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Renunció a su trabajo y con sus ahorros viajó a África, sin pasaje de vuelta, para ayudar a las comunidades más necesitadas

Con una mochila de 23 kilos la uruguaya Fernanda Iglesias visitó varias ciudades del continente

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03 de agosto de 2020 a las 05:04

Día 1- El avión aterrizó en el aeropuerto de Johannesburgo y Fernanda tomó un tren hasta el centro de la ciudad. El hostel que había reservado quedaba a siete cuadras así que no dudó en caminarlas. Con el wifi del aeropuerto y la ayuda de Google Maps se ubicó y arrancó a patear. Antes de dar el tercer paso un hombre, Carl, la frenó para advertirle que no podía caminar en esa dirección. Las siguientes dos cuadras eran muy peligrosas y era muy probable que la robaran o intentaran matarla.

Sin dudarlo Carl buscó un Uber desde su celular, pero no le aceptó el dinero a Fernanda. Lo único que le pidió fue que se subiera y le avisara cuando llegara bien.

Así vivió los primeros minutos en Sudáfrica. Con una nueva cultura, cambio de idioma, de horario, Fernanda no se cuestionó nada. Aceptó la ayuda y creyó en la buena intención del desconocido.

Confiar. El verbo que Fernanda defiende como caballito de batalla para este viaje. Días después de su llegada se enteró de un argentino que salió del aeropuerto y caminó en esa dirección, lo robaron y lo lastimaron hasta dejarlo en el piso tirado, dado por muerto. Se puede decir que fue un golpe de suerte lo de Fernanda, pero ella sostiene que, además, es importante confiar en las personas. Ese momento es el único que recuerda, en cinco meses de viaje, haberse sentido insegura.

“Mi experiencia fue un éxito, y creo que es porque creí en las personas que me crucé. No es un viaje donde la atracción es un museo, acá es el intercambio cultural lo más enriquecedor que vas a llevarte, y si no te abrís a su mundo, no te llevas nada.”

Confianza, intuición y la mejor sonrisa. Estas son las tres cosas que no pueden faltar en el equipaje de alguien que quiere emprender este viaje según Fernanda. Hay que prepararse para muchos cachetazos culturales y saber entender la manera de vivir de los otros. En el viaje se viven muchas injusticias y dan ganas de llorar varias noches, comenta Fernanda. Por eso sostiene que lo primero, antes de empacar, es estar listo para enfrentarse a una realidad distinta y estar preparado para luego, volver a casa.

Y no perder la sonrisa nunca. La risa se contagia y la gente se presenta distinto ante vos, tiene otra predisposición, agrega.

Orientando la brújula

Fernanda nació en Florida y a los 18 años, como muchos jóvenes del interior, se mudó a Montevideo para estudiar. Se recibió de química farmacéutica y comenzó a trabajar en la industria. África siempre fue una idea que rondó su cabeza. Hizo voluntariado cuatro años en una fundación uruguaya que ayuda a niños y adolescentes y siempre pensó cuánta ayuda se necesitaría en otros países.

Con el título en mano estaba lista para emprender el viaje, pero no encontraba ninguna organización desde la cual pudiera aportar desde su profesión, sin que le pagaran, pero sin gastar dinero propio. Un día y por casualidad se tropezó con la aplicación WordlPackers (una red que contacta voluntarios con distintas organizaciones en el mundo) y aprontó la mochila.

Su búsqueda se centró en impacto social con el filtro en asociaciones con niños. Tras mucho rato de navegación encontró su primer proyecto. El destino: Livingstone, Zambia.

Días 15, 30, 45, 148 - Bitácora del viaje

Las primeras tres semanas vivió con una familia (una pareja de veinteañeros con dos hijos chicos) que convierte el living de su casa en un salón de clase para enseñarle a unos 35 niños del barrio con ayuda de los voluntarios. En la mayoría de las ciudades la educación es paga y la mayoría no puede costearlo, explica Fernanda

De esta primera parada cruzó la frontera y se fue a Zimbawe a encontrarse con su padre con quien habían planeado desde Uruguay un tour en camión de dos semanas. Recorrieron Zimbabwe,  Zambia, Malawi y Tanzania.

