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Opinión > ANÁLISIS

Rock y política

De Maduro y Bolsonaro a Roger Waters y Pete Townshend

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14 de octubre de 2018 a las 05:00

En sus últimas giras el célebre bajista de Pink Floyd, Roger Waters la ha emprendido contra el ascenso de lo que llama el neofascismo. A pocas horas de las elecciones brasileñas, tocando en San Pablo recogió silbidos y aplausos por meterse en la política local contra el casi seguro presidente Bolsonaro, incorporado a su lista de “neofascistas”. A decir verdad cosechó más silbidos que aplausos. El rock, al menos en su origen, es esencialmente antiautoritario, un escudo en defensa de una sociedad abierta. Y así ha sido siempre.

Durante más de dos años, entre 1980 y 1983 mi rutina al llegar al liceo era almorzar, escuchar el programa radial de José Germán Araújo contra la dictadura, escuchar el programa de un exrelator de fútbol Heber Pinto, condescendiente con la dictadura. Sea usted juez por un minuto, que así se llamaba, abría el micrófono selectivamente a gente asustada que repetía que los opositores a la dictadura eran “todos comunistas”. Luego llegaba el oasis sonoro llamado  Meridiano Juvenil, que en el Sodre daba espacio a música que no se emitía en otras radios. Allí además de Pink Floyd estaban Deep Purple, Led Zeppelin, Yes, Jethro Tull, y tantas otras bandas de rock.  En contraste con los programas anteriores, allí nadie quería adoctrinar a nadie, apenas una voz anunciaba el nombre del tema y la banda que se escucharía muy austeramente.  Pero ahí sí había una buena  ideología. La música sonaba a honestidad y libertad, el rock llamado progresivo no se trataba de intentar agradar o vender sino de expresar, a veces en canciones que duraban más de 15 minutos, una idea.

Durante más de dos años, entre 1980 y 1983 mi rutina al llegar al liceo era almorzar, escuchar el programa radial de José Germán Araújo contra la dictadura, escuchar el programa de un exrelator de fútbol Heber Pinto, condescendiente con la dictadura.

Era rebeldía y belleza. Era el rechazo a la violencia y el autoritarismo, el enojo por todo lo que estaba mal en el mundo, la guerra, la destrucción de la naturaleza, los prejuicios tontos, viniesen de donde viniesen. Como diría más tarde el músico brasileño Cazuza, una ideología para vivir. Una ideología de libertad y desconfianza hacia el poder y los que lo buscan con desesperación. 

De Araújo, al principio, me gustaba en su discurso antidictatorial, pero llegó la guerra de las Malvinas y oh sorpresa, llegaron sus loas a Galtieri, devenido en súbito héroe antimperialista, y su condescendencia con la ocupación soviética a Afganistán. Según el bando una dictadura podía ser apoyada: Vietnam no, Afganistán sí. Igual que ahora tantos que se horrorizan con Bolsonaro, pero callan ante Maduro.
El rock era político, en su idéntico desprecio de entonces a los Brezhnev y los Galtieri, a los dictadores de derecha e izquierda, que el propio Waters cantaba en The Wall y en The Final Cut, sus últimos dos discos con Pink Floyd, este último una crítica despiadada a los líderes autoritarios tanto de derecha como de izquierda.

De Araújo, al principio, me gustaba en su discurso antidictatorial, pero llegó la guerra de las Malvinas y oh sorpresa, llegaron sus loas a Galtieri, devenido en súbito héroe antimperialista, y su condescendencia con la ocupación soviética a Afganistán.

En 1972 otra banda célebre, The Who, escribió la canción We won’t get fooled again, no nos embaucarán de nuevo. Relatando las esperanzas de cambios revolucionarios del ‘68 y la decepción que cundía cuatro años más tarde con los supuestos revolucionarios. Una canción que empezaba con esperanza  en la revolución y que terminaba contando, “conoce al nuevo jefe, tan parecido al antiguo jefe”. Retomaba una postura de desconfianza ya expresada en la canción Revolution de los Beatles, donde se manifiesta a favor de un cambio, pero que advertía que si eso era ser condescendiente con la violencia o apoyar a líderes autoritarios como el “jefe Mao”, a esas revoluciones había que descartarlas. 

