Hay un nombre que se repite con cierta asiduidad tras los discos de pop que vinculan a muchas de las voces más destacadas de la música pop anglosajona: Mark Ronson. Esos discos de Amy Winehouse que se expandieron en forma indiscutible, con ese sonido tan setentas, tan de rockola vieja y a la vez con un cierto aire retro manejado con un gran sentido de la tendencia, llevan su nombre.
Hubiera sido una pena que Ronson, que el año pasado se quedó sin Winehouse, su mejor pieza de trabajo, no cruzara sus caminos con una nueva voz para explotar en su estilo. Por eso no llama la atención que se haya juntado tan rápido para hacer este disco llamado Out of the game con este divo gay moderno llamado Rufus Wainwright, un prodigio de la voz que en su último álbum intentó armar su primera ópera hecha disco y que también en algún momento reciente de su carrera fue capaz de editar una caja de terciopelo con 19 discos.
Wainwright, que desde la cuna absorbió la faceta artística por ser hijo del cantante y actor Loudon Wainwright y de la cantante canadiense Kate McGarrigle, tocaba piano ya a los seis años y ya en sus 20 era parte del ambiente musical de la ciudad, cerca de figuras como Sean Lennon, hijo de John, que de hecho aparece en este disco como invitado y con el que realizaron junto a Moby una sentida versión de Across the universe difícil de despegar de la memoria horas después de escuchada, y que puede verse en Youtube.
Pero Wainwright no se queda, –es decir, su carrera artística no se tranca–, en la histeria ni en la pose kitsch como otras figuras o artistas similares. No parece creerse que ese personaje remilgado y cargado de divismo justifique o genere arte relevante por sí solo. De alguna manera, el mérito suyo es el haber logrado explorar en su imaginación y su profundo registro de voz una cantidad de personajes que a la vez son él mismo.
En este caso, productor y cantante han puesto al Rufus divo dentro de un paquete de canciones cargado de referencias a los años setenta, pero más en clave Liza Minelli o por momentos cercano a la Judy Garland que homenajeó también hace algunos años. Pero también este disco es una chance de acceder a un Wainwright que por primera vez pone su voz al servicio de canciones redonditas, más radiales y cercanas a cosas de los Wings de Paul McCartney.
Out of the game es un paseo por ese mundo en el que pareciera que el cantante, muchas veces en modo crooner, sale al escenario desde una cortina brillante de colores, como la de los bares que veíamos en algunos viejos videos. En este sonido también ayudan los Dap Kings, una banda de músicos negros especializados en géneros como el soul y el rythmn n´blues que siempre fueron el secreto mejor guardado de muchas de las producciones de Ronson, Amy incluida.
Pero una vez más, lo mejor de todo es apreciar la removedora y confortable voz de Wainwright. Si los discos de Winehouse relucen en su estante y suenan de cuando en cuando, este neoyorquino puede hacerse un lugar en colecciones o reproductores portátiles, a pesar de que las cosas en común entre sí sean más bien pocas. O ni tanto.