5 de julio de 2011 22:29 hs

Centenares de indigentes siguen viviendo en las calles de Montevideo y muchos se niegan a concurrir a los refugios de la ciudad. Rechazan la disciplina, se sienten inseguros con la convivencia y dicen que tienen derecho a no ser obligados.

“¿Quién se murió de frío? ¿Vos lo viste morir? No se murió nadie. Eso es pura propaganda”. Así lo entiende Saúl (42), uno de tantos indigentes de Montevideo que se niega a concurrir a los albergues estatales. Ante las cinco muertes ocurridas en los últimos días, las autoridades buscan los mecanismos para obligar a los que viven en la calle a concurrir a alguno de los 17 establecimientos en la capital uruguaya, pero muchos se resisten.

Saúl duerme bajo el techo del puente de la calle Sarmiento, en el cruce con bulevar Artigas, y quiere seguir ahí. “Sé lo que es un refugio. Tenés que llegar tempranito y al otro día, a las siete, llueva o truene, a correr”. Para él eso no es vida. “Acá el frío lo matamos con un vino, un porro y un fuego; estamos bien”, dice. El puente alberga a media docena de personas, el mayor de los cuales tiene 78 años y a las 10 de la noche ya se había retirado a dormir. Saúl lo pone como ejemplo: “Miralo... a la edad que tiene. Preguntale si se va a morir”.

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El consenso en el puente es que la obligatoriedad del refugio es una maniobra política. “Un mugriento que nunca trabajó en su vida, hijo de papá y mamá y que ahora es edil o diputado, dice: ‘Qué barbaridad, hay que sacarlos de la calle’. Es todo para justificar la guita que se llevan”. No le temen al frío pero sí al gobierno: “Dicen que si no querés ir estás loco y entonces te mandan al Vilardebó. Eso no puede ser, hay que denunciarlo”, dice Ricardo (38).

Matías tiene 19 años y hace dos que duerme en la calle. Tiene dificultad en el habla, pero encuentra la manera de expresar lo que piensa. No va a los refugios porque lo pelean y dice que aguanta el frío porque es joven. No bebe alcohol ni consume pasta base. Su zona es la calle Tristán Narvaja entre Colonia y Mercedes, donde hay otros que prefieren evitar la notoriedad pública e incluso amenazan con tomar medidas drásticas si no se respeta su privacidad.

Matías se queja de que lo quieran obligar a hacer lo que no quiere. En cambio, reconoce la actitud de otros: “Hay gente que viene de lejos, de Colón, y nos ayuda, nos da comida caliente. Y eso sin pedir nada, solo por ayudar”.

En los refugios el problema es que “te roban, te pegan y no les importa qué es lo que vos querés. Una vez fui a pedir una frazada y me dijeron que no tenían”. Matías ha hecho amigos en la cuadra y dice que no necesita que la Intendencia o algún ministerio le digan lo que tiene que hacer. “Yo aguanto”, dice, y suena como un desafío al frío y al gobierno.

Las razones para resistirse a concurrir a un albergue tienen que ver con la disciplina exigida, los horarios y la convivencia obligada. Aceptan que se les ayude con alguna moneda o un plato de comida, pero no que les impongan cambios a su modo de vida. Tampoco quieren empezar el día a las siete de la mañana en un barrio distinto al que ellos se mueven.

Así lo expresa Diego (29), un discapacitado que ahora tiene un lugar bajo techo para dormir, pero que supo estar tres años en la calle, durmiendo en su silla de ruedas, en algún lugar más o menos resguardado del Centro.

Diego dice que vuelve al barrio Casabó todas las noches, pero le gusta quedarse a conversar con el sereno de la plaza de los bomberos, en el Cordón. El cuento de su experiencia en los refugios es similar a la de Matías: “Me golpeaban, me molestaban, me robaban. No era un lugar para mí”. Cuenta, incluso, que más de una vez no le permitieron la entrada por tener silla de ruedas. “No querían hacerse responsables”, aclara.

Reconoce que no es fácil cuando el invierno se pone así, pero dice que entiende a los que no quieren ir. “Yo me las arreglaba como podía, pedía comida y si había que revisar los tachos de basura, lo hacía, pero cuando me hablaban de un refugio siempre decía no, gracias”.

Hay varios grupos de ayuda que recorren las calles de Montevideo durante la noche para ayudar con un plato de comida o un vaso de leche caliente o café, desafiando indicaciones en contrario de la Intendencia que señalan que eso significa estimular la permanencia a la intemperie. Es el caso de la ONG Esalcu, perteneciente a la iglesia cristiana Misión Vida, cuyos activistas dejan un número de teléfono impreso en el vaso de cartón y prometen un lugar para vivir a los que se hallan en la calle.

Raquel, perteneciente al distrito 9 de esta ONG, dice que buena parte de ellos acepta el ofrecimiento y que hay muchos viviendo en comunidad y en familia. “No hablamos de un lugar para dormir sino un lugar para vivir”, aclara.
Sin embargo, hay muchos otros que rechazan la oferta. Raquel entiende que se trata de una desconfianza a cualquier tipo de organización: “Nos dicen que no quieren trabajar y que no quieren ser usados. Hay mucho resentimiento”.

Graciela tiene 59 años y se las ingenia para sobrevivir sin ayuda. El lunes, después de las diez de la noche estaba tejiendo con lana roja, sentada en la vereda, en la calle Tristán Narvaja. Vende guantes y gorros en la zona de Tres Cruces y eso le da para comer algo caliente todos los días. Ella tampoco quiere saber nada de que la lleven a ningún lado. “¿Querés que vaya a un refugio? Dejá tu casa y andá vos. Ah, ¿no te gustan los piojos? Bueno, hacé tu vida y yo hago la mía”, razona.

Su vida ha sido cambiante. Vive en la calle desde octubre, pero no es la primera vez que queda a la intemperie. Recuerda una pieza en la Ciudad Vieja, pegada al bar El Hacha, en la que el baño estaba en la azotea y dice que le subieron el alquiler y se tuvo que ir. “Tengo un hijo, pero está separado y tiene que ayudar a la niña”.

Lo que le pide al gobierno es una pensión: “Me la merezco, porque no tengo una vista y cuando Tabaré estaba repartiendo esa plata, a mí no me tocó nada”, dice.

El problema con los refugios, según Graciela, es que no tienen en cuenta las necesidades de la gente. “Si me siento, me dicen que no me siente y no me dejan llevar los paquetes. Hay mucho psicólogo, pero vos sos un número; estaba recién operada y me dieron la cucheta más alta; te faltan las cosas y nadie se hace responsable. Un día, a las nueve de la noche me acerqué a la puerta y me preguntaron: ¿A dónde vas? Y yo dije: A donde quiera, y me fui”.

A veces Graciela visita a la gente de Casa Abierta, una organización religiosa que le permite darse un baño y hasta cocinar. Entre sus cosas tiene frazada y acolchado y su mensaje al gobierno es: “No se preocupen. Estoy bien”.

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