El guitarrista de la banda Pete Townshend ha descrito la ideología del rock de muy buena manera. “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll”.
Tanto quienes creen que la izquierda “es el bien” como los que creen que la derecha “es el bien”, se ven dispuestos a justificar los autoritarismos de su bando. Y tanto unos como otros nos asegurarán que si gana el bando contrario sucederá una catástrofe. La política como mera lucha por el poder aleja es invariable en su necesidad de un rival al que soñar con destruir.

“Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll”.

La postura debe seguir siendo idénticamente contraria a los Maduros y a los Bolsonaros. Nunca será el odio el que traiga las soluciones. Aunque entre ambos hay una diferencia que debe apuntarse. Maduro ya ha demostrado fehacientemente ser un dictador despreciable, en reiteración real (y Uruguay sigue con una postura vergonzosa al respecto). Bolsonaro es apenas alguien que ha recibido 46% de los votos en la elección primaria de Brasil. Tiene una colección de declaraciones lamentables, pero no ha transgredido ninguna norma democrática. Así es la democracia, a veces gana alguien con quien uno discrepa. La democracia no es mejor o peor según quien gane.

Es mejor o peor según tenga una nítida separación de poderes, una indudable libertad de prensa, en tanto nadie vaya preso por pensar distinto del poder.  Quienes son condescendientes con Venezuela no tienen ningún derecho a criticar a la democracia brasileña porque el resultado de una elección no les guste. Son los excesos de la corrupción en Brasil, de las hordas de los llamados Sin Tierra, es la recesión sin precedentes que dejó el gobierno del PT lo que alentó la emergencia de Bolsonaro. Si consideran dudosa la prisión de Lula, deberían ser coherentes e indignarse con la generalizada prisión –y en esta semana un sospechoso suicidio– de tantos opositores al gobierno venezolano. Se viene una campaña electoral y ya puede verse que unos nos asustarán con que todo lo que no sea oficialista será “como Macri” o “como Bolsonaro”,  y nos dirán que si no se vota al oficialismo vendrá el caos. Desde el otro lado surgirán también los que recibirán los dineros del fundamentalismo e imitarán los costados más autoritarios de Trump y Bolsonaro a ver si pescan votos. Mezclarán el combatir la corrupción con promover odios y censuras, ya han aparecido.  Dos discursos que apelarán al miedo y no a la construcción de soluciones para los problemas de empleo, seguridad, educación.

Uruguay debe diferenciarse de la polarización en la que han caído otros países del continente. En la defensa de un país que ama la libertad, debiera condenarse sin ambigüedades tanto al chavismo y su lucha de clases, como al racismo, la homofobia y la negación de problemas graves y evidentes como el cambio climático que representan Trump y Bolsonaro.
La alternativa a los excesos de un bando político sea izquierda o derecha, no deben ser los excesos del bando contrario.  En definitiva los autoritarismos de derecha o izquierda, el fascismo y el comunismo son casi idénticos y funcionales el uno al otro.
Tal vez Roger Waters debió poner a Maduro en la lista de neofascistas que exhibió en San Pablo para hacer justicia con los despreciables del continente. Pero el rock como el buen arte es libertad y transgresión y  Waters nunca ha sido condescendiente con los horrores del leninismo. Supo anticipar la caída del muro de Berlín y festejar su caída con un gran recital in situ. Los muros y las dictaduras pueden venir de izquierda o de derecha y la postura ética imprescindible es la de repudiarlos siempre sin ambigüedad. Y para eso el rock es una fuente ideológica tal vez subestimada. 

 

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