1 de noviembre 2015 - 5:00hs
Yo sé que ahora los niños son todos unos intelectuales, porque tienen a su disposición un abanico de propuestas literarias. Se editan colecciones pensadas para ellos en exclusividad, con un lenguaje apto para que lo comprendan y con una variedad de géneros innumerable, desde suspenso hasta autoyuda, cuentos morales y novelas de amor.

Yo ya pasé los 50 y en mi infancia las opciones eran más limitadas. A la hora de dormir me leían los clásicos y así me tenía que conformar con esas viejas historias convencionales.

De alguna manera mi madre se las ingeniaba también para conseguir cosas sorprendentes, como los Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, El maravilloso viaje de Nils Holguerson a través de Suecia, de Selma Lagerlöf, o El país de las sombras largas, de Hans Ruesch.
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Sin embargo, mi libro de cabecera cuando era niño, el que hizo que aprendiera a leer antes de ir a la escuela, para descifrar por mi propia cuenta esas palabras mágicas, fue Cuentos populares rusos, una colección de anónimos de la época de los zares.

"Pasado cierto tiempo, nadie sabe cuánto, llegó el ovillo a un bosque. Había allí una pequeña isba, sobre patas de gallina, que daba vueltas y más vueltas". El universo era así de asombroso, pero Iván sabía qué hacer en esas circunstancias extraordinarias: "Isba, isba, detente con tu parte trasera mirando hacia el bosque y con la puerta hacia mí".

La cabaña –yo aprendí antes la palabra "isba" que la palabra "cabaña"– obedeció. Adentro las cosas seguían complicadas. "Iván entró y vio que en la novena hilera de ladrillos estaba durmiendo la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo".

La bruja Yagá aparecía en varios cuantos. Ella es personaje de uno de los más asombrosos, El Zar y el arquero. El protagonista, Andrei, tiene una esposa tan bella y sabia, que el zar decide deshacerse de él para quedarse con ella.

Lo primero que hace el zar es mandarlo al otro mundo para ver cómo está su difunto padre. El monarca está seguro de que no volverá. Con la ayuda de su esposa, que además de bellísima y sabia es maga, el arquero llega al otro mundo y habla con el zar, quien está tirando de un carro cargado de leña, bajo los latigazos de los diablos. Vuelve y le cuenta al zar que su padre le manda decir que se porte bien o terminará como él.

El zar, en lugar de seguir ese consejo tan prudente, insiste con su estrategia y manda al arquero al fin del mundo a buscar al gato del sueño. Y el buen hombre también se lo lleva. Entonces, el zar, desesperado, juega su última carta. Lo manda no se sabe a dónde a buscar no se sabe qué.

Su esposa le da un ovillo y el arquero lo tira al suelo y lo sigue, hasta que llega, claro, a la casa de la bruja Yagá. "Fu, fu, huele a carne rusa. Ella misma ha llegado aquí. Te asaré en el horno, te comeré y luego montaré a caballo sobre tus huesos", dice la anciana, pero Andrei le cuenta cómo viene la cosa y resulta que la esposa del arquero era hija de la bruja, así que lo ayuda.

Que el pájaro de fuego picotee las manzanas de oro del jardín del rey, que un lobo se coma el caballo del príncipe Iván y entonces después lo lleve en su lomo como disculpa, que el más tonto del pueblo se monte en el horno para ir al pueblo, que una estaca mágica le "mida las costillas" a los impertinentes: son acontecimientos cotidianos de ese universo inolvidable.

A los adultos que se lo hayan perdido, mala suerte, qué se le va a hacer. Pero los niños todavía tienen una oportunidad de aprender que la literatura puede ser una fuente incesante de placer. Solo hay que tener paciencia y buscar en las librerías de viejo Cuentos populares rusos, de Editorial Progreso.

Yo estoy releyendo uno que se llama Miajita y que empieza así: "Hay en este mundo gente buena, gente un poco peor y gente mala del todo". Si bien esas categorías suelen estar claras en la literatura infantil, en los cuentos rusos se mezclan de forma deliciosa.
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