Su siguiente proyecto fue en Arusha (Tanzania). La organización de esta ciudad coordinaba varios proyectos, entre ellos un orfanato, por tanto se necesitaba ayuda para cocinar y lavar la ropa de los casi 100 niños que iban a la escuela. En este lugar fue donde empezó a notar que muchos tenían heridas en las manos, lo que resultó ser sarna. Ante la falta de dinero para costear la medicación se le ocurrió realizar un video para recibir donaciones. Y le fue muy bien porque con todo lo recaudado pudo comprar medicación, colchones, sábanas, arreglar la lavadora. 

Fueron cinco semanas de ver el proceso que vivieron esos niños. Fue un momento clave para Fernanda que se fue con la satisfacción de haber ayudado a esos niños con la salud, que para ellos es un tema de resignación por falta de recursos, explica.

Makuyu (Kenia) y Jinja (Uganda) fueron los próximos destinos. En cada ciudad pudo colaborar a través de distintas ópticas, desde recaudar dinero para comprar alimentos, hasta contarles sobre Uruguay. Compartió el mate con los niños, que para su sorpresa les gustó, aprendió algo de kiswahili, lengua que hablan en Tanzania y Kenia, y compartió Navidad y Fin de Año con una familia de Nairobi.

En la organización de Kenia vivió un voluntariado más especial. Allí las necesidades básicas (comida, higiene, educación) están cubiertas. El desafío para los voluntarios es encontrar la manera de aportar algo diferente. Fernanda entendió que el vínculo iba por el lado afectivo. "Yo me fui con el corazón explotando de todos los momentos compartidos, anécdotas", asiente.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

🅜🅐🅣🅔 ~ No existe para mi la posibilidad de viajar sin mi mate, no solo porque lo extrañe, sino porque es una manera de mostrar un pedacito de mi cultura; mi país. Explicarles cómo se prepara, contarles que en Uruguay la gente lo lleva a todos lados. Lo ves en el bus, en la plaza, en la feria, a toda hora y en todo lugar. Que hasta existe un dispositivo llamado matera especialmente para cargarlo. Y sobretodo convidar y ver sus reacciones. Para mi sorpresa siempre son más los que les gusta aunque la mayoría encuentra exagerado tanto armamento, y no los culpo. 😅 ~ En Kisuahilli mate tiene su propio significado que es saliva, así que nunca falta quien se ríe y me lo enseña, y es que no es tan disparatado, será casualidad ? 🤓 ~ Hoy llovió de continuo así que no pudieron ir a la Iglesia, y aunque quizá me vaya al infierno por esto, me alegré porque así pudimos compartir mucho más. Entre juegos y agua, apronté por primera vez un mate acá en @makuyueducationinitiative, todos lo probaron, y después de eso muchos se sumaron a la ronda 👏🏽 ~ En orden: Daniel, Thomas, Levis, Clarence, Leonard, Kelvin, Peter, Benson, Bonface, Caroline, Dahera, Golicha, Christopher, Christine, Janet, Catherine and Tabitha. ~ #solotravel #backpacker #solofemaletravel #girlsabroad #volunteer #volunteeringabroad #volunteerafrica #kenia #mate #uruguay #culture #traditions

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Viajar en África 

Un poco de ropa, cuatro pares de calzado, una campera abrigada que nunca usó, dos kilos de yerba, muchos medicamentos y unas cuantas banderas uruguayas para ir dejando en cada ciudad. Todo esto pesaba 23 kilos en la mochila. Otra mochila de 10 kilos complementaba su equipaje.

Al llegar a una ciudad lo primero que hacía era comprar un chip para comprar datos de internet, por eso remarca que la desconexión no fue un problema.

