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Roberto Bolaño ataca de nuevo

Se reedita Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, de Roberto Bolaño y AG Porta, un policial que sorprende por su fuerza y coherencia

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10 de junio de 2018 a las 05:00

No deja de ser curioso que una novela como esta, con todo en contra, resulte al final un texto valioso dentro del conjunto de la obra del escritor Roberto Bolaño. Escrita a cuatro manos con el escritor catalán AGPorta, la pieza tiene además el hándicap de ser la primera novela que publicó el chileno y una trama policial atípica, donde el plano real se mezcla con la ficción que urde el protagonista en su mente, que quiere ser poeta y no un delincuente común.

De entrada hay que decir que resulta imposible saber qué capítulo escribió Bolaño y cuál Porta, a menos que se le atribuyan al español las páginas o los momentos menos felices de la novela, lo que además de injusto sería imposible de probar. Esa unidad en el discurso, esa voz única e indistinguible que surge de la sinergia de dos autores muy disímiles, es un mérito indudable.

Si además se tiene en cuenta que la creación del texto fue un caos de correspondencias, marchas y contramarchas, y correcciones interminables a cargo de Bolaño como confiesa Porta en el prólogo de esta edición, la hazaña resulta doble.

El protagonista del libro es Ángel Ros, un joven con alma de poeta y buenos sentimientos que sin embargo es arrastrado por su novia Ana Ríos al mundo salvaje de la delincuencia. Todo sucede dentro de una España convulsa y violenta, que en la década de 1980 está en pleno "destape", una suerte de vale todo amparado o justificado por las penurias y represiones del franquismo.

Dentro de ese contexto se mueve la pareja, muy disímil desde todo punto de vista. Mientras que Ana está loca de remate y solo tiene sed de venganza contra todo lo que desprecia, Ángel es un joven que se debate entre su amor por ella y su vocación por la poesía. Esto queda bien establecido ya en el primer tercio de la novela, que es muy dinámico y entretenido porque se describe al detalle el asombroso raid delictivo del dúo.

La novela en este sentido puede resultar algo inverosímil, ya que varios atracos resultan improbables, así como la huida de los protagonistas sin mayores consecuencias. Por suerte este punto no resulta decisivo para la ecuación, ya que la novela apunta más alto que la simple enumeración de sucesos creíbles. Porque todo pasa por la voz narradora del protagonista, capaz de desdoblarse para contar en tiempo real todo lo que está pasando y todo lo que piensa simultáneamente sobre lo que está sucediendo.

La pareja se droga constantemente, comparte la cama con otras personas, se junta y se separa, en una loca huida hacia adelante que ninguno sabe cómo terminará. De apartamento en apartamento, viviendo al día, siempre pendientes de la policía que los busca, el vínculo se vuelve perverso a la vez que indisoluble.

En paralelo se desarrolla otra línea argumental, que le agrega complejidad al juego, que es la historia inspirada en la Odisea de Homero y en el Ulises de James Joyce, que urde Ángel a lo largo de todo el libro. En este punto el guiño al lector resulta obvio, pero el recurso funciona como un reloj suizo.

Pero lo que verdaderamente importa está en los detalles. En cómo Ángel se pone a hablar de poesía y tiene sexo con una rehén circunstancial, en la forma retorcida de amar de Ana, en cómo cada uno se comunica con sus respectivos padres ausentes de forma opuesta, en la forma en que el texto da vuelta los lugares comunes de la novela policial sin dejar de serlo nunca.

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que viene acompañado en esta edición por Diario de bar, un relato de 10 páginas, es una buena novela policial con trascendencia filosófica, que deja claro una vez más que el mejor Bolaño no siempre está en sus obras más reconocidas.

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