grandes cantidades el año pasado tras la invasión rusa, ha quedado en su nivel más bajo desde la década de 1980, por lo que más lanzamientos son problemáticos.
Desde el punto de vista político, sacar más petróleo de la reserva sería difícil, a menos que se produjera una escasez absoluta. Un aumento del precio del petróleo puede indicar cierto grado de escasez, pero no que las bombas se estén secando.
Impulsar la producción nacional también es complicado. Los precios relativamente bajos en lo que va de 2023 no han animado precisamente a la industria del esquisto a aumentar la producción, sobre todo cuando aún están limitados por sus financiadores. Desde 2020 Wall Street ha querido ver beneficios, no crecimiento.
Si los precios suben, es probable que la producción estadounidense responda tangencialmente, pero es poco probable que los perforadores de esquisto vayan con todo. El número de plataformas de perforación en EEUU ha disminuido en las últimas semanas.
La tercera opción es recurrir a fuentes de suministro extranjeras.
La mayoría de los analistas del petróleo creen que la administración Biden ya ha sido menos rigurosa de lo que podría haber sido en la aplicación de sanciones a las ventas de petróleo de Irán y Venezuela, donde el aumento de la producción ha sido uno de los factores que han ayudado a mantener los precios bajo control.
Los aumentos a largo plazo de la producción de países como Guyana y Brasil, y la ralentización del crecimiento de la demanda en los países desarrollados, deberían seguir actuando como freno de los precios del petróleo.
Pero los ciclos electorales no esperan, lo cual deja a la administración Biden cada vez más dependiente de la OPEP+ y de Arabia Saudita.
Las relaciones entre la administración Biden y Riad nunca han sido especialmente alentadoras, desde que el presidente dijo durante su campaña electoral que el reino debía ser tratado como un "paria" tras la muerte del periodista Jamal Khashoggi.
Arabia Saudita está a cargo
Aunque el equipo de Biden ha intentado reparar las relaciones bilaterales, con cierto éxito, conviene recordar que el primer viaje al extranjero de Trump como presidente fue a Riad. En el fondo de la mente de la administración Biden estará la sospecha de que el príncipe heredero Mohamed bin Salmán (MBS) estaría muy contento de ver a Trump de nuevo en el poder. También cabe esperar que Trump frene las reformas medioambientales de la administración Biden, diseñadas en parte para reducir la dependencia estadounidense de los combustibles fósiles.
La otra cara de la moneda es que, aunque Arabia Saudita desea que suban los precios del petróleo, en parte para financiar los llamados Gigaproyectos de MBS, como la ciudad hipermoderna de Neom, es poco probable que quiera que se descontrolen, dado el posible impacto a largo plazo en la demanda mundial de petróleo.
Y todos los recortes de suministro que Arabia Saudita ha realizado desde octubre significan que dispone de una reserva de capacidad bastante considerable, de unos 3 millones de barriles diarios, es decir, alrededor del 3 por ciento de la oferta mundial.
Como líder de facto de la OPEP, Arabia Saudita puede estar en condiciones de negociar tenazmente con EEUU para obtener más de lo que desea de la relación, si Washington quiere que produzca más crudo. Eso podría incluir garantías de seguridad adicionales por parte de EEUU, o incluso la luz verde para desarrollar la energía nuclear civil.