Las distancias son largas y los medios de transporte “poco cómodos” y “todo duraba más de lo que te decían y todo salía más tarde”, recuerda Fernanda que no lo vivió como una dificultad sino que aprovechó para disfrutar el paisaje.

Tampoco enfrentó dificultades para cruzar fronteras. Describe a los africanos “extremadamente amables” y pacientes. Reconoce que “no les afecta si están apretados, están acostumbrados a viajar encima de otros, cosas que son factores de estrés en Uruguay”.

Para comunicarse siempre se manejó con el idioma inglés. En Tanzania y Kenia hablan kiswahili. “Es un idioma muy simple pero muy distinto a todo lo que conocemos. Me gustó mucho, aprendí lo básico, a presentarme a hacer preguntas, a contar un poco”, aclara la uruguaya.

Los números del 1 al 10 en kiswahili:

Cachetazo cultural

Al Compartir cinco meses con familias que viven de otra manera, que tienen otro pensamiento, hay costumbres que claramente chocan culturalmente.

La educación paga fue el primer “balde de agua fría” que recibió Fernanda. “No lo esperaba, lo tienen totalmente naturalizado, conocen qué accesos y posibilidades tienen, lo mismo pasa con la salud”, explica. Nunca pensó que fuera a vivir en lugares de lujo, no viajó por eso tampoco, pero descubrir que tienen altos porcentajes de niños con VIH positivo, con expectativa de vida de 20 años fue un golpe muy duro.

En ninguna casa tienen heladera, una observación que la hizo reflexionar: “A mi un día que se me rompe la heladera me parece caos, qué voy a hacer con la comida que tengo. Ellos viven sin heladera, las comidas se organizan día a día, se cocina poquito, se come poquito. Yo pasé hambre en algunos lugares". Acota que comía lo mismo que las familias para no faltar el respeto.

Otra costumbre que llamó su atención fue ver que todos al menos una vez por semana van a misa y que las ceremonias duran no menos de tres horas. Hay misas de cinco y ocho horas y les encanta, comenta.

La uruguaya también resalta que a las niñas las rapan a cero y casi ninguna usa pendientes; jamás entrar calzados a las casas y se hincan ante personas de le deban mucho respeto.

Plato representativoEl preparado blanco se llama Sima, también llamado Ugali, es como una polenta refinada, es harina de maíz, es muy común porque es muy económica y tiene una sensación de saciedad importante. Está acompañada de lumanda, una planta que tenían en la casa. Hierven las hojas y la salteaban con cebolla. Por último acompaña el plato con un cuarto de salchicha y un poquito de tomate.

 

Día 150 - Volver

Cbugiri (Uganda) fue la ultima ciudad en la que estuvo. Pero pasó solo una noche. Era marzo y los primeros casos de covid-19 empezaban a brotar en varias ciudades del mundo; en Uruguay recién habían confirmado los primeros casos.

No se quería volver, lo sentía como una traición, pero comenzó a ver que la cosa se empezaba a complicar. Vuelos cancelados, fronteras cerradas y el pánico que crecía en los voluntarios conocidos.

Cuando resolvió irse empezó la odisea. Vuelos con precios imposibles, más caros al refrescar la web para pagar y el tiempo que corría. Encontró un vuelo a precio y lo reservó. Tras varias idas y vueltas y un gran golpe de suerte logró comprar el último pasaje de avión.   

En San Pablo la contactó Cancillería, coordinaron su vuelta y volvió en ómnibus para hacer la cuarentena en su casa de Montevideo junto con una voluntaria uruguaya que conoció en África.

A cuatro meses después de volver mantiene contacto con todas las familias y organizaciones que conoció. Habla por Whats App, se mandan fotos, incluso está al tanto del avance del virus en cada ciudad.

"Estuve en total cinco meses que se sintieron dos años. Tengo esperanza de poder volver pronto", concluye.

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