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Precios de las materias primas, entre la tecnología y la crisis climática

¿Volverá el viento de cola en los próximos cinco años?

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28 de diciembre de 2019 a las 05:01

El índice de precios de los alimentos de la FAO marcó en noviembre el mayor registro en más de dos años. ¿Volverá un viento de cola por el lado de las materias primas en los próximos cinco años? ¿O en algún momento de esta década? La crisis climática tendrá una dimensión tal que afecte a la producción de alimentos y se traduzca en subas de precios? O las alarmas que suenan no tendrán impacto en la oferta de alimentos y los precios mantendrán la relativa estabilidad de precios de los últimos?

La primera década de este siglo (2001/2011) estuvo marcada por la furibunda suba en el precio de las materias primas, algo que favoreció notoriamente a Uruguay y al conjunto de los países exportadores de materias primas. Como en anteriores oportunidades la suba de precios generó una bonanza que no perduró demasiado en general en América Latina.

Esta segunda década fue de una baja bastante persistente y así el estancamiento, el desempleo y la inquietud social volvieron al continente. El piso de precios llegó en el primer trimestre de 2016. Desde entonces ha habido una recuperación de precios titubeante y que en nada se parece a la estampida que tuvieron entre 2004 y 2008, interrumpida por unos meses y que continuó hasta marcar los máximos precios de toda la historia en 2011.

¿Volverán a subir las materias primas en la próxima década? ¿Qué ha quedado de aquella argumentación que postulaba que el aumento poblacional y del ingreso por habitante hacía inevitable que el precio de las materias primas se mantuviera firme? ¿Puede el consumo de Asia impulsar cotizaciones que catapulten al Mercosur y en particular a Uruguay a un dinamismo económico basado en proveer de alimentos y fibras al mundo? El argumento de esta columna es que sí, eso es posible, pero no es necesariamente una buena noticia para el mundo. Y tampoco eso está asegurado.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el precio de las materias primas en general y los alimentos en particular iba en baja. Las poblaciones asiáticas no accedían generalizadamente a transportarse en automóvil propio ni a un consumo cotidiano de proteína animal.

En la primera década de este siglo eso cambió radicalmente y la demanda de China por petróleo, soja y metales fue impactante al punto de catapultar los precios. Y no era sólo la demanda de China. EEUU era el principal importador de petróleo y su producción caía año tras año. Se hablaba del “pico del petróleo” ya que las extracciones superaban largamente a los descubrimientos de nuevos yacimientos. La demanda superaba estructuralmente a la oferta, los precios subían estructuralmente.

Pero entonces irrumpió el fracking, un invento estadounidense. Un nuevo método de extracción del petróleo. Irrumpieron también con más fuerza las energías alternativas para generar electricidad. El precio de la energía fósil se derrumbó, el uso de etanol derivado de maíz se estabilizó, las áreas agrícolas se expandieron y los precios tras alcanzar el precio más alto de la historia en 2011 bajaron en forma sostenida. Tanto el petróleo como los alimentos tuvieron un mínimo en el primer trimestre de 2016. Pero el fracking tiene un costo oculto muy alto.

A partir de ahí se ha dado una leve recuperación que impulsada por la suba de los precios de la carne y los aceites vegetales, llevó el índice de precios de la FAO en noviembre a su nivel más alto en 26 meses.

La suba de precios de la primera década de este siglo fue, a mi entender, un proceso malthusiano. El aumento en la población y en el ingreso generaban una demanda imposible de satisfacer. Un cambio tecnológico radical –el fracking– logró un salto en la oferta petrolera, EEUU pasó de ser el principal importador a exportador, se expandieron las áreas agrícolas con un menor costo de producción y el precio bajó. Pero ese proceso ha tenido un costo ambiental, que no figurará en las estadísticas de los economistas, pero que en algún momento pasará su factura –como lo está haciendo ahora en Australia. Generará una suba de precios de los alimentos derivada del caos climático. Solo no se puede saber cuando.

El fracking está siendo cada vez más considerado el culpable de que a partir de 2006 aumente muy fuertemente la concentración de metano en la atmósfera. Y una molécula de metano causa unas 80 veces más calentamiento que una de dióxido de carbono (aunque se degrada más rápidamente que las de CO2). El aumento del metano es un agravante al aumento persistente del CO2 en la atmósfera. Y la culpa de las vacas, aunque no puede desconocerse, tampoco puede magnificarse. Es más fácil atacar a los ganaderos que a los zares petroleros.

Australia ya paga las consecuencias del cambio climático en su producción que tras dos años de sequía se ve golpeada por todos lados. los incendios que ya arrasaron 4 millones de hectáreas de bosques y praderas, hoy y mañana tendrán otro fin de semana con olas de calor que agravarán la situación. Parece de ciencia ficción: Sidney sitiada por las llamas y los bomberos como en Stalingrado están atrincherados en la estación de bombeo de agua, que en caso de caer generará una catástrofe mayor al aire casi irrespirable por el humo y las cenizas. ¿Qué pasa si la situación de Australia golpea en zonas más extensas de la producción agrícola mundial?

¿Llegarán los problemas originados en el clima a generar otra corrida de precios de las materias primas? Si en Uruguay las lluvias fueran normales, los buenos precios serían una buena noticia. Pero al mismo tiempo, en tal caso las actuales revueltas sociales que surcan el mundo serán un juego de niños comparado con lo que veremos. Es una de las interrogantes más importantes de la próxima década, que técnicamente empieza en 2021, pero visualmente empieza la próxima semana con el 2020.

Al mismo tiempo, la mejor ingeniería política, económica y social pueden quedar desbaratadas por una sequía que desarticule a la producción. En este mismo momento a pesar de las buenas lluvias que han caído en general, hay zonas de San José, Colonia, Canelones donde los maíces están muriendo de sed. Pocos días sin lluvia y con sol intenso causan un daño cada vez mayor.

La actitud habitual es que “de alguna manera lo resolverá la tecnología”. Entre el ascenso de la computación cuántica, la edición genética, el 5G, la singularidad que promete el ascenso de la inteligencia artificial y sus ramificaciones y el caos general que amenaza la crisis climática navegaremos del 2020 al 2030. Entre las graves advertencias de Malthus y el optimismo que genera el cambio exponencial de la tecnología que ejemplifica la ley de Moore. Las acciones de Tesla, el gran impulsor de los paneles solares y los autos eléctricos baten récords este viernes. ¿Llegará a tiempo la tecnología a liberarnos del carbón y el petróleo? ¿Resolverá el capitalismo a través de la innovación el reto del deterioro ambiental? ¿O colapsará antes dominado por el lobby petrolero y la cultura del corto plazo? ¿Nos liberaremos a tiempo del petróleo? Difícil. No hay señales de ello. Esta semana marcaron el precio máximo en tres meses.

El precio de las materias primas será un buen termómetro de cuál de las dos macrotendencias tiene supremacía sobre la otra. Si los precios vuelven a escalar puede ser positivo para Uruguay. Pero sin dudas será terrible para la humanidad. La estabilidad no suele ser noticia, pero tendrá un valor cada vez más importante. Es el reto que nos espera al 2030. A nosotros, nuestros hijos y nietos